BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

El amor liberador

Posted by antenamisionera en diciembre 9, 2009

Por Ernesto Duque

            Es posible que sean personas enfermas. Pero no falta quien intenta justificar sus acciones de “violencia de género” afirmando su amor a la persona a quien han asesinado.
            Posiblemente la palabra “amor” es una de las más prostituidas en nuestro lenguaje.
            El amor es fuente vida. Cuando se la pretende utilizar para justificar el dar muerte a alguien es señal de que hemos perdido las mínimas referencias éticas.
            La “violencia de género” es hoy el ejemplo más cercano. Cada pocos días lo vemos en los telediarios o lo leemos en los periódicos.
            Claro que como siempre son problemas de otros, los condenamos y nos sentimos tranquilos.

            Como cristianos no podemos olvidar nuestra historia. Que es la historia de nuestra familia en la fe.
            Jesús dijo: “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros”. Y también: “No hay mayor amor que dar la vida por los amigos”. O nos pide “Amad a vuestros enemigos”. Fiel a sus palabras aceptó “ser matado” para convertirse en fuente de vida.
            No siempre los cristianos hemos seguido esos principios. Recordemos la época de las Cruzadas, de la Inquisición, de la colonización-evangelización en América o África… por no hablar de las pequeñas inquisiciones que siguen funcionando en nuestra Iglesia que no matan físicamente, pero matan la voz de los profetas de los pobres.
            Si queremos recuperar la credibilidad que hemos perdido, debemos empezar a movernos por un amor que sea liberador y esté por encima de cualquier norma o ley.

Amor frente a la ley
            Jesús de Nazaret era judío. Pero al conocer el corazón de Dios, su Padre, adquirió un profunda libertad interior.

            Al encontrarse con los marginados sociales o religiosos, con las personas que sufrían, con aquellos que querían construir un nuevo futuro en sus vidas pero la ley se lo impedía, con aquellos que habían sido condenados a la pobreza… no tuvo ningún problema en enfrentarse con las autoridades religiosas, en saltarse las leyes, por muy sacrosantas que fueran.

            Cura en sábado, pone a una prostituta como ejemplo de comportamiento a un fariseo cumplidor de la ley, comparte la mesa con publicanos y pecadores, se salta las normas del ayuno, defiende a una adúltera…

            Ha entrado en el corazón de un Dios que es Amor. No puede condenar nadie. Sabe que el amor es siempre liberador y comprende que su misión es decirles a las personas que valen más de lo que ellos creen y están por encima de las condenas de los legalistas. Les abre un futuro nuevo.

 Religión de condena o de esperanza
            Jesús no fundó una nueva religión. Se dio cuenta de que la religión de su pueblo era un complejo entramado de leyes, normas y prohibiciones encaminadas a hacer del pueblo un rebaño sumiso a los dirigentes de turno.
            Eso nada tenía que ver con la voluntad del Padre Dios. Dios quería un pueblo de hijos libres, que decidieran con madurez su vida y, sobre todo, que fueran felices.

            Por eso dejó de lado su ser igual a Dios (Filipenses 2) para abajarse al nivel de los últimos y hacerles descubrir que eran capaces de un amor liberador, que nadie les había condenado, menos Él o Dios, y eran capaces de rehacer su vida.

            Quien experimenta el amor liberador de Dios, siempre tiene una esperanza. El amor es más fuerte que la muerte.

 La misión de la Iglesia
            No hace mucho, en una manifestación promovida y apoyada por la Iglesia, empecé a escuchar gritos pidiendo: “ …. al paredón”. Me fui cargado de vergüenza. En mi forma de entender el cristianismo no cabe el que se pueda pedir la muerte de alguien.    

            Me resulta imposible imaginarme a Jesús diciendo algo semejante. No cabe en mi concepción del cristianismo pedir la ejecución de alguien. Sentí que me había equivocado de lugar y estaba en Jerusalén hace 2000 años gritándole a Pilato: “Crucifícalo, crucificado”.

            Hemos de ser sinceros y reconocerlo: sigue habiendo una brecha entre nuestras “antiguas” iglesias preocupadas por las normas, la ley y la recta doctrina y las iglesias “misioneras” que conviven con los empobrecidos, los marginados, los “no escuchados” a nivel social y eclesial.

            Sólo los pobres nos pueden abrir al amor liberador para todos, superando actitudes prepotentes. Tenemos mucho que aprender de la iglesia misionera para descubrir las verdaderas riquezas que podemos ofrecer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Es especial el amor que nos hace libres.

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