BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

La oración de petición

Posted by antenamisionera en marzo 25, 2011

Por José Arregui 

 Queridos amigos:

            Imaginemos que viene a misa con nosotros una persona -¡son ya tantas!- totalmente ajena a nuestras creencias y prácticas religiosas; viene por simple curiosidad, simplemente a ver. ¿Qué pensaría? A menudo me hago esta pregunta: ¿qué pensaría o qué diría esa persona, escuchándonos en misa?

            Me parece, por ejemplo, que se extrañaría muchísimo al oír cómo hablamos de Dios y cómo le oramos. Me parece que diría entre sí: “¿Pero qué clase de Dios es éste? La iglesia llena de gente no cesa de pedirle: de pedirle piedad, de pedirle perdón, de pedirle salud, de pedirle pan, de pedirle paz, de pedirle por éste y aquél, y de pedirle y de rogarle que les escuche. ¿Quién será este Dios? No aparece por ningún lado, pero debe de ser sin duda algún señor enfurruñado, cuando se hace de rogar tanto para darles algo”.

            Perdonadme, amigos, pero muchas veces me vienen a la mente pensamientos así, cuando me pongo a observar la retahíla de nuestras oraciones. Cuando oramos, la mayor parte del tiempo la pasamos pidiendo, y me cuesta creer que a Dios le agrade nuestro incesante pedir.

            ¿Pensáis que Dios necesita que le pidamos? ¿Pensáis que debemos pedirle porque no sabe lo que necesitamos? ¿O pensáis que, aunque sabe lo que necesitamos, le gusta que le supliquemos? ¿O pensáis que nuestras súplicas le mueven a darnos lo que espontáneamente no nos daría? ¿Pensáis que nuestras oraciones lo ablandan? ¿Pensáis que Dios es como un señor que da lo que quiere cuando quiere a quien quiere?

            Sí, ya sé que son preguntas un tanto forzadas, y os sentiréis incómodos con ellas. Pero son nuestras oraciones las que ponen de manifiesto en buena medida qué imagen de Dios tenemos, y es lo que quisiera haceros ver. Pues bien, me parece que la imagen de Dios que revelan buena parte de nuestras oraciones no es creíble, no es digna de fe. Ya no es creíble para muchos que creen, y no es creíble para muchos que quisieran creer.

            Pero me diréis: “¿Acaso no se dice en la Biblia, de comienzo a fin, que Dios da lo que quiere cuando quiere, y que hay que pedírselo para que lo dé?” Sí, así es. Pero lo que se dice en la Biblia no lo debemos tomar tal cual, a la letra, y debemos procurar distinguir en el texto bíblico lo que es esencial y lo que no lo es. Por ejemplo, lo que es esencial en las palabras de Jesús cuando nos propone la parábola del juez desaprensivo como imagen de Dios. No quiere decir Jesús -¡imposible!- que Dios es como ese juez cínico. Y no quiere decir Jesús que debemos pedir a Dios sin cesar, sino más bien que debemos pedir con total confianza. Y al pedir con total confianza, lo importante no es el pedir, sino la confianza misma.

            A esto quería llegar, amigos: la confianza es lo fundamental. Pedir a Dios esto y aquello no es necesario, y hasta puede ser absurdo. El mismo Jesús nos lo dijo claramente: “Al orar, no os perdáis en palabras, como hacen los paganos, creyendo que Dios los va a escuchar por hablar mucho. No seáis como ellos, pues ya sabe vuestro Padre lo que necesitáis antes de que vosotros se lo pidáis”. Dios ya sabe. Y Dios no cesa jamás de darnos, como una fuente que mana cuanto puede. La fuente no puede dejar de manar. La madre no puede dejar de querer a su hijo. Dios no puede dejar de dar a todos, a todo, todo cuanto tiene y todo cuanto es.

            Entonces, ¿para qué pedir? Si acaso, para tomar conciencia de nuestra necesidad. O, mejor aun, para expresar nuestra confianza. O, mejor aun, para aprender a recibir. O, tal vez mejor todavía, para convertirnos para nosotros mismos y para los demás en hacedores y dadores de todo aquello que pedimos a Dios.

            Eso es. De pedir, hemos de pedir para tomar conciencia de nuestra necesidad, y para expresar nuestra confianza, y para aprender a recibir lo que Dios nos está regalando sin cesar, y, en definitiva, para darnos a nosotros mismos Dios mismo, para convertirnos en dadores de Dios para todos. Si no es para eso, nuestra oración de petición es pura magia, una torpe manera de querer obtener de Dios diversas cosas.

            Y pienso que, ciertamente, hay mucha magia y mucha torpeza en nuestras oraciones. Y pienso que, si Jesús nos enseñara hoy a orar, nos enseñaría a orar sin pedir nada. Pienso que nos enseñaría a manifestar ante Dios nuestras necesidades y límites, y a expresar una confianza sin límites, y a acoger lo que Dios nos está dando sin cesar, y a ser fuente de los dones de Dios y a ser fuente de Dios mismo.

            Pienso que Jesús nos enseñaría a llorar ante Dios, y a bailar y a celebrar la vida ante Dios, y a desahogar el corazón ante Dios y a abandonar la vida en las manos de Dios, como nos ha dicho el Salmo:

 

“El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha.

El sol no te hará daño de día,

ni la luna de noche”.

 

            Y si el sol te hace daño de día, o la luna de noche, Dios está junto a ti, sufriendo contigo y tomándote la mano. Pienso que Jesús nos enseñaría a orar así. Pienso que, en último término, Jesús nos enseñaría a ser pan y consuelo de Dios para nosotros mismos y para el mundo, a ser dadores de Dios para nosotros mismos y para el prójimo, y a ayudar a Dios a ser.

            Así es como aprendió a orar Etty Hillesum, aquella joven mujer judía muerta en Auschwitz: “Señor, tú no puedes ayudarnos; nos toca a nosotros ayudarte a ti y, cuando lo hacemos así, es entonces cuando nos ayudamos a nosotros mismos”.

ORACIÓN

 Dios mío, estos tiempos son tiempos de terror.

Esta noche, por primera vez, me he quedado despierta en la oscuridad,

con los ojos ardientes, mientras desfilaban ante mí,

sin parar, imágenes de sufrimiento.

Voy a prometerte una cosa, Dios mío, una cosa muy pequeña:

me abstendré de colgar en este día, como otros tantos pesos,

las angustias que me inspira el futuro.

Pero esto requiere cierto entrenamiento.

De momento, a cada día le basta su pena.

Voy a ayudarte, Dios mío, a no apagarte en mí,

pero no puedo garantizarte nada por adelantado.

Sin embargo, hay una cosa que se me presenta

cada vez con mayor claridad:

no eres tú quien puede ayudarnos,

sino nosotros quienes podemos ayudarte a ti

y, al hacerlo, ayudarnos a nosotros mismos.

Esto es todo lo que podemos salvar en esta época,

y también lo único que cuenta: un poco de ti en nosotros, Dios mío.

Quizá también nosotros podamos contribuir a sacarte a la luz

en los corazones devastados de los otros.

      Etty Hillesum, Diario durante la persecución nazi

 

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