BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

El niño que quería ser un televisor

Posted by antenamisionera en agosto 3, 2011

Por J.Jaúregui

La profesora ha puesto a sus niños un ejercicio en el que les pide que expliquen qué animal o qué cosa les gustaría ser y por qué. Un chavalito de ocho años ha respondido que a él le gustaría ser un televisor.

¿Por qué? «Porque así sus padres le mirarían más, le cuidarían mejor, le escucharían con mayor atención, mandarían que los demás se callasen cuando él estuviera hablando y no le enviarían a la cama a medio juego, lo mismo que ellos nunca se acuestan a media película».

            No era precisamente tonto el pequeño. Como no lo son nunca los niños, aun cuando los mayores hagamos tantos esfuerzos por creérnoslo.

Pensamos: «Es demasiado chiquito para entender. No, no se entera de nada.» Pero la verdad es que nada hay más agudo, más cruel que los ojos de un niño. Yo preferiría cualquier juez a esos ojos inquisidores.

Hace años que conocieron los celos hacia ese hijo espúreo que se ha convertido en el centro del salón de la casa. Ese hijo mimado que es el televisor y a cuyos caprichos se inclinan diariamente sus padres.

En torno a él organizan sus vidas. Cambian sus horarios de entradas y salidas para seguir sus emisiones. Y cuando este «hijo» está en marcha, todos los demás pasan a segundo plano y se diría que no hay sacrilegio mayor que el que alguno de los chavales se permita interrumpirle.

¡Y qué drama en la casa cuando el hijo-televisor se pone malo!

¿Cómo podría vivirse con él un solo día apagado? Se llama precipitadamente al «médico», casi tan precipitadamente como cuando el ataque de apéndice de uno de los críos. A lo mejor es cierto que se le «quiere» menos. También es verdad que éste es un «hijo» fácilmente recambiable.

Pero, en todo caso, la realidad es que ya no se sabe vivir sin él.

Se le usa también como morfina: cuando los papás quieren estar un rato a gusto con los amigos, la solución es conectar a los niños con el televisor para que los mantenga bien atontaditos viendo dibujos animados. ¡Y qué maravilloso silencio reina en la casa cuando los críos están bien amordazaditos viendo a Tom y Jerry! ¿Qué haría nuestra pobre civilización sin ese cacharro liberador?

Yo supongo que alguien se escandalizará si le digo que una de las razones por las que me alegro de haber pasado de los cincuenta años es por haber vivido mi infancia cuando este «hijo artificial» no tenía tanto protagonismo. Lo que más me gusta de mi infancia es que en ella no teníamos más televisor que los libros, para leer, la imaginación para soñar y el cariño de mis padres y hermanos para conversar. Tres programas, desde luego, mucho más sabrosos que todos los telefilmes.

Ser niño ahora me parece, en cambio, terriblemente empequeñecedor con todo masticado, con la imaginación poblada de monstruitos (porque ya no sabe otra cosa que inventar o soñar) y con unos padres a quienes lo que más le molesta de sus hijos es que hablen y pregunten, invadiendo – ¡qué horror! – sus horas santas de televisión. Entiendo, claro, que los chiquillos tengan envidia del cacharro.

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