BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Dios es pobre. Dios es amor

Posted by antenamisionera en diciembre 22, 2008

(Navidad, 24 – 25 de Diciembre de 2008)

 

            Es pobre el que puede decir: “Todo me ha sido entregado por mi Padre” (Lc 10, 22) o también: “Mi doctrina no es mía sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16). Mediante estas palabras el Hijonavidad0 dice al Padre: “Tú eres todo para mí; nada tengo que no sea tuyo”. Pero también es pobre el que nada guarda para sí, aquel que es don total y permanece y cuyo Hijo puede decir: “Dios amó tanto al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16), o también: “El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano” (Jn 3, 35) o también: “Todo lo que el Padre tiene es mío” (Jn 16, 15) o también: “Eran tuyos y tú me los has dado” (Jn 17, 6).

            Es pobre el Hijo que no recibe nada como no sea para devolverlo. “Mirad que voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre” (Lc 24, 49), o también: “Padre, los que tú me has dado, quiero que en donde yo esté, se hallen también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has entregado” (Jn 17, 24) o también: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Es pobre quien no dispone para sí de los bienes que ha recibido en herencia, el que puede decir: “Ha complacido a vuestro Padre daros el Reino” (Lc 12, 32) o también: “Yo dispongo en favor de vosotros del Reino, como mi Padre lo dispuso para mí” (Lc 22, 29).

            Es humilde y dependiente el que no tiene más voluntad que la voluntad de su Padre: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2, 49) y también: “Mi aliento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (Jn 4, 34), o bien: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn 6, 38) o también: “Nada puedo hacer por mí mismo… No busco mi voluntad sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn 5, 30) y también: “El Padre que me envió me ha mandado lo que tengo que decir y hablar y sé que su mandato es vida eterna” (Jn 12, 49-50), “Padre todo te es posible, pero no sea lo que yo quiero sino lo que quieras tú” (Mc 14, 36).

            Son humildes y pobres las personas divinas que se prestan mutuamente testimonio diciendo: “Este es mi Hijo muy amado, en quien me complazco” (Mt 3, 17) o también:navidad1 “Nada puede hacer el Hijo por su cuenta sino lo que ve hacer al Padre. Lo que hace él eso también lo hace igualmente el Hijo porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que él hace” (Jn 5, 19-20) o bien: “Si yo mismo me glorificase, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica” (Jn 8, 54). Es humilde y dependiente en su ser más profundo el que puede decir: “Me ha enviado el Padre que vive y yo estoy vivo por el Padre” (Jn 6, 57) y además: “El Padre está en mí y yo estoy en el Padre” (Jn 10, 38) o bien: “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador” (Jn 15, 1).

            Sí, Dios es pobre, humilde y dependiente. De Dios no se dice nunca que posee, se dice que es. No hay amor sin pobreza puesto que sólo la pobreza total permite darlo todo sin retorno a sí mismo, recibir todo del otro en la gratitud perfecta, devolver todo al otro en un impulso de reciprocidad sin recelo. No hay amor sin dependencia. Como el padre del hijo pródigo, amar es querer seguir, reunirse, suscitar, glorificar. Porque no hay amor sin humildad. “Una mirada que domina al otro no es una mirada de amor” dice el padre Varillon. Cuando Jesús mira a su Padre, se borra ante él. Y cuando el Padre mira a su hijo pone en esa mirada toda su complacencia.

            Dios es amor; es pobre en todo, salvo en amor; sólo es todopoderoso en amor; es grande y por encima de todo, en amor. No puede darnos nada más que amor. Pedimos incesantemente a Dios. Pero, si no posee nada, no puede darnos cosa alguna; en desquite, nos da a alguien. Se da él mismo y por ello, nos colma más allá de nuestros pobres deseos, porque él es el único que puede colmar los deseos del corazón del hombre a quien ha hecho a su imagen y en quién él mismo ha inscrito la necesidad de hallar a alguien que sea Dios. Y el movimiento mismo de la pobreza, humildad y dependencia de Dios es el Espíritu Santo; él es el dinamismo mismo del autor trinitario. Gracias al Espíritu Santo que cubrió a María con su sombra, nos es dado este signo del Niño-Dios.

            ¿Qué viene a hacer aquí este Niño-Dios? María y José, esa pareja joven y 3-belenenamorada, se han visto sacados de la relativa comodidad y de la seguridad de su vida en Nazaret donde tenían un domicilio y amigos. Este niño que conduce al mundo y los acontecimientos -del que San Juan dice: “En él, por él, para él, todo ha sido creado”- arrastra a sus padres, a los que ama con un amor incomparable, a una situación incómoda y pobre. Desde luego, están los hechos y sus explicaciones: un censo, una decisión administrativa. Pero ¿quién los guía si no es este Niño-Dios?.

