BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

¿Para qué sirve una Navidad?

Posted by antenamisionera en noviembre 30, 2011

Por Salvador del Molino

Se supone que la celebración de esta fiesta es para recordar la venida a nuestra tierra de Jesús de Nazaret como Dios hecho hombre. Quizás más que recordar se trata de “revivir” aquellos momentos que, si seguimos la enseñanza de la fe, se pueden calificar de cruciales o tremendamente significativos para nuestra vida cristiana.

¿Pero en realidad a qué se reduce esta celebración?

En el mejor de los casos podemos ver en muchos cristianos una preparación con varios días de antelación al 25 de diciembre y al llegar esa fecha las celebraciones de misas con actos penitenciales, lecturas apropiadas de la biblia, sermones (más bien acaramelados), cantos llenos de énfasis y entusiasmo que llenan una parte de la jornada.

A lo que sería esta vivencia litúrgica suele seguir un gran banquete con recuerdo a los que no pueden comer ese día (ni muchos otros días del año) como signo del amor que Dios dispensa a los hombres.

Se celebra también el año nuevo y en algunos sitios hasta el día de los “Reyes Magos”, personajes de dudosa veracidad histórica que vienen muy bien para justificar una fiesta más y en algunos sitios también regalos sobre todo para los más pequeños.

¿Y después?

Algo tendría que haber cambiado en la vida de los que se acercan a estos misterios. De alguna manera tendría que aparecer en los creyentes algún signo de esa “gran fiesta” de la Navidad.

En realidad lo único que se suele ver es la baja de actividad comercial y después de unos días las “rebajas de enero” para recuperar la parada espasmódica de las tiendas.

La verdad es que caminando por la calle no solemos ver un cambio de comportamiento en las personas. Tampoco entrando en ciertos ambientes, sea familiares o religiosos, se puede entrever una influencia de lo que han sido esas celebraciones. Me gustaría algún día recibir un desmentido que sonara más o menos así: “La verdad es que en la comunidad en que yo vivo ha habido personas que de ser egoístas han pasado a ser generosas, que de ser arrivistas y trepas han pasado a conformarse alegremente con lo que tienen…”

Hay algo que falla, ¿verdad?

¿Y si fuera el concepto de Dios lo que se tambalea?

Veamos, solemos estar acostumbrados a “rezar” a un Niño Dios que viene a vivir entre nosotros y le pedimos que nos solucione un determinado problema, que ayude a los necesitados, que rompa las cadenas de las injusticias y de las diferencias entre las personas…

Según nuestra manera de proceder entonces, Dios, el Dios hecho persona, ha venido a resolver lo que nosotros no nos queremos esforzar por resolver.

Cuando pensamos en el hambre en el mundo, solemos decir o pensar que no estamos capacitados para resolverlo y que lo único que nos queda es rezar para que Dios ayude a esos pobrecitos. Decimos, danos el pan de cada día, nos quedamos con la idea de que el pan “cae del cielo” como un maná, como algo que llega directamente de nuestro querido Dios.

A ver, ¿no nos ha dado Dios unas manos que pueden producir pan y otros alimentos, que nos has dado inteligencia para usar nuestros bienes adecuadamente, que tenemos a nuestra disposición los medios idóneos para borrar las diferencias entre unos y otros? Si es así, ¿a qué esperamos? ¿A que caigan panes del cielo como se cree que cayeron en el desierto para los judíos? Chuzos de punta son los que van a caer.

Asumir nuestra responsabilidad

Rezamos pidiendo a ese Dios hecho persona que “venga tu Reino” y usamos las mayúsculas. Pero bueno, ¿Quién nos dice que ese Reino tiene que venir a nosotros gratuitamente como por arte de birlibirloque? Según lo que nos han enseñado durante nuestra formación cristiana  ese Reino es un reino de justicia, de amor y de paz. Claro la justicia viene de arriba, los legisladores, los jueces, los que tienen el poder… Yo no tengo capacidad ni posibilidades de hacer crecer la justicia en mi ambiente, en mi pequeño mundo familiar o en la comunidad social en que vivo. Yo no me veo en condiciones para ver que si alguien hace algo para mí le puedo echar una mano, que si el trabajo de alguien me beneficia de alguna manera, yo lo doy por descontado porque “si está ahí es para eso”.

En ese Reino de amor es Dios el que tiene que aumentar el amor entre nosotros, es el Niño Dios el que naciendo tiene la capacidad de hacer posible el amor y la convivencia entre las personas, la aceptación y la colaboración. ¿Quién soy yo para meterme en esos berenjenales tan complicados y comprometedores de amar por mi lado, de crear una convivencia, que aumente el bienestar a mi alrededor?

El Reino de paz que tendría que seguir a la venida del Verbo es algo que no me concierne, en la paz se tienen que involucrar los que hacen la guerra. “Yo no hago mal a nadie” “Yo no quiero nada malo para nadie” “Yo soy neutral”. En realidad nos quitamos los problemas de encima, y es por eso que digo continuamente: “danos la paz”. Y mi conciencia se tranquiliza, qué bien, qué gusto: el Niño Dios se encarga de ello.

Qué cara dura cuando digo: “perdona nuestras ofensas…” Lo malo es que solemos ofender sin miramiento y esperamos que sea Dios el que nos perdone. La verdad es que más que perdonar a lo mejor lo que tendríamos que hacer es cambiar de actitud frente al ofendido. Pero claro es mejor pensar en un Dios niño que viene a la tierra a reconciliarnos unos con otros como por arte de magia.

Por todo esto la Navidad me transforma por unos días en una persona que confía en que todo lo puede recibir por parte de ese Niño santo que trae tantas cosas bellas a este mundo sin comprometerme con la sociedad en que vivo. Porque siendo niño no se entera el pobrecito.

No podemos utilizar a Dios para esconder nuestra responsabilidad.

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