BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

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Todos los Santos y los Fieles Difuntos

Posted by antenamisionera en octubre 30, 2008

 

Vivir el proyecto de Dios

(1 de Noviembre – Fiesta de Todos los Santos)

 

Las lecturas de la festividad de Todos los Santos sirven para definir las características exigidas a toda la sociedad que quiera colocar su fundamento en la conducción de Dios y del amor, y que desee presentarse como alternativa a las sociedades que se fundamentan sobre el egoísmo humano.

La situación presente se describe en los textos como “gran persecución”(Ap.7,14), propia de un mundo que “no ha reconocido a Dios” (1 Jn 3,1) y en la que son visibles las carencias (Mt 5,3-6) y persecuciones del discípulo (Mt 5,10-11).

Desde este trasfondo, los textos delinean las características de una nueva sociedad capaz de ofrecer una respuesta que pueda responder a los anhelos más profundos de la familia humana y una forma de asegurar una existencia digna para todos los seres humanos y, de esta manera, la realización del designio divino.

Por ello en todos los textos se insiste en el modo de realizar la vida según ese designio. Se trata de definir un “espacio”, “un ámbito” en que se pueda realizar una vida en comunión con Dios. Por ello se presentan las características de los que “no sólo se llaman sino que son hijos de Dios” (1 Jn 3,1), la creación de un ámbito de un culto auténtico al que puede integrarse toda persona que tenga “manos inocentes y puro corazón”(Sal 23,4) y de los que pueden estar “de pie ante el trono y ante el Cordero (Ap 7,9b).

En vistas a constituir esta nueva sociedad, Jesús proclama las bienaventuranzas, único medio de poder alcanzar una relación auténtica entre los seres humanos. La propuesta está presentada exclusivamente de forma positiva, a diferencia de Lc 6,20-26 donde las bienaventuranzas son continuadas por ayes de condenación (malaventuranzas).

Sin embargo, las exigencias no son menores que las que presenta este último texto. La necesidad de su obediencia alcanza a todo ser humano. Pues, si bien Jesús habla de forma directa a los discípulos, se dirige también a la multitud, cuya presencia se señala en el texto: “Al ver Jesús el gentío” (Mt 5,1). Y el alcance universal del mandato se revela también en las palabras condenatorias del capítulo 23 que se presenta como contrapartida de las bienaventuranzas y que alcanzan a los fariseos, que a lo largo de la actuación de Jesús han rechazado la propuesta.

La obligatoriedad de la Ley se refleja también en las indicaciones referidas al lugar de la enseñanza y a la posición que adopta Jesús. La montaña evoca el Sinaí, donde Dios proclamó la legislación israelita, y el “sentarse” es otro símbolo de la “autoridad” del legislador, varias veces mencionada en el bloque de los capítulos 5-9, de los que las bienaventuranzas son el inicio.

Frente a las sociedades de marginación, económica y política, creadas por el egoísmo humano, la nueva legislación privilegia a los que sufren dicha marginación: los pobres (v. 3) y los perseguidos (v. 9). En los pobres y en los perseguidos se revela el señorío de Dios y se hacen realidad las promesas sobre el Reino de Dios. Ellos son quienes han reconocido ese señorío en su vida y, por consiguiente, pueden experimentar el significado de la verdadera felicidad ya en el presente: “ellos tienen a Dios por Rey” (v. 3 y 9).

Se trata de categorías que han hecho una opción clara, opción que los ha puesto al margen de la sociedad de acumulación y de la sociedad de injusticia. En el fondo, su actitud consiste en una opción decidida por el proyecto de Jesús, como se transparenta en el v.11, que concreta la felicidad de quien es perseguido por la justicia, a los discípulos “perseguidos” por Jesús (v. 11).