Y este Niño-Dios ha venido para hacer a todo hombre participante en su vida divina, para divinizar al hombre. Como dice San Ireneo en Contra las herejías: “El verbo de Dios se ha hecho hombre, el que es Hijo de Dios se ha hecho hijo del hombre, para que el hombre se torne hijo de Dios, comunicando con el Verbo de Dios y recibiendo la adopción. Pues no podíamos recibir la incorruptibilidad y la inmortalidad sin estar estrechamente unidos a la incorruptibilidad y a la inmortalidad”.

            “Para que el hombre se torne hijo de Dios…”. ¿Como extrañarse ahora de que un Dios pobre, humilde y dependiente quiera hacer al hombre pobre, humilde y dependiente, empezando por los que están más cerca de él? La pobreza, la dependencia, la humildad no son unas etapas purificadoras pero provisionales, hacia la divinización del hombre, sino la introducción en la vida divina, la participación en la vida del Espíritu Santo. Cómo se comprende entonces ese grito de Jesús: “¡Bienaventurados los pobres!” No es un dolorismo inapropiado sino una clara e indudable manifestación del amor de Dios. Cómo se comprende que este Dios pobre sea recibido de modo prioritario por los que son ya los más próximos: María y José, los pobres, los pastores, ante los cuales, sin obstáculo “El Ángel del Señor se les presentó y la gloria del Señor les envolvió con su luz” (Lc 2, 9).

            Jesús elige unos amigos pobres; arrastra a la pobreza a los que se entregan a su amor. Pero él vela. Si no captamos esto, corremos el riesgo de caer en la angustia, cuando no en un activismo inoportuno. ¿En la angustia? Pensemos en esos hogares y en esos grupos en donde se organiza debate tras debate, discusión tras discusión para saber si se vive con suficiente pobreza o cómo se tendrá que hacer para llevar una vida más pobre. La angustia procede del hecho de que las realidades no surgen tan rápidamente como nuestras buenas intenciones: o el marido, o la mujer o los hijos constituyen un obstáculo, o le gustaría a uno sin atreverse del todo. ¿En el activismo inoportuno? Evoco aquí a los que quieren hacerse pobres, como si no fuese también una riqueza escoger la pobreza y construirla uno mismo. Desde luego no podemos criticar a los que han escuchado una auténtica llamada a la pobreza y no han respondido con generosidad. Pero me parece que tenemos que temer ante todo el creernos dueños de nuestra pobreza. Es Jesús quien a través de lo que sucede desposee a María y a José de su comodidad y de su seguridad. Es él quien a través de los acontecimientos desposeerá aún más a su Madre, a sus apóstoles, y a nosotros. Por las circunstancias de la existencia, me desposeerá de mi salud, de mi dinero, de mi situación. ¿Me desposeerá quizá de un esposo, de un hijo? ¿Me desposeerá quizá de afecto o de seguridad o incluso de la claridad de la fe? Si deseo estar cerca de Jesús no me libraré de una forma u otra de pobreza, la que él me propondrá. Y entraré en la desposesión por fidelidad al amor de Dios que se me manifiesta en el signo del Niño de la cueva. Si entro con él en esta desposesión, él será mi única riqueza, me comunicará toda su riqueza divina, ese Reino que ha venido a abrirme. Entremos y acerquémonos con los pastores y veamos resplandecer el esplendor de nuestro Dios pobre, humilde y dependiente. Con el sacramental mozárabe cantemos: “¡Hoy nos ha nacido un tesoro!”.

            Señor, mira cuán henchido está nuestro corazón. A veces son cosas buenas pero mal empleadas. Mira cómo nuestro amor conyugal, realidad buena por excelencia, ha ocupado todo el sitio en detrimento del servicio a los demás; mira cómo nuestro amor maternal o paternal ha ocupado todo el sitio y llega incluso a sofocar a nuestros hijos; mira cómo nuestro éxito profesional ha ocupado todo el sitio y ahoga en nosotros el sentido del don y de lo gratuito; mira cómo nuestra inteligencia ha cerrado nuestro corazón.

            Tú vienes para una obra de liberación; para hacernos participar en la vida de tu Padre; para que nos dejemos arrastrar por el dinamismo del Dios pobre, humilde y dependiente que es el Santo Espíritu. Dános un corazón que acoja las desposesiones que nos envías, por amor, a través de lo cotidiano. Sé tú la riqueza de nuestra vida, sé nuestro tesoro, tú, Jesús, pobre, humilde y dependiente.

(Alain Grzybowski)

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