Supongo que a estas alturas ya nadie duda de que vamos hacia un mundo de estrecheces. Las vacas gordas pasaron a la historia y parece que para todos llegó el tiempo de apretarse el cinturón (aunque los pobres se quedaran sin agujeros que apretar hace mucho tiempo). Primero les llegó el agua al cuello a las clases medias; hoy, hasta los más derrochones se ven obligados a mirar el euro.
¿Es esto una desgracia? Lo es, desde luego, para cuantos pasan hambre y necesidad. Pero yo me pregunto si unos ciertos grados de estrechez no serán un don para el mundo y no nos empujarán a descubrir todas esas otras fortunas baratísimas que hoy tenemos medio olvidadas.


