BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

La liberación del hombre empieza en su humanidad

Posted by antenamisionera en enero 31, 2013

4º Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 3 de Febrero de 2013

Evangelio: Lucas 4, 21-30. 4c0

Por Santos Benetti

El evangelio de este domingo es la continuación del texto de Lucas que hemos comenzado a reflexionar en el domingo precedente. Decíamos que se trataba de un texto programático, ya que en sus líneas podíamos descubrir de alguna forma todo el drama de Jesús, el contenido de su misión y el centro de sus intereses.

En la sinagoga de Nazaret, Jesús comenzó anunciando “el hoy de Dios” como un acontecimiento de liberación de la humanidad oprimida. En la reacción de la gente, Lucas vislumbra como en un pequeño modelo la respuesta de Israel y de los paganos ante el anuncio de Jesús.

Mientras en un primer momento cundía la admiración ante Jesús, ya que sus paisanos veían cómo se había desarrollado su figura, sin embargo pronto su pueblo se le puso en contra. A primera vista parecía que todos estaban de acuerdo con eso de la liberación de los pobres y de los marginados físicos y sociales. Pero no hubo acuerdo en aceptar la figura de Jesús como el ungido del Espíritu, ni menos en aceptar el modo de hacer la liberación. Vayamos por partes.

La primera crítica refleja ciertamente una opinión muy generalizada entre los judíos: “¿No es éste el hijo de José?” Se esperaba un mesías iluminado, celestial, súper-hombre… y se encontraron con un simple 4c2hijo del hombre, hijo del carpintero.

La segunda crítica es similar: se esperaba de él espectaculares milagros a bombo y platillo, pero el supuesto mesías sólo desarrollaba su misión si encontraba fe, tanto entre los suyos como entre los extranjeros y paganos.

La visión amplia y universalista de Jesús encontró su respuesta en la persecución y en la muerte: en Nazaret se hizo el primer intento, simbólico o real, pero presagio de lo que un día se haría realidad en Jerusalén.

Ambas críticas son el resultado de una determinada actitud ante el problema de la vida y, por lo tanto, ante la fe como respuesta del hombre a Dios.

Los nazarenos son el signo prototípico de los creyentes que pretenden llegar a Dios pasando por encima del hombre; o, para ser más claros: que entienden la acción divina como una especie de súper-acción que se desarrolla sobre el hombre, pero no dentro del hombre o a partir del mismo hombre. Una religión deshumanizada, angelista, milagrera y supermesiánica.

En efecto, el mesías que esperaban los judíos realizaría la salvación como una cosa muy personal suya, gracias a ciertos poderes y dotes divinos frente a los cuales sería ridícula toda resistencia por parte de los dominadores. Los hombres marginados, en este caso Israel, serían más bien los espectadores de un gran milagro, de un gran espectáculo gratuito puesto en escena con protagonistas divinos y angélicos.

Jesús no parece compartir esta manera de pensar. Se presenta como el hoy-liberador de Dios, pero también, y para comenzar, como el hijo del hombre, el hombre que por el camino de la fe, del amor y de la justicia se abre paso lentamente y con dificultad hacia la plena liberación.

Si es cierto que él viene de lo alto, todo hace pensar que eso le trae sin cuidado -como recordará Pablo a los filipenses (Flp 2)-, ya que su única preocupación es encontrar un camino partiendo del mismo hombre, que debe aceptarse como tal hasta las últimas consecuencias, la muerte inclusive, aunque sea cruenta y humillante.

Hoy persiste un tipo de espiritualidad cristiana que parece olvidarse de que, para que el hombre sea adorador de Dios, es bueno que comience sintiéndose hombre, varón o mujer. Los cristianos no tenemos nuestra naturaleza humana de sobra ni como un adorno del espíritu. Somos hombres o mujeres, humanidad o, si se prefiere, espíritus encarnados. Dios no salta por encima de nuestra humanidad ni la fe es una especie de supernaturaleza adosada a la humana como si ésta fuese un simple soporte transitorio.

Toda la liturgia de Navidad nos ha recordado hasta la exageración que la 4c3encarnación de Jesús es el punto de partida para entender la obra salvadora de Dios. No hay salvación ni liberación divinas sin el esfuerzo del hombre por asumir toda su condición humana.

Todo esto ha sido y es, por desgracia, harto olvidado tanto por los laicos acostumbrados o domesticados para esperar de arriba lo que tienen que comenzar a hacer desde abajo, como por los religiosos, muchos de los cuales no terminan de darse cuenta de que su cuerpo es un don de Dios y que es inútil pretender alcanzar altas espiritualidades jugando al ángel. Tampoco podemos hacer una comunidad sin tener en cuenta los condicionamientos humanos, tanto los psicológicos como los sociales. Mal obsequio podemos hacerle a Dios despreciando el instrumento fundamental de nuestro desarrollo: nuestra humanidad, nuestro yo psico-físico.

La fe no sólo no se opone a los adelantos de la investigación científica en sus diversas ramas, sino que debiera ser el aliciente para que los creyentes desarrollaran al máximo un cuerpo, una mente y un espíritu que nos fueron dados por Dios como signos de nuestra imagen y semejanza con El.

Todo esto, felizmente, los cristianos lo vamos aprendiendo después de comprobar el fracaso de una espiritualidad y de una educación cristiana que quisieron desarrollarse de espaldas al hombre o a base de obediencia ciega y de renuncias deshumanizadoras. En el episodio de Nazaret se pusieron sobre el tapete dos maneras de entender la relación de la religión con la liberación humana: mientras desde una postura se pretende subrayar la acción de Dios pero a costa de la pereza humana y del olvido del esfuerzo del hombre, generándose así una nueva y sutil dependencia del hombre de un Dios autoritario y paternalista -por supuesto en una Iglesia de similares características-, desde la otra postura también se subraya la acción de Dios, pero desde la humanidad del hombre, hasta el punto de que el hombre se transforma en el sujeto de su propia liberación bajo la fuerza magnética del Espíritu que se posa sobre él.

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