(Domingo 4º TO, 31 de Enero de 2010)
Evangelio: Lucas 4, 21-30
Por Jesús Peláez
Nadie es profeta en su tierra. La frase se la debemos al evangelio.
La experiencia la padeció Jesús en Nazaret, entre sus paisanos, en la sinagoga.
Tras proclamar, de parte de Dios, una amnistía para todos los pueblos de la tierra (Lc 4,14-19), Jesús dio por inaugurado «el año de gracia del Señor. Enrolló el volumen, lo devolvió al sacristán y se sentó» (Lc 4,21ss). Los libros, por entonces, tenían un formato particular: se componían de piezas de papiro, cosidas una a continuación de otra, de manera que, una vez fijados sus dos extremos en sendos palos o cilindros, pudieran enrollarse en torno a los mismos. El lector liaba o desliaba el rollo de papiro, haciendo girar los cilindros hasta encontrar el texto deseado.