BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Pentecostés: “Ven, dulce huésped del alma…”

Posted by antenamisionera en junio 7, 2011

Por Trinidad León

 ¿Cómo definir el Misterio, la Presencia que no se de-fine? ¿Cómo describir lo que invade nuestros sentidos y los trasciende hasta el punto de hacernos seres para-la trascendencia, siendo, como somos, criaturas finitas y, aparentemente, “intrascendentes”? No podemos. No obstante, la experiencia del Misterio tiene que poder decirse de alguna manera, de manera entendible incluso para los más pequeños; para quienes, como sucedía en la primera comunidad forjada en torno al acontecimiento Jesucristo, no poseían una gran sabiduría humana, ni eran doctores de la Ley, ni capaces de escudriñar las Escrituras, como el mismo Jesús puso en evidencia en su caminar con los de Emaús, o como Pablo de Tarso reconocía en la comunidad de Corinto. La narración de la experiencia de Pentecostés es sencilla, entendible y coherente. Por eso nos permite vivirla y expresarla en presente y en primera persona, haciendo de ese acontecimiento una memoria viva (anamnesis) de la Iglesia. Pentecostés está sucediendo hoy, en medio de nuestra Iglesia, en el corazón de cada creyente.

 Pentecostés es la venida de Dios Trinidad hacia nosotros/as. Una donación más en la que la Divinidad se involucra para hacernos experimentar su misma vida. Pentecostés nos sitúa dentro del Misterio de la Trinidad divina dándose. El Espíritu Santo, el Amado en común del Padre y del Hijo, es también el Dios compartido y compartiéndose. Dios Espíritu Santo es: Padre amoroso del pobre, don, en sus dones espléndido…

 Comenzábamos planteando esta cuestión: ¿cómo describir lo que se siente al participar de la vida de Dios por el Espíritu Santo que nos habita? El narrador de los Hechos intenta dar una respuesta. En primer lugar, es una experiencia vivida en común, aunque no deja de ser personal: “Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas de fuego, que se repartían, posándose encima de cada uno”. Antes se nos había descrito como “un viento impetuoso”. En realidad, no importa tanto la “descripción” como los efectos que produce, porque sabemos que todo intento de querer encerrar en una imagen lo inimaginable es pura pretensión y, por lo tanto, mejor no dar muchas explicaciones (todas ellas inadecuadas, pues no hay nada en nuestro lenguaje que de adecue a la Divinidad), si bien, esas imágenes metafóricas son de gran valor, ¡preciosas! La Santa Ruah es como “un viento impetuoso”, también como “un ligero susurro de aire” (1Re 19,12b); es como “un fuego” y también como “agua” que purifica y reverdece la tierra. El Espíritu es todo lo que podamos imaginar de cercano, de íntimo y a la vez de intangible, de trascendente… Pero es, sobre todo, Aquella realidad divina que nos hace ser “comunión”, “entendimiento”, “donación”…

 Lo que sucede en Pentecostés tiene su antítesis en Babel. Babel es una de las narraciones de la Escritura que narra la dispersión de la humanidad (cf Gén 11,1-9) porque hablando la misma lengua era imposible entenderse entre ellos. La soberbia y la ambición, el deseo de alcanzar a Dios y su poder sigue estando presente, como en el principio (Cf Gén3, 3-5). Y, como sucede en el relato del Génesis, la humanidad, que es una, termina rompiendo la comunión y rompiéndose a sí misma. En Pentecostés ocurre todo lo contrario de lo que acontece en Babel: “¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?”.

 Que todos lleguen a entenderse, que la humanidad diversa y plural llegue a comprender las maravillas que Dios obra en medio de ella, genera asombro, casi incredulidad. Aún hoy, la comunión no es una meta alcanzada sino por alcanzar. Y, seguramente, no por nuestros méritos o por nuestros esfuerzos, sino porque la Fuerza del Espíritu, que es Don de Comunión divina y humana, está en medio/dentro de nosotros/as. La Promesa de Jesús se hace realidad en aquellos/as que permanecen en unidad con él, reconociéndole como único Señor de la historia. Pero, como dice el apóstol de los gentiles, Pablo de Tarso, “Nadie puede decir: Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Es decir: no puede haber consenso alguno en algo tan fundamental como es esta confesión de fe, si no hay un lazo de comunión que ilumina desde dentro esa certeza, ese señorío divino sobre la creación entera.

 La metáfora del cuerpo expresa de manera extraordinaria lo que significa alentar un mismo Espíritu, ser uno siendo muchos. Hoy nos sentimos y somos Iglesia Universal, miembros de un mismo cuerpo; pertenecemos a un mismo pueblo, cuyos miembros poseen dones muy diversos y proceden de culturas muy distintas, pero eso no impide la comunión (¡no debiera impedirla…!), al contrario, la posibilita. Pues no hay comunidad sin que haya pluralidad. Sin embargo, mirando la realidad con cierta objetividad, viviendo y conociendo los acontecimientos trágicos de la historia y los oscuros intereses que los provocan, es imposible no preguntarse: ¿Por qué nos cuesta tanto comprender algo tan obvio? Y, sobre todo, ¿por qué nos cuesta tanto aceptar la pluralidad y acogerla como la única forma de crear la verdadera comunidad, en todos los órdenes y en todos los sentidos? Tal vez la respuesta no nos guste nada, y no queramos escucharla. Pero también es obvia: porque no dejamos actuar al Espíritu de Cristo. Porque tenemos muchos miedos guardados, muchas puertas cerradas y muchos cerrojos echados… En definitiva: porque todavía no hemos acogido el don del Espíritu Santo, por muy bautizados/as y confirmados/as que estemos, o muy consagrados/as que nos consideremos…

 Aún así, nuestro tiempo, nuestro hoy, es también tiempo de esperanza. Hay esperanza allí donde se reconoce la presencia del Resucitado avivando la fe, fortaleciendo toda debilidad, resucitando toda muerte:

“En esto entró Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: Paz a vosotros…

 Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”.

Es lo que necesitamos: ver al Señor en medio de nuestra “Iglesia”, dándonos la paz y haciéndonos portadores/as de una Paz que el mundo no puede dar, y necesita. Y, para que ese deseo sea una realidad, seguimos viviendo la misión evangelizadora y seguimos ejerciendo el ministerio sacerdotal de Cristo: compartiendo la vida, perdonando para sentir el gozo del perdón, entregando gratuitamente a la entera creación lo único que puede liberarla de todo mal: el amor redentor. Sin cesar de invocar su Presencia:

“Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas,

fuente del mayor consuelo…”

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