BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

La lección de la Eucaristía

Posted by antenamisionera en junio 3, 2010

(Fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, 6 de Junio de 2010)

Evangelio: Juan 9, 11b-17

Por Fray Marcos

            Es muy difícil no caer en la tentación de decir sobre la eucaristía lo políticamente correcto y dispensarnos de un verdadero análisis del sacramento más importante de nuestra fe. Son tantos los aspectos que habría que analizar, y tantas las desviaciones que hay que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta.

            Después de toda una vida intentando profundizar en el mensaje de Jesús, os puedo asegurar, sin ningún género de duda, que hemos tergiversado hasta tal punto el evangelio, que lo hemos convertido en algo totalmente ineficaz para una verdadera vida espiritual.

            No me resisto a contaros, una vez más, el relato que oí una vez a Tony de Melo. Es el mejor resumen de todo lo que me gustaría trasmitiros sobre la eucaristía.

               En una tribu de primitivos seres humanos, el más espabilado descubrió un día la manera de hacer fuego. La manipulación del fuego ha sido el invento que más  ha contribuido al avance de la civilización humana. El inventor quiso hacer partícipes a otras tribus de aquellas ventajas; así que cogió los bártulos y se fue a la tribu más cercana.

            Reunió a la comunidad y les explicó la manera de hacer fuego y como se podía            utilizar para mejorar la calidad de vida. La gente se quedó admirada al ver aparecer el fuego, como por arte de magia. Todo eran muestras de admiración y agradecimiento. El visitante, les dejó los aperos de hacer fuego y se volvió a su tribu.

            Unos años después, volvió por la aldea y les preguntó por las ventajas que habían logrado con la utilización del fuego. Cuando lo vieron llegar, todos mostraban su alegría y le condujeron a una pequeña colina apartada del poblado, donde habían construido una plataforma y en lo más alto habían colocado una preciosa urna, donde habían guardado con devoción los instrumentos de hacer fuego que les había regalado.

            Toda la tribu se reunía allí con frecuencia, para adorar e incensar aquellos  instrumentos tan valiosos. Pero… ni rastros de fuego en toda la aldea. Su vida seguía exactamente igual que antes. Ninguna ventaja había extraído de sus enseñanzas. Seguían sin atreverse a usar el fuego.

             Con los conocimientos que hoy tengo, os puedo asegurar que lo último que se le hubiera ocurrido a Jesús, es pedir que los demás seres humanos se pusieran de rodillas ante él y lo adoraran.

            Él si se arrodilló ante sus discípulos para lavarles los pies; y al terminar esa tarea de esclavos, les dijo: “Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor. Pues si yo, el Maestro y el Señor os he lavado los pies, vosotros tenéis que hacer lo mismo”.

            Esa lección nunca nos ha interesado. Es más cómodo convertirle en objeto de adoración, que imitarle en el servicio y la disponibilidad para con todos los marginados.

            Hemos convertido la eucaristía en un rito puramente cultual que ni es fruto de una vivencia ni produce en nosotros la más mínima chispa de Vida. En la mayoría de los casos no es más que una pesada obligación que nos quitaríamos de encima si pudiésemos. Se ha convertido en una ceremonia rutinaria y monótona, incluso repetida una y otra vez con un soniquete que demuestra la falta absoluta de convicción y compromiso.

            La eucaristía era para las primeras comunidades el acto más subversivo que nos podamos imaginar. Los cristianos que la celebraban se sentían comprometidos a vivir lo que el sacramento significaba. Eran conscientes de que recordaban lo que Jesús había sido durante su vida y se comprometían a vivir como vivió Jesús.

            El mayor problema de este sacramento hoy, es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, adoración) y se ha olvidado totalmente la esencia de la eucaristía, que es precisamente su aspecto sacramental.

            La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son ritos mágicos ni son milagros. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

 El signo

            Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda la capacidad de comunicación, que los seres humanos hemos desplegado, es a base de signos. Todas las formas de lenguaje no son más que una intrincada maraña de signos. Con esta estratagema hacemos presentes mentalmente las realidades que no están al alcance de nuestros sentidos. En la eucaristía manejamos dos signos.