Esta opción tiene consecuencias negativas en el presente. Sobre los que se deciden por este tipo de vida se desencadena el “sufrimiento” (v. 4), la impotencia propia de los “sometidos” (v. 5), “el hambre y la sed”(v. 6) reflejo de la ausencia de la justicia. Pero en esas carencias, Dios está actuando para el cambio de la situación, y a ellos corresponderá “el consuelo”, el “heredar la tierra” y el “ser satisfechos” (ibíd.), frutos de la acción divina.

Por otra parte, se promete la plenificación de una vida realizada en “misericordia”, “limpieza de corazón” y “trabajo por la paz”(vv. 7-9). Dicha vida se sitúa en un ámbito que asegura la comunión con Dios, y, de esa forma, tales sujetos “alcanzarán misericordia”, gozarán de “visión” divina y pertenecerán a la misma familia de Dios. “A ésos Dios los va a llamar hijos suyos”(vv. 7-9).

A partir de los marginados económicos y políticos se da la posibilidad de la estructuración presente de la sociedad futura del Reino. En continuidad con los “profetas” que anuncian un mundo nuevo, la comunidad de discípulos puede, con sus opciones, realizar su inauguración.

El v. 12 retoma la confrontación con las sociedades del presente edificadas en torno a la recompensa monetaria y a la aceptación del orden establecido por los gobernantes de turno. Y frente a ellas se promete una “recompensa en el cielo” y el compartir la suerte de los profetas “perseguidos antes de ustedes”.

También la sociedad opulenta del presente coloca en la acumulación el modo de obtener la realización humana y recurre a la fuerza para mantener la situación de injusticia por medio de medidas represoras más o menos evidentes. En medio de ellas, la comunidad cristiana está llamada a ser signo de otros valores, los únicos que pueden satisfacer los anhelos más profundos del ser humano. La comunión con los pobres y los perseguidos surge del mismo seguimiento de Jesús y en ella se juega la fidelidad al proyecto divino.

(Servicios Koinonía)

 

Llorar y rezar

 

(2 de diciembre, Memoria de los Fieles Difuntos)

 

Podemos ignorarla. No hablar de ella. Vivir intensamente cada día y olvidarnos de todo lo demás. Pero no lo podemos evitar. Tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrebatándonos a nuestros seres más queridos.

 

¿Cómo reaccionar ante ese accidente que se nos lleva para siempre a nuestro hijo? ¿Qué actitud adoptar ante la agonía del esposo que nos dice su último adiós? ¿Qué hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y personas queridas?

 

La muerte es como una puerta que traspasa cada persona a solas. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio. ¿Cómo vivir esa experiencia de impotencia, desconcierto y pena inmensa?

 

No es fácil. Durante estos años hemos ido cambiando mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más vulnerables. Más escépticos, pero también más necesitados. Sabemos mejor que nunca que no podemos darnos a nosotros mismos todo lo que en el fondo anhela el ser humano.

 

Por eso quiero recordar, precisamente en esta sociedad, unas palabras de Jesús que sólo pueden resonar en nosotros, si somos capaces de abrirnos con humildad al misterio último que nos envuelve a todos: «No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios. Creed también en mí».

 

Creo que casi todos, creyentes, poco creyentes, menos creyentes o malos creyentes, podemos hacer dos cosas ante la muerte: llorar y rezar. Cada uno y cada una, desde su pequeña fe. Una fe convencida o una fe vacilante y casi apagada. Nosotros tenemos muchos problemas con nuestra fe, pero Dios no tiene problema alguno para entender nuestra impotencia y conocer lo que hay en el fondo de nuestro corazón.

 

Cuando tomo parte en un funeral, suelo pensar que, seguramente, los que nos reunimos allí, convocados por la muerte de un ser querido, podemos decirle así: «Estamos aquí porque te seguimos queriendo, pero ahora no sabemos qué hacer por ti. Nuestra fe es pequeña y débil. Te confiamos al misterio de la Bondad de Dios. Él es para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Sé feliz. Dios te quiere como nosotros no hemos sabido quererte. Te dejamos en sus manos».

 

(José A. Pagola. Eclesalia)

 

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