BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Reflexión en la tarde del Jueves Santo

Posted by antenamisionera en abril 21, 2011

              Hay, en la base de todo lo que celebramos hoy, dos entregas; dos entregas de signos bien distintos y, evidentemente, de resultados opuestos. Una es la entrega de Judas. La traición y el beso hipócrita son su esencia, sus componentes. El móvil, como siempre, unas monedas, un dinero, unas ganancias. Era más provechoso tener “liquidez” en el bolsillo, que una vida humana. Los resultados son conocidos: la prisión, el juicio, la condena… la muerte. No podía ser de otra manera; nunca es de otra manera. A diario, como entonces, se vende a personas por unas monedas y el resultado siempre es el mismo: el egoísmo, la falta de solidaridad, el recelo, la envidia… la muerte.

            La otra entrega es la de Jesús; él no vende a nadie, se da él mismo; él no busca el interés, ni el dinero, ni la ganancia, sino la vida para sus amigos, el testimonio que les dará fuerza y ánimo para seguir sus pasos, la ratificación, con su carne y su sangre de que sus palabras no son sólo palabras, ni utopías, ni ilusiones, sino realidades tan auténticas y tan serias que, por ellas, se puede pagar un precio tan caro como el dar la propia vida. Y así, en ese gesto de amor que se teje sobre el pan y el vino (el alimento y la alegría, la carne y la sangre) Jesús se deja a sí mismo para permanecer siempre con los suyos, para que nunca se encuentren solos ni desamparados en medio del duro combate de la vida. Frente a uno que vende, que le vende a él por unas pocas monedas, Jesús se da, se ofrece gratuitamente; se quiere quedar para siempre con los suyos y se queda.

            Vender o darse; el interés o el ofrecimiento; esa es la disyuntiva que aparece en lo que hoy conmemoramos; y esa es la disyuntiva que se nos plantea a todos y cada uno de nosotros. Al repetirse día a día en nuestro mundo -como se repite- el drama de la última cena, necesitamos saber cuál de los dos papeles queremos representar; porque sin lugar a dudas que, uno u otro, alguno de los dos vamos a ejercer. ¿En lugar de quién nos ponemos?

            En la escena del lavatorio de los pies Jesús nos muestra quién es Dios; no el soberano sentado en un trono lejano, sino el Dios que en Jesús se ha puesto al servicio del hombre. Con el gesto de lavar los pies Jesús ha elevado al hombre hasta Dios, en una palabra ha hecho a todos iguales y libres. Sus discípulos tendrán la misma misión: crear una comunidad de hombres iguales y libres. El poder que se pone por encima del hombre, se pone por encima de Dios. Jesús destruye toda pretensión de poder, porque la grandeza humana no es un valor, al que él renuncia por humildad, sino una injusticia que no puede aceptar. El rechazo de Pedro indica que éste no ha entendido la acción de Jesús. Él piensa en un Mesías glorioso, lleno de poder y de riqueza y no admite la igualdad. Aún no sabe lo que significa amor, pues no deja que Jesús se lo manifieste.

            Jesús ha expresado la grandeza de su amor y nos da igualmente la medida de ese amor: igual que yo he hecho con vosotros, haced también vosotros. La medida de nuestro amor a los demás es la medida en que Jesús nos ha amado y esto que parece imposible se puede hacer realidad si nos identificamos con él. Así como se sentía Pablo identificado con Jesús, hasta poder decir: No soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).

            Dios es amor. Esta es la expresión más alta que podemos decir de Dios y es también la que más nos permite penetrar en su intimidad. Porque nos descubre que Dios no es un ser solitario en su inmensidad y eternidad, sino una familia, una comunidad, donde hay comunicación mutua, entrega recíproca, diálogo eterno, vida que se da.

            Y no hay tampoco una expresión más grande sobre el hombre que la que nos enseña el libro del Génesis, donde se nos dice que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. La imagen de Dios que es el hombre nos ayuda a comprender mejor lo que somos nosotros. Personas creadas por amor y para el amor, el diálogo sincero, la entrega generosa, la donación sin reservas. Sin amor el hombre no puede realizarse como ser personal y la más grande frustración que éste puede experimentar en su vida es el fracaso en el amor.

            Pero, sobre todo, el amor debería ser lo que distingue al cristiano de los demás hombres.

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