BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

La riqueza de los últimos

Posted by antenamisionera en julio 28, 2014

Por Bernardo Baldeónpobres0

Vivimos una época de profundos cambios en todos los ámbitos de la vida. Cambios sociales, políticos, económicos, culturales y también cambios en el ámbito religioso. Es lógico que el cambio cree cierta sensación de inseguridad. Pero hay algo más fuerte que la inseguridad.

La esperanza es un elemento decisivo para cualquier intento de efectuar cambios que lleven a una vivacidad, consecuencia y razón mayores. Los cristianos estamos llamados a ser comunidad de esperanza, y por ello los desesperanzados tendrán que ser los privilegiados dentro de nuestras comunidades y en nuestro trabajo.

Alguien dijo, y no le faltaba razón, que la esperanza es inseparable del amor fraterno y solidario. Y el modelo y punto de referencia es la persona de Jesús que esperó con todos y por todos, llevando así a plenitud nuestra esperanza, al ponerse de forma absoluta al servicio de los demás. De ahí que la esperanza solo sea verdadera como co-esperanza, y que el sujeto auténtico de toda esperanza habrá de ser siempre un “nosotros”.

Estamos llamados a esperar junto con los otros, en ese espacio común donde  cada uno es responsable de los demás y, en cierto sentido, rehén de su destino. Si nuestra esperanza está centrada en la persona de Jesús, no podemos ponerlo al margen o separado de nuestra relación cotidiana con los demás.

Benedicto XVI, en su exhortación sobre “El sacramento de la caridad”, escribía: “La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que Él se entrega. No puedo tener a Cristo solo para mí; únicamente puedo en unión con todos los que son suyos o lo serán”.

Para los cristianos, y más en momentos como los actuales, no puede haber “fondos reservados” u ocultos. La transparencia en una entrega total está en la base de nuestro ser y actuar.

El jesuita Vilarassau reflexionaba sobre el tema con palabras parecidas a éstas: El problema no es tanto lo que das (que puede ser mucho y buenísimo), como lo que te reservas (aunque sea poco e insignificante). Es ese “fondo reservado” el que, de golpe, te pasa factura.

Uno reconoce que ha vivido a fondo, que se ha entregado generosamente. Que ha dado mucho;  pero, aun así, por poco honesto que sea consigo mismo, descubre como un resto de insatisfacción todavía no exorcizado, una insobornable sensación de que algo falta, de que esa carta que uno guarda disimuladamente bajo la manga tiene también que entrar en el juego, si no quiere que se le quede fijada en el rostro esa sonrisa que muestra solo la mitad del alma.

Y no me refiero a esas reservas legítimas y hasta necesarias (si uno no quiere fundirse más que darse); me refiero a esas reservas mezquinas, esa calderilla existencial que guardamos en una caja, no como acopio para darse mejor, sino como reserva para no darse tanto.

Me refiero a nuestro tiempo “sagrado”, a nuestro espacio que consideramos inviolable, a nuestros pequeños vicios inconfesables, y también a las mentiras que decidimos creernos para “blindar” esos fondos de toda injerencia ajena y de toda conversión posible.

Desde esa autenticidad con nosotros mismos, desde el sentirnos parte de una familia donde nadie está excluido, desde ese saber esperar junto con los otros, especialmente los últimos, los cristianos tenemos una palabra que aportar en esta realidad de cambio.

Desde la convivencia con los más desposeídos de la tierra, la misión tiene una gran riqueza que ofrecer a una sociedad que se cree rica en todo, pero que es con frecuencia pobre en humanidad.

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