Al Dios de la Vida no se le mueren sus hijos
Publicado por antenamisionera en noviembre 5, 2010
(Domingo XXXII TO, 7 de Noviembre de 2010)
Evangelio: Lucas 20, 27-38
El Dios de la Vida
Por R. J. García Avilés
Los saduceos -sumos sacerdotes y senadores-, negociantes de la religión y dueños de la tierra, no creían en la vida eterna, no creían en el cielo. ¿Qué falta les hacía? Ellos se habían construido aquí su cielo, convirtiendo la tierra en el infierno de los pobres. Por eso les interesaba más un Dios de muerte que un Padre de la vida.
El materialismo del dinero
El partido saduceo era, en tiempos de Jesús, el partido de los ricos. Estaba formado por los sumos sacerdotes, enriquecidos gracias al negocio en que habían convertido la religión y los senadores, los dueños de la tierra, los grandes terratenientes de Palestina.
Era éste un partido conservador en lo religioso y en lo político. Se entiende que fuera así: tenían mucho que conservar. Vivían bien, mejor que nadie, tenían poder, dinero, privilegios, honores…, ¿qué necesidad tenían de que nada cambiara?
Sólo aceptaban los cinco primeros libros del Antiguo Testamento. Los demás
entre los que naturalmente estaban los libros de los profetas que condenaban la insaciable ambición de los ricos y la traición de los que habían hecho de la religión un instrumento para domesticar, dominar y explotar al pueblo, y en los que Dios se manifestaba al lado de los oprimidos y explotados- no los consideraban libros sagrados.
Tampoco aceptaban la resurrección. Lo importante para ellos era el dinero, y más allá de la tumba, el dinero no tiene valor alguno. Además, si no había más vida que ésta, eso significaba que contaban con la benevolencia de Dios: su prosperidad material era la prueba de su amistad con Dios.
Tener hijos
Maestro, Moisés nos dejó escrito: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano». Bueno, pues había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. El segundo, el tercero y así hasta el séptimo se casaron con la viuda y murieron también sin dejar hijos. Finalmente murió también la mujer. Pues bien: esa mujer, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos va a ser mujer, si ha sido mujer de los siete?
En Israel existía una ley que establecía que si un hombre moría sin hijos, sus hermanos, empezando por el mayor, tenía la obligación de casarse con su viuda para darle descendencia, pues el primer hijo que naciera de esta unión se consideraría legalmente como hijo del difunto: «Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado; el primogénito que nazca continuará el nombre del hermano muerto, y así no se extinguirá su nombre en Israel» (Dt 25,5-6). Esta costumbre sirve a los saduceos para plantear a Jesús una pregunta sobre la resurrección, en la que ellos no creían.
La manera de hacer la pregunta revela su ideología, su concepto del matrimonio: una pura relación legal destinada a la reproducción de la especie. Y es precisamente esa manera de entender el matrimonio lo que hace que su argumento no tenga valor alguno: «En este mundo, los hombres y la mujeres se casan; en cambio, los que han sido dignos de alcanzar el mundo futuro y la resurrección, sean hombres o mujeres, no se casan; es que ya no
pueden morir, puesto que son como ángeles, y por haber nacido de la resurrección, son hijos de Dios». En la vida futura, después de la resurrección, las relaciones entre los seres humanos no estarán determinadas por la necesidad de perpetuar la especie, pues la vida de los individuos «que han sido dignos de alcanzar el mundo futuro y la resurrección» es definitiva, y como ya no hay muerte, no hay peligro de que desaparezca la humanidad: la relación entre ellos consistirá en un amor gratuito y fraternal.
Un Dios de vivos
A ellos no les interesa un Dios de la vida, sino un Dios de la muerte; prefieren que los pobres piensen que «es mejor que Dios no se acuerde de nosotros» y que los desgraciados sientan miedo ante un Dios que justifica la injusticia de los fuertes. No les va un Dios al que sólo le interesa la vida, la presente y la futura. No les conviene un Dios que propone a los hombres que vivan y ayuden a vivir, amando a los demás sin límites; a ellos, que vivían a costa de la vida de los pobres, no les interesa un Dios que, presente en el mundo en un hombre pobre del pueblo, asegura la vida definitiva a todos los que se preocupen por la vida -por la vida presente- de sus semejantes. Prefieren un Dios que amenace muerte. Pero el de Jesús es un Dios de vivos. Es el Dios del amor y de la vida.
A Dios no se le mueren sus hijos
Por José Antonio Pagola
Jesús ha sido siempre muy sobrio al hablar de la vida nueva después de la resurrección. Sin embargo, cuando un grupo de aristócratas saduceos trata de ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos, Jesús reacciona elevando la cuestión a su verdadero nivel y haciendo dos afirmaciones básicas.
Antes que nada, Jesús rechaza la idea pueril de los saduceos que imaginan la vida de los resucitados como prolongación de esta vida que ahora conocemos. Es un error representarnos la vida resucitada por Dios a partir de nuestras experiencias actuales.
Hay una diferencia radical entre nuestra vida terrestre y esa vida plena, sustentada directamente por el amor de Dios después de la muerte. Esa Vida es absolutamente “nueva”. Por eso, la podemos esperar pero nunca describir o explicar.
Las primeras generaciones cristianas mantuvieron esa actitud humilde y honesta ante el misterio de la “vida eterna”. Pablo les dice a los creyentes de Corinto que se trata de algo que “el ojo nunca vio ni el oído oyó ni hombre alguno ha imaginado, algo que Dios ha preparado a los que lo aman”.
Estas palabras nos sirven de advertencia sana y de orientación gozosa. Por una parte, el cielo es una “novedad” que está más allá de cualquier experiencia terrestre, pero, por otra, es una vida “preparada” por Dios para el cumplimiento pleno de nuestras aspiraciones más hondas. Lo propio de la fe no es satisfacer ingenuamente la curiosidad, sino alimentar el deseo, la expectación y la esperanza confiada en Dios.
Esto es, precisamente, lo que busca Jesús apelando con toda sencillez a un hecho aceptado por los saduceos: a Dios se le llama en la tradición bíblica «Dios de Abrahán, Isaac y Jacob». A pesar de que estos patriarcas han muerto, Dios sigue siendo su Dios, su protector, su amigo. La muerte no ha podido destruir el amor y la fidelidad de Dios hacia ellos.
Jesús saca su propia conclusión haciendo una afirmación decisiva para nuestra fe: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos». Dios es fuente inagotable de vida. La muerte no le va dejando a Dios sin sus hijos e hijas queridos. Cuando nosotros los lloramos porque los hemos perdido en esta tierra, Dios los contempla llenos de vida porque los ha acogido en su amor de Padre.
Según Jesús, la unión de Dios con sus hijos no puede ser destruida por la muerte. Su amor es más fuerte que nuestra extinción biológica. Por eso, con fe humilde nos atrevemos a invocarlo: “Dios mío, en Ti confío. No quede yo defraudado” (salmo 25,1-2).

Mary Lo escribió
que hermosoooo!!!!!!!