BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Un Dios cercano que nos llama a la liberación

Posted by antenamisionera en marzo 4, 2010

(Domingo 3º de Cuaresma, 7 de Marzo de 2010)

Evangelio: Lucas 13, 1-9

Por Joaquim Gomis

El Señor está con nosotros

            Hoy, como cualquier domingo, muchos de nosotros iremos a misa. Quizá con más o menos ganas. Como cada domingo escuchamos la lectura de la Escritura. Quizá con más o menos atención. Renovaremos los signos que Jesús nos dejó como memorial de su entrega. Y bastantes participaremos en su alimento de vida. En resumen: nosotros venimos con más o menos ganas, hacemos mejor o peor ciertos actos. Pero no es esto lo más importante de nuestra reunión. No celebramos nuestras ganas o nuestros actos.

            Lo más importante aquí no somos nosotros sino la presencia activa de Dios entre nosotros. Es esta presencia la que celebramos. De ahí que iniciemos nuestra reunión con aquellas palabras que a menudo repetimos: “El Señor esté con vosotros”. Como expresión de nuestra fe: “El Señor está con nosotros”. Nosotros podemos venir más o menos animados y podemos celebrar mejor o peor; pero el Señor no falta nunca a la cita, él está siempre presente y activo en nuestra reunión. Nosotros somos siempre -más o menos- pecadores; pero Dios es siempre -del todo- nuestro Salvador.

 El nombre de nuestro Dios

            Hace siglos, muchos siglos, cuando el pueblo judío buscaba qué era, quién era su Dios, halló una respuesta que continúa vigente para nosotros. A veces los hombres (y quizá especialmente los cristianos) nos imaginamos que sabemos muchas cosas de Dios. Pero a menudo olvidamos lo más importante: aquello que halló el pueblo judío, el nombre con el que se reveló Dios.

            Moisés   -dice el libro sagrado-, antes de iniciar su hazaña de liberador del pueblo esclavizado, quiere saber quién es aquél que guiará su obra. La respuesta que Dios da -según el libro sagrado- es muy significativa. Dice: yo soy el que estaré con vosotros, el que está con vosotros: yo soy el que es en vosotros, el que interviene, el que salva.

            De eso hace miles de años. Pero nuestro Dios sigue siendo el mismo, tiene el mismo nombre: no es un Señor escondido allí arriba en el cielo, juez imperturbable, tranquilo en su serena eternidad… nuestro Dios es el que está con nosotros, el que es presente y activo en nuestra vida. Si no creemos en este Dios que “está con nosotros” -como repetimos en cada misa-, no creemos en el Dios de Jesucristo. Porque eso es lo que nos revela Jesús del Padre: que se mete en nuestra vida -aunque sea una vida de pecadores- para meternos en su vida de amor total.

 El Dios impotente

           Sin embargo, todo esto es sólo un aspecto. Hay otro: este mismo Dios presente y activo en nuestro camino, es un Dios impotente. Quiero decir que su acción necesita de nuestra respuesta. Sin ella nada puede. Es lo que hemos escuchado en el evangelio. Si nosotros no nos abrimos a esta acción de Dios (si no nos convertimos), Dios es impotente. El fruto que él espera, si no lo damos nosotros, él no lo puede forzar. Si nos encerramos en nuestro pecado, él nada puede hacer.

            Por eso el evangelio nos presenta simultáneamente -y no podemos olvidar uno u otro aspecto- la impaciencia de Dios y su paciencia. O, con otras palabras, su exigencia y su esperanza.

            Dios quiere que demos fruto, que su amor fructifique en nosotros, y no se contenta con respuestas hipócritas. Pero, al mismo tiempo, Dios nunca pierde la esperanza, confía siempre que nos abriremos a su llamada y así daremos fruto de vida. Dios espera que confiemos más en su amor y que no nos atormentemos con nuestro pecado.

 Una respuesta insuficiente

            Antes de terminar este comentario, fijémonos aún en lo que nos ha recordado san Pablo: hay una posible respuesta insuficiente, hipócrita. Es la respuesta superficial, que no llega al corazón de nuestra vida. No basta decir: “Soy cristiano, tengo fe, estoy bautizado, voy a misa, comulgo, no robo ni mato, no soy como éste o aquél…” (Como tampoco para muchos judíos fue suficiente pasar el mar Rojo, comer el maná, creerse el pueblo de Dios…).

            Jesús lo dice con claridad: “Si no os convertís, todos pereceréis”. No tengamos miedo hoy de mirar qué exige de cada uno de nosotros esta llamada a la conversión. Convertirse es no quedarse estéril, seco y muerto, Es liberarnos del mal que hay en nosotros para abrirnos a la vida de Dios. Del Dios que nos espera en el camino cotidiano de cada uno. Si participamos en la eucaristía es para dar fruto. Fruto según la palabra de Jesús: fruto de amor, de lucha por la justicia, de fe en la verdad, de aprender a vivir como hijos del Padre que es bueno.

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Una respuesta to “Un Dios cercano que nos llama a la liberación”

  1. Luis said

    Muy bueno el comentario luis

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