            El Pan partido y preparado para ser comido, es el signo de lo que fue Jesús toda su vida. El signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido y re-partido, es decir en la disponibilidad en la que se encuentra para poder ser comido. Jesús estuvo siempre preparado para que todo el que se acercara a él pudiera hacer suyo todo lo que él era. Se dejó partir, se dejó comer, se dejó asimilar; aunque esa actitud tuvo como consecuencia última que fuera aniquilado por los oficiales de su religión.

            La sangre derramada. Es muy importante tomar conciencia de que para los judíos, la sangre era la vida. No se trataba de un signo de vida, como puede serlo para nosotros hoy, sino que era la vida misma. De tal modo que tenían terminantemente prohibido comer la sangre de los animales, porque la vida era propiedad exclusiva de Dios. Con esta perspectiva, la sangre derramada está haciendo alusión a la vida de Jesús que estuvo siempre a disposición de los demás.

            No es la muerte la que nos salva, sino su vida humana que estuvo siempre disponible para todo el que lo necesitaba. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente no pertenece a lo esencial. Se trata de una connotación secundaria que no añade nada al verdadero significado del signo.

 La realidad significada

            Se trata de una realidad trascendente, y está siempre fuera del alcance de los sentidos; por esa razón, siempre que queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. De aquí proviene la necesidad que tenemos de los sacramentos. Dios no los necesita, pero nosotros sí, porque no tenemos otra manera de acceder mentalmente a esas realidades.

            Esas realidades son eternas y no se pueden ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Están siempre ahí. En lo que fue Jesús durante su vida, podemos descubrir esa realidad, la presencia de Dios en él. En el don total de sí mismo descubrimos a Dios que es Don absoluto y eterno.

            El primero y principal objetivo al celebrar este sacramento, es tomar conciencia de la realidad divina en Jesús y en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Toda  celebración que no alcance, aunque sea mínimamente, este objetivo, se convierte en completamente inútil.

            Celebrar la eucaristía pensando que me añadirá algo (gracia) automáticamente, sin exigirme la entrega al servicio de los demás, no es más que una ilusión y un autoengaño. 

            En la eucaristía se concentra todo el mensaje de Jesús, que es el AMOR. El Amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total, Amor total, sin límites.

            Al comer el pan y beber el vino consagrados, estoy completando el signo. Lo que quiere decir es que hago mía su vida y me comprometo a identificarme con lo que fue e hizo Jesús, y a ser y hacer yo lo mismo.

            El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan que doy. Soy cristiano, no cuando “como a Jesús”, sino cuando me dejo comer, como hizo él.

            El ser humano no tiene que liberar o salvar su “ego”, a partir de ejercicios de piedad, que consigan de Dios mayor reconocimiento, sino liberarse del “ego” y tomar conciencia de que todo lo que es, está en lo que hay de Dios en él.

            Intentar potenciar el “yo”, aunque sea a través de ejercicios de devoción, es precisamente el camino opuesto al evangelio. Sólo cuando hayamos descubierto nuestro verdadero ser, descubriremos la falsedad de nuestra religiosidad que solo pretende acrecentar el yo, y para siempre.  

            La comunión no tiene ningún valor si la desligamos del signo sacramental. El gesto de comer el pan y beber el vino consagrados es el signo de nuestra aceptación de lo que significa el sacramento. Comulgar significa el compromiso de hacer nuestro todo lo que ES Jesús.

            Significa que, como él, soy capaz de entregar mi vida por los demás, no muriendo, sino estando siempre disponible para todo aquel que me pueda necesitar.

            Todas las muestras de respeto hacia las especies consagradas están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir humillando y despreciando, o simplemente ignorando al vecino, es sencillamente un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús ante todo el que sufre, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia.

            A Jesús hay que descubrirlo en todo aquel que espera algo de nosotros, en todo aquél a quien puedo ayudar a ser él mismo, comprendiendo que  esa es la única manera de llegar a ser yo mismo en mi verdadero ser.

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