BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Más allá del miedo

Posted by antenamisionera en agosto 6, 2014

Domingo 19 T.O. – 10 de Agosto de 2014

Evangelio: Mt 14, 22-33.19a2

            ¡Cuántos miedos y fantasmas hemos tenido que superar en las ideas sobre Dios, inculcadas en el pasado! Amenazas atronadoras, profecías apocalípticas y el fuego, el fuego del infierno o, en el mejor de los casos, el del purgatorio. Y los fantasmas: el fantasma del Dios justiciero, el de la muerte repentina, el de los mil peligros que conducen al abismo o el de las apariciones de las almas en pena.

 

Afortunadamente, la mejor formación humana a que nos ha ido llevando la ciencia y el camino hacia una mayor madurez religiosa abierto por el Concilio en los años sesenta han conseguido un enfoque del tema bastante más positivo. Nuestro Dios no es el dios del miedo, sino el de la bondad. No es el dios justiciero, sino nuestro Padre. No es el dios que atruena entre las nubes, sino el Dios cercano, que derrama misericordia, esperanza, paz y amor.

Dios ha sido siempre así. No es que haya cambiado. Lo que pasa es que en ciertos momentos convulsivos de la historia, la situación se prestaba más a acentuar la imagen de omnipotencia, de victoria contra los enemigos, de legislador e impartidor de justicia. Pero, por encima de todo, Dios siempre ha sido gozo y paz, porque Dios es siempre amor.19a0

La primera lectura nos relata el encuentro de Elías con Dios en el monte Horeb