BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

El misionero: presencia amorosa

Publicado por antenamisionera en febrero 13, 2012

Por Ernesto Duque

Allá en los primeros días de diciembre de 1965 el entonces Papa, Pablo VI, aprobaba el decreto “Sobre la actividad misionera de la Iglesia de la Iglesia” (AG). Lo había redactado el Concilio Vaticano II que por aquellos días estaba terminando.
El documento afirma. “La Iglesia, enviada por Cristo para manifestar y comunicar el amor de Dios a todos los hombres y pueblos, sabe que le queda por hacer todavía una labor ingente. La Iglesia, para poder ofrecer a todos el misterio de la salvación y la vida traída por Dios, debe introducirse en todo esos grupos con el mismo afecto con que Cristo se unión por su encarnación a ciertas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió”.
Ya entonces la Iglesia tenía claro que el primer paso de toda acción misionera es la “presencia” en una realidad distinta.

Más allá de lo geográfico
Durante mucho tiempo entendimos la misión de forma geográfica. El misionero dejaba su país, iba a países lejanos y ahí anunciaba su fe.

El esquema sigue siendo válido, pero ya no es el exclusivo.

Ante todo las fronteras que debe traspasar el misionero no siempre son geográficas, con frecuencia son fronteras culturales, religiosas, ideológicas y que podemos encontrar en el edificio donde vivimos o al dar la vuelta a la esquina de la calle.

Con bastante retraso los obispos españoles reconocieron que nuestro país es “tierra de misión”. Y no sólo por los inmigrantes llegados con otras religiones, sino también por la creciente increencia fruto del desapego de mucha gente, no tanto hacia Dios como hacia las instituciones religiosas.

Permítanme un viejo chiste, que quizás conozcan.

            Un paracaidista se tira desde un avión.

Pasado un tiempo abre sin problemas su paracaídas.

En ese momento aparece una fuerte ráfaga de viento que lo debía de su camino y lo lleva lejos de donde pensaba caer.

Finalmente cae en medio de un bosque y queda colgando de un árbol. No sabe dónde está. Pasa el tiempo y sigue sin deshacerse del paracaídas.

Tras un buen rato escucha los pasos de alguien que camina por el bosque.

Grita: “Buen hombre ¿me puede decir dónde estoy?”.

Desde abajo escucha la voz del caminante: “Está usted colgando de un árbol”.
La pregunta le surge espontánea: “¿No será usted cura?’”.

“¿Cómo lo ha adivinado?” le responde el caminante.

“Porque dice grandes verdades que no sirven para nada”, responde el paracaidista.

Una presencia efectiva y afectiva
            No basta con que el misionero
se haga presente, de forma efectiva, en otras realidades geográficas, culturales, religiosas o ideológicas para transmitir “su verdad”.

El Concilio Vaticano II lo recordaba claramente: no se trata de trasmitir “verdades”, sino de “comunicar el amor de Dios” y eso solo es posible cuando hay un verdadero amor hacia las personas a las que pretendemos evangelizar.

Cuando predicamos sin amar a las personas… decimos verdades inútiles.

Conviene volver a escuchar el texto del Concilio: “el amor cristiano se extiende a todos sin distinción de raza, de condición social o de religión; no espera lucro o agradecimiento alguno; pues como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándolo con el mismo sentimiento con que Dios lo buscó. Pues como Cristo recorría las ciudades y las aldeas curando todos los males y enfermedades en prueba de la llegada del Reino de Dios, así la Iglesia se une, por medio de sus hijos, con los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y afligidos, y a ellos se consagra gozosa. Participa en sus gozos y en sus dolores, conoce los anhelos y los enigmas de la vida, y sufre con ellos en las angustias de la muerte. A los que buscan la paz desea responderles en diálogo fraterno ofreciéndoles la paz y la luz que brotan del Evangelio” (AG 12).

Recuperar la credibilidad
            Especialmente en Europa la Iglesia se ha planteado recuperar la credibilidad que ha ido perdiendo. Hay quienes lo ven como un camino de volver a tiempos donde la palabra de quienes ocupan cargos importantes en la Iglesia marque la vida social de los pueblos. Será una pretensión inútil.

Desde la experiencia de la misión universal algo podemos aportar.

Las homilías aburren. Las palabras están desgastadas.

¿No es el momento de volver a Jesús y aprender a enseñar como lo hacía él?   La palabra de la Iglesia ha de nacer del amor real a las personas. Ha de ser dicha después de una atenta escucha del sufrimiento que hay en el mundo, no antes.    Ha de ser cercana, acogedora, capaz de acompañar la vida doliente del ser humano.

Necesitamos una palabra más liberada de la seducción del poder y más llena de la fuerza del Espíritu. Una enseñanza nacida del respeto y la estima positiva de las personas, que genere esperanza y cure heridas. Sería grave que, dentro de la Iglesia, se escuchara una «doctrina de letrados» y no la palabra curadora de Jesús que tanto necesita hoy la gente para vivir.

Sólo las palabras dichas con amor hacia las personas que las escuchan pueden ser “Buena Noticia” y, por tanto, evangelizadoras.

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