BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

María: parábola de Dios. Cuando el pueblo cristiano se quedó sin Padre

Posted by antenamisionera en agosto 3, 2011

Por José Enrique Galarreta

Jesús hablaba en parábolas. Jesús no hacía metafísica. Contaba cuentos, tomados de la vida cotidiana, y decía que el Reino “se parece a.… “Los ojos de Jesús eran capaces de leer bien las cosas. Leía la siembra, la cosecha, la semilla, la levadura, la sal, la lámpara, los viñadores, los pastores, los amos, los criados … y veía en esas cosas cómo es el Reino, cómo es Dios. Las parábolas de Jesús nacieron de la contemplación de Jesús.

Y tuvo contemplaciones extraordinarias, que le enseñaron cómo es Dios: como un pastor que vuelve al monte, ya anocheciendo, para buscar una oveja extraviada. Como una mujer que revuelve toda la casa porque ha perdido una de sus diez monedas. Como un padre que se vuelve loco de alegría cuando recupera al hijo que creía extraviado para siempre… Jesús no define a Dios. Dios no es un pastor, Dios no es una mujer, Dios no es un paterfamilias. Pero pensando en esas imágenes podemos entender muy bien cómo es Dios con nosotros, para con nosotros.

 

Parábola del Padre

Fueron muchas las imágenes con las que Jesús habló de Dios: el pastor, el médico, la lámpara, la sal, la semilla, la levadura, el agua, el vino, el pan… Pero el no va más de las contemplaciones de Jesús es algo que se nos suele pasar desapercibido: sus padres.

Jesús los contempló durante años, llorando por dentro de admiración y agradecimiento. Lo fueron todo para él, se lo enseñaron todo, toda la bondad, toda la honradez, toda la entrega… Y a la hora de hablar de Dios, ninguna otra imagen de este mundo fue mejor que sus padres. Así, como mis padres, es Dios.

Jesús se dirigía a Dios, en su oración, como se dirigía a su madre en Nazaret: y así lo sentía. De aquí que el nombre habitual que Jesús daba a Dios era ‘Abbá’, que nosotros traducimos por ‘padre’, pero haríamos mejor en traducir por ‘papá’. Así se dirigía a Dios habitualmente, y esa será, precisamente esa, su última palabra antes de morir. Aunque estaba hundido y desolado, volvió a gritar a Dios con la dulce palabra, con la dulce imagen de su infancia: Abbá, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Y no solamente lo usó para sí mismo: nos enseñó a dirigirnos, también nosotros, a Dios, como a nuestro ‘Abbá’. Muy especialmente en el Padre Nuestro.    Cuando los discípulos le pidieron que les enseñase a orar, lo hizo, y lo primero fue enseñarles a quién dirigirse: a Abbá. También lo hizo así en muchas otras ocasiones:

            Vuestro Padre que está en los cielos

            Así seréis como vuestro Padre de los cielos

            Mi padre y vuestro padre, mi Dios y vuestro Dios.

Y es que ésta palabra es la raíz y la fuente de todo, la única palabra: ‘Abbá’.

A lo largo de la historia, todos los seres humanos han imaginado a la divinidad. Y casi siempre, la han entendido desde la sumisión, desde la admiración o desde el miedo. Existe ‘Alguien’, uno o muchos, que son poderosos, que son amos, que pueden dar y quitar, premiar y castigar, que gobiernan el mundo, a los que hay que someterse. Se les aplaca en los templos, su suplica su protección, se obedece a sus representantes, los sacerdotes.

Israel fue capaz de entender más de Dios. Lo consideró un aliado, un defensor, siempre y cuando se cumplieran sus leyes. Llegó a formular el principal mandamiento. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. (Deut. 6,5) Pero no llegó, a entender por qué.

¿Por qué amar al Todopoderoso, al Amo, al Legislador, al que puede castigar y lo hace…? Jesús da la respuesta: “Amarás al Señor tu Dios… porque él te quiere más que tu madre”.

Abbá lo cambia todo. Desaparece el miedo, cambia el sentido del pecado, nace la confianza absoluta, se recupera la dignidad: todo esto es lo que significa ‘padre’, y lo que significará, como repuesta, ‘hijo’.

Ésta es la Buena Noticia. Esta es la Palabra que lo cambia todo. Decir de corazón ‘Abbá’ es cambiar el mundo, dejar atrás religiones de miedos, castigos, cumplimientos, sentirse de verdad hermano comprometido con todos… y todo eso, confiado, alegre, entusiasmado porque todo tiene sentido y valor, porque la vida se ha iluminado desde que Jesús nos enseñó el verdadero rostro de Dios, desde que pronunció la Palabra definitiva: ‘Abbá’.

