BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Tres buenas razones para no pelear

Posted by antenamisionera en julio 13, 2011

Por Eloy Roy

Los cristianos, los judíos y los musulmanes somos tres árboles nacidos de un mismo tronco. Los tres adoramos al mismo Dios, somos hijos e hijas de Abrahán y compartimos una misma misión. Tres buenas razones para no pelear.

El mismo Dios
            “Yavé” del judaísmo, “Alá” del islam y “Dios Padre” del cristianismo son sólo diferentes nombres del mismo Dios. De suerte que, sin saberlo tal vez, el cristiano adora a Alá y a Yavé, el musulmán adora a Yavé y al Padre de Jesús, y el judío creyente adora a Alá y al Padre de Jesús.

La misma familia de Abrahán
Sea por la sangre o sea por la fe, nosotros los seguidores y seguidoras de Moisés, de Jesús o de Mohammed, somos miembros de la familia de Abrahán. Este dato, fundamental en la Biblia de los judíos y de los cristianos y en el Corán de los musulmanes, nos une a todos a un nivel medular.

Compartimos la misma misión
Los hijos e hijas de Abrahán reciben de Dios una misión común, la que, en un pasaje clave pero muy poco conocido del principio de la Biblia, se define así:
Dios se preguntó:
“¿Ocultaré a Abrahán lo que voy a hacer, cuando justamente quiero que salga de él una nación grande y poderosa, y que a través de él sean bendecidas todas las naciones de la tierra?
Pues lo he escogido para que ordene a sus hijos y a los de su descendencia que guarden el camino del Señor viviendo según la justicia y el derecho, para que el Señor cumpla con Abrahán todo lo que le ha prometido.” (Génesis 18,17-19)
Así de sencillo. Ningún misticismo. Ningún ritualismo. Simplemente: llevar la bendición de Dios (o sea los mayores “bienes” de la vida) a todas las naciones de la tierra. ¿Cómo? “viviendo según la justicia y el derecho”.
Por lo tanto, que seamos cristianos, judíos o musulmanes, todos compartimos la misma vocación y la misma misión: ser en todo el mundo servidores y servidoras de la justicia.
Lo cual, en lenguaje concreto, nos compromete a dejar de mentir, de codiciar, de robar, de oprimir y matar, y a reconocer para todos los seres humanos los mismos derechos que reclamamos para nosotros mismos.
Más específicamente, nuestra misión común nos incita a que no nos quedemos encerrados en nuestras sinagogas, iglesias o mezquitas, o en nuestros códigos jurídicos particulares tan marcados aún por nuestro pasado patriarcal y tribal, y que participemos activamente en la edificación de un mundo acorde con los grandes principios de la Declaración universal de los Derechos humanos de la ONU, amén de otras declaraciones destinadas a proteger a los grupos humanos más vulnerables como las mujeres, los niños y los pueblos originarios. Sin olvidarnos de los derechos de nuestros hermanos animales y de nuestra Madre Tierra.
Si hemos de ser santos como Dios es santo (Levítico 11,44; 1Pedro 1,16), si hemos de amar al mundo como Dios lo ama, si hemos de ser los instrumentos de Dios para extender la paz y traer la bendición a todas las naciones, el camino es la justicia.
En la justicia se encuentran nuestra raíz y nuestra identidad, nuestra vocación y nuestra misión. En la justicia… la salvación.

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