BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Dios nos acompaña en la lucha por la justicia

Posted by antenamisionera en octubre 14, 2010

(Domingo XXIX TO, 17 de Octubre de 2010)

Evangelio: Lucas 18, 1-8

Por Jesús Peláez

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para ello deben ser constantes en la ora­ción como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser oída.

Como todas las parábolas, ésta tiene también un final fe­liz, no tan feliz como la vida misma. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a inter­venir en este mundo de desorden e injusticia legalizada el Dios todopoderoso y justiciero?

¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, la demen­cial carrera de armamentos, el derroche de recursos para la destrucción del medio ambiente, la existencia de un tercer mundo que desfallece de hambre, la consolidación de los des­niveles de vida entre países y ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama ‘papá’ (‘abbá’), para pedirle que ‘venga a nosotros tu reino’. Desde la noche oscura de este mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible -al menos no ejerce-, sino débil, sufriente, ‘padeciente’; el Dios cristiano se revela más en el dar la vida que en el imponer una determinada conducta a los humanos; marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su mar­cha hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, debe insistir en la oración, debe pedirle fuerza para perseverar has­ta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

Hasta tanto se implante ese reinado divino, la situación del cristiano en este mundo se parecerá a la descrita por Pa­blo en la carta a los Corintios: «Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desespera­dos; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; paseamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para que también la vida de Jesús se trans­parente en nuestro cuerpo; es decir, que a nosotros, que tene­mos la vida, continuamente nos entregan a la muerte por causa de Jesús… » (2 Cor 4,8-10).

El cristiano no anda dejado de la mano de Dios. Por la oración sabe que Dios está con él. Incluso la ausencia de Dios, sentida y sufrida, es ya para él un modo de presencia.

 

El clamor de los que sufren

Por José Antonio Pagola

La parábola de la viuda y el juez sin escrúpulos es, como tantos otros, un relato abierto que puede suscitar en los oyentes diferentes resonancias. Según Lucas, es una llamada a orar sin desanimarse, pero es también una invitación a confiar que Dios hará justicia a quienes le gritan día y noche. ¿Qué resonancia puede tener hoy en nosotros este relato dramático que nos recuerda a tantas víctimas abandonadas injustamente a su suerte?

En la tradición bíblica la viuda es símbolo por excelencia de la persona que vive sola y desamparada. Esta mujer no tiene marido ni hijos que la defiendan. No cuenta con apoyos ni recomendaciones. Sólo tiene adversarios que abusan de ella, y un juez sin religión ni conciencia al que no le importa el sufrimiento de nadie.

Lo que pide la mujer no es un capricho. Sólo reclama justicia. Ésta es su protesta repetida con firmeza ante el juez: «Hazme justicia». Su petición es la de todos los oprimidos injustamente. Un grito que está en la línea de lo que decía Jesús a los suyos: “Buscad el reino de Dios y su justicia”.

Es cierto que Dios tiene la última palabra y hará justicia a quienes le gritan día y noche. Ésta es la esperanza que ha encendido en nosotros Cristo, resucitado por el Padre de una muerte injusta. Pero, mientras llega esa hora, el clamor de quienes viven gritando sin que nadie escuche su grito, no cesa.

Para una gran mayoría de la humanidad la vida es una interminable noche de espera. Las religiones predican salvación. El cristianismo proclama la victoria del Amor de Dios encarnado en Jesús crucificado. Mientras tanto, millones de seres humanos sólo experimentan la dureza de sus hermanos y el silencio de Dios. Y, muchas veces, somos los mismos creyentes quienes ocultamos su rostro de Padre velándolo con nuestro egoísmo religioso.

¿Por qué nuestra comunicación con Dios no nos hace escuchar por fin el clamor de los que sufren injustamente y nos gritan de mil formas: “Hacednos justicia”? Si, al orar, nos encontramos de verdad con Dios, ¿cómo no somos capaces de escuchar con más fuerza las exigencias de justicia que llegan hasta su corazón de Padre?

La parábola nos interpela a todos los creyentes. ¿Seguiremos alimentando nuestras devociones privadas olvidando a quienes viven sufriendo? ¿Continuaremos orando a Dios para ponerlo al servicio de nuestros intereses, sin que nos importen mucho las injusticias que hay en el mundo? ¿Y si orar fuese precisamente olvidarnos de nosotros y buscar con Dios un mundo más justo para todos?

 

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2 comentarios to “Dios nos acompaña en la lucha por la justicia”

  1. Angel said

    ¡Cuesta mantener la fe en un mundo más justo!
    Pero por ahí pasa el ser cristianos…
    Esperemos que no se extinga la fe en la tiera… en un mundo más justo para todos!

  2. Jose Alberto said

    Buscar con Dios un mundo más justo…
    Me parece una buena definición de lo que es o debería ser la oración, sobre todo frente a tantas formas intimistas, individualista o interesadas de la oración.
    Creo que tiene bastante que ver con la forma de rezar de Jesús.

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