BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Sonreír, un fruto de la Pascua

Posted by antenamisionera en abril 20, 2012

Domingo 3º de Pascua  – 22 de Abril de 2012

Evangelio: Jn 24, 35-48

« El don de un rostro sonriente»

            Con sólo tu presencia,
la atmósfera es como si se iluminara.
Con sólo tu presencia,
todos se sienten confortables.
Anhelo ser tal como eres tú.

Por J. Jaúreguie

Éste es mi poema preferido del calígrafo Mitsuo Aida. Significa que, cuando estamos con otras personas, aunque no se nos ocurra nada inteligente para decir, tendríamos que procurar, por nuestra simple presencia, hacer más luminoso nuestro entorno y que todos se sientan confortables. Me siento increíblemente feliz cuando me encuentro con una persona que se comporta así. La miro con cariño y desearía ser capaz de hacer lo mismo. En cambio, hay personas que, cuando entran en una habitación, proyectan como una sombra. Cuando me encuentro con personas así, siento como si es tuviese viendo la parte mala de mí misma y me entristezco. Ello me hace reflexionar sobre si, también yo, hago que los demás se sientan deprimidos o incómodos.

Recuerdo una historia que no puedo olvidar, aunque tuvo lugar hace mucho tiempo. Es la historia de una joven cristiana llamada Reiko Kitahara, hija de un profesor.
Sucedió en un barrio de la periferia de Tokyo, que había sido reducido a ruinas por los bombardeos durante la segunda guerra mundial. Un barrio de barracas llamado la Ciudad de las Hormigas, donde vivían traperos. Reiko se fue a vivir allí. Reunió a los niños del lugar, demasiado pobres para ir a la escuela, y les hizo de maestra. A menudo sin dormir, se interesaba también por los enfermos y los ancianos que vivían solos. Cada mañana, unos cuantos centenares de traperos salían, arrastrando tras de sí sus carretas de madera. Siempre los despedía con una sonrisa luminosa, diciéndoles: «¡Que tengan un buen día!». Por la noche, aunque fuese muy tarde, los recibía siempre con una sonrisa, diciendo: «Deben estar ustedes cansados». La simple vista de su sonrisa amable, inocente, hacía que aquellos hombres rudos, que se habían visto relegados a la Ciudad de las Hormigas en el caos de la postguerra, olvidaran completamente su cansancio. Así, Reiko llegó a ser idolatrada como si fuese la Santísima Virgen de la Ciudad de las Hormigas.
Llegó un momento en que cayó enferma de tuberculosis. Aunque algunos la apremiaban para que volviera a casa de sus padres, para restablecerse, ella decía: «Déjenme morir aquí». En un rincón de una chabola, donde el frío viento pasaba a través de las rendijas, estaba echada sobre una estera, sin tomar medicinas ni ningún alimento especial. Dejó el mundo todavía joven, con poco más de veinte años.      Después de su muerte encontraron un pequeño cuaderno de notas debajo de su almohada. De vez en cuando lo había sacado de allí cuando estaba echada en su cama de enferma. Preguntándose si habría escrito allí algo importante, Matsui lo abrió y halló sólo una frase: «¿No te estás olvidando acaso de sonreír en este momento?». Parece que ni siquiera cuando estaba acostaba con fiebre alta había perdido su sonrisa. Y con todo, al fin y al cabo, no era una santa, sino un ser humano ordinario. Su enfermedad cruel tenía que haberle hecho desear llorar a veces, a pesar de su deseo de no importunar a los demás. En estas ocasiones, debía haber sacado aquel cuaderno y luchado para hacerse aquella pregunta. (…)
La lista de las «Siete ofrendas que no cuestan nada» de Buda incluye un rostro sonriente. El deseaba que todos sonriesen y aceptasen a los demás del mismo modo que una madre sonríe a sus hijos y abre los brazos para abrazarlos.

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