Cuando decimos en el Credo dogmático: “Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso Creador del cielo y de la tierra”, no matizamos bien. Queremos decir:

            “Creo que el Dios todopoderoso,

            creador del cielo y de la tierra es mi papá.”

Llamar a Dios Padre, sin más, suele ser un engaño, como llamar al cura reverendo padre, o hablar del padre abad, o del santísimo padre. Son tratamientos de respeto, no de amor confiado de quien se siente querido.

Hablar de Dios Padre como la primera persona de la Santísima Trinidad suele tener en la práctica el defecto de ser también un tratamiento de respeto y de distancia: el Primero de la Sagrada e Incomprensible Tríada divina.

Jesús no dijo eso; habló de sentirse ante Dios como él mismo se sentía ante sus padres, seguro, querido, exigido, en la casita de Nazaret. Porque Jesús no desvela los íntimos secretos de la Divinidad en sí misma; Jesús habla de cómo se siente él mismo ante Dios, de cómo siente Dios mismo respecto a todos.

‘Abbá’ es una situación ante Dios, la intuición de Jesús de qué es Dios para él y qué es él mismo para Dios.

Pero ‘Padre’ se ha entendido como ‘engendrador’. Y la teología metafísica se ha ido por el camino del ‘Reverendísimo Padre, la primera persona de la Trinidad’. A lo largo de la historia, la palabra Padre” se ha convertido en un tratamiento de respeto e incluso de temor: el Creador Todopoderoso, el Juez… Este no es su sentido original.

Y lo mismo nos ha pasado con Jesús. Solo hay que mirar algunas imágenes, como podría ser “El juicio final” de Miguel Ángel, o cualquiera de los “Pantocrátor” que aparecen en los iconos bizantinos o las iglesias románicas.

‘Cristo’ (el nombre de Jesús va siendo olvidado con demasiada frecuencia) es el juez temible que amenaza con el castigo eterno desde el tímpano de las puertas del templo. Los malos son arrojados a las calderas hirvientes.

En el juicio definitivo solo permanece la justicia: la misericordia y el perdón son por lo visto cualidades provisionales de la divinidad. Al final, solo subsiste la justicia implacable.

Cuando los fieles se aproximan al templo no son recibidos por la Madre que les acoge con cariño sino por el juez que les amenaza: Abbá ha muerto, y Jesús de Nazaret también.

Pero si se aproximan más, si penetran en el templo, se encontrarán con la ratificación más completa del mensaje. Cristo aparece como un emperador poderoso, de rostro terrible y gesto amenazador. Rodeado por una ‘almendra mística’, que le aparta de todo lo creado, sentado sobre el arco iris, flanqueado por las imágenes de cuatro seres sobrehumanos, nimbado por el resplandor divino y ostentando del Alfa y Omega que significan su eternidad. Dicta su ley a todos, sin el más leve signo de benignidad, de compasión, de perdón, de salvación. Jesús, el Salvador, el rescatador de enfermos y pecadores, ha muerto.

 

El Padre y la Madre

El pueblo cristiano, privado de Abbá, salvó su fe por María, la Madre. La Madre no da miedo, porque no es Dios.

Dios, y Jesús, daban miedo, porque se había retrocedido, ignorando la Buena Noticia: se había sustituido a Abbá, el papá en quien se puede confiar, que da seguridad y cariño, por el Señor Padre Todopoderoso, lejano y más bien temible.

Y se había sustituido a Jesús de Nazaret, el que curaba porque era compasivo, el que era asequible y cercano a la gente normal, por el Verbo Encarnado, extraterrestre semejante, solo semejante, a nosotros.

La gente se había quedado sin médico, sin padre, sin amparo. Y encontró a la Madre: refugio de pecadores, consuelo de afligidos, auxilio de los cristianos… exactamente lo que significa Abbá.

Naturalmente, a María se le transfirieron también otros atributos divinos, para corroborar la fiabilidad de nuestra confianza: medianera de todas las gracias, sin pecado original, asunta al cielo, reina de todo lo creado; hasta hoy seguimos invocándola como ‘madre del Creador’, sin que nadie que yo sepa haya reparado en la formidable contradicción de esos dos términos juntos.

Pero, además, María nos ha ofrecido una enorme mejora en la imagen de Abbá. Le ha quitado para siempre su masculinidad patriarcal. Al dirigirnos a María como Madre, poniéndola en el lugar de Abbá, hemos iluminado a Abbá con luz maternal. Hemos entendido por qué en la Parábola del Hijo Pródigo no hay madre: porque no hace falta, porque el corazón del padre es maternal.

María, parábola de Dios. De ninguna manera renunciamos a la devoción, admiración, gratitud a María, la madre de Jesús, por la que Jesús pudo ser uno de nosotros. Pero no sustituimos a Abbá por María.

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