BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Navidad 2010: Alegoría de una historia

Posted by antenamisionera en noviembre 2, 2010

Permitidnos adelantarnos a la campaña de “El Corte Inglés” diciéndonos en pocos días que “ya es Navidad”… Antes de que la propaganda comercial nos invada, es bueno pararse a pensar en las fiestas que se acercan.

Por Salvador del Molino

En aquellos tiempos la autoridad competente dio la orden de que todos los ciudadanos varones del imperio viajasen a su país de origen para empadronarse. Uno de ellos que tenía la mujer en­cinta quiso encontrar alguna autoridad local para decir que no podía ponerse en camino con su mu­jer en ese estado, ni aunque dispusieran de un burro para montar en él. La verdad es que por más vueltas que dio en el pueblo no encontró a quien lamentarse o poder exponer sus dificultades para ejecutar tal or­den y tuvo que viajar como pudo durante muchos kilómetros o millas que fueran… Durante el viaje reflexionaba sobre lo absurdo de la situación: tener que ir a empadronarse precisamente en el momento en que por viajar su mujer podría perder el primer hijo que tuvieran. Y la verdad es que a la autoridad que había dado la orden eso ni le iba ni le venía. Sencillamente ellos daban órdenes y esperaban que sus súbditos las cumplieran sin rechistar.

El poder supremo ni siquiera se ponía la cuestión de si esa orden podía provocar  problemas a la población. Si alguno moría no era de su in­cumbencia y si había alguna sublevación la reprimirían con las fuerzas del orden (es un decir).

El caso es que cuando llegaron al lugar de destino, donde se supone que tendría que estar la oficina de empadronamiento, no encontraron sitio para albergarse en la posada, con tanta gente que venía esos días a esa ciudad tan famosa en aquellos tiempos (era la ciudad donde había nacido un rey) el lugar donde alojarse estaba abarrotado… Claro que tuvieron “suerte” porque una persona que los vio en el plan que estaban les ofreció a las afueras de la ciudad un pequeño establo donde se solían guardar los ganados por el invierno. En aquellos momentos estaba vacío porque era verano y las ovejas estaban pastando de noche (lo de que era invierno se lo inventaron en una ciudad latina algu­nos siglos después como mera substitución de fiestas, un nacimiento por otro). Y estando allí aloja­dos nació un bebé varón al que lavaron y vistieron con medios de fortuna y lo pusieron en un pese­bre a modo de cuna.

Claro que el padre del chiquillo aquél no tragaba lo de no encontrar sitio en la posada. Se suponía que si las autoridades que habían emanado un edicto de empadronamiento tendrían que haber pro­veído lugares, casas privadas o del pueblo que hicieran la función de posadas durante las aglome­raciones. Es caso es que siempre había pensado (ingenuo él) que las autoridades competentes se ele­gían por el pueblo y por el senado y que los senadores en vez de estar en la capital para mantenerse en el cargo estaban para llevar hasta allí las necesidades de los ciudadanos. Pues no, hombre, esta­ban allí para defender su posición social y económica (sobre todo esta última) pero tuvo que consta­tar en sus propias carnes que a los que habían sido elegidos por el pueblo no les importaba un comino lo que podía suponer una situación incómoda para la mayoría de la gente.

Estos pensamientos de colaboración ciudadana fueron interrumpidos por un coro de lo que ellos pensaron que era ángeles de cielo, aunque tal y como están las cosas ahora no se puede determinar qué tipo de seres componían aquella orquesta. Pero la verdad es que vieron en cierto sentido una aproximación del divino a la vida sencilla de unos ciudadanos corrientes. En práctica el coro aquel les hizo ver de cerca una realidad que probablemente no habían entendido antes: el muchacho que nacía en ese momento era uno que en el futuro habría sabido llevar a un pueblo de gente oprimida a una situación de libertad, una libertad muchas veces ofrecida y nunca alcanzada en su historia. Había que esperar una generación por lo menos, pero las promesas estaban a punto de actuarse en medio de ellos. De hecho este niño cuando creció les dijo a los que les querían escuchar que no temieran, que lo que habían escuchado en las escuelas y en los templos de su época iba a empezar muy pronto.

Lo malo sería (pero claro, esto no lo podían saber hasta más de treinta años después) que la manera en que iba a producirse la liberación no sería como ellos se lo hubieran esperado: con una lucha vio­lenta contra las fuerzas del orden (es un decir) y con la entronización de un rey que respondiera a sus ideales de auto-soberanía. Este chiquillo les sacaría de apuros, sí, pero pidiendo su colaboración y su aportación personal con un cambio radical de actitudes frente a la opresión que ninguno entendió y que muy pocos aceptaron. Se trataría de abrir los ojos y ver a donde lleva una revolución violenta y desecharla de raíz. Y por otra parte buscar una posición ante el mal y sus consecuencias que permitiera a todos transformarlo desde dentro en situaciones que beneficiaran a todos. Demasiado difícil para aquellos tiempos desde luego, pero que en estos momentos no me parece que los que estamos dentro del ajo, lo hayamos entendido.

Entre los que hicieron posible que naciera este muchacho hay personas y otros seres que permane­cen el anonimato. Me refiero a las mujeres que trajeron y calentaron el agua para el atender en el parto a la viajera, las que limpiaron y adecentaron un poco el establo, las que prepararon un poco de fuego para calentar el ambiente, las que trajeron comida y la ofrecieron a los inesperados huéspedes, las que se ocuparon de atender a pequeñas necesidades que casi nunca se nombran en este tipo de historias. Pero ahí está: una mujer ha dado a luz, felizmente a un chiquillo y ellas han atendido a la madre y lo han preparado para la vida. En nuestras familias se suele usar mucho la expresión “burro de carga”, me parece que no es nueva, ni tampoco es nueva la idea de la “esclava de la casa” y me da la impresión de que las cosas no han cambiado mucho desde aquellos tiempos. A mí me parece una falta de justicia y de reconocimiento a quienes hacen posible que una madre dé a luz sin problemas a quienes asisten a un enfermo en sus necesidades de cada momento sin hacer ruido y sin lamentarse para nada de lo que les cae encima. Serían aquellas o mujeres como aquellas las que prepararan la mesa de un jueves muy importante en la historia, ellas las que harían posible que se perpetuara un símbolo de la presencia de aquel niño en las generaciones venideras, pero claro no tienen ni nombre siquiera, se les conoce con el colectivo de las marías y ahí os quedáis.

Al final de esta historia aparecen unos hombres de buena voluntad, se les ve que van bien intencionados, pero en ese empeño de sentirse útiles en la escena de aquel importante acontecimiento se equivocan de camino y van a parar en manos de una persona que no tenía muchos escrúpulos… Ellos le dijeron que habían sido guiados por una gran estrella (o, ¿habían sido cincuenta unidas en una sola?) y el tipo aquel aprovechó la ocasión para hacerse el grandioso, llamó a los sabios de su reino para que le explicaran los misterios de las profecías antiguas y cuando se dio por enterado envió a aquellos hombres a la ciudad en que se suponía que el padre, protagonista de esta historia había ido a empadronarse. El rey aquel que no tenía muchos escrúpulos o por mejor decir ninguno temió por las bases de la silla que sostenían sus regias posaderas y dio la orden de que sus fuerzas del orden (es un decir, pero en este caso peor que un decir) fueran a deshacerse de los niños pequeños nacidos en su reino en una época comprendida entre cero y dos años… La matanza fue terrible y aun resuena entre nosotros a finales de cada año como símbolo de una canallada gorda.

Es posible que casos como este se hayan repetido en nuestro mundo y que por desgracia aun sigan repitiéndose. La verdad es que el nombre de este rey del que hablamos se ha asociado a la idea de las villanías más atroces que se han cometido y se siguen cometiendo en nuestros tiempos. No quiero pensar en casos concretos pero me da la impresión de que muchas noticias de las que aparecen en nuestros medios se parecen en gran medida a ésta que os estoy contando.

Al final me queda otra grande duda: ¿os estoy hablando de la alegoría de una historia o de la historia de una alegoría?

Un fuerte abrazo, y alegóricas Navidades.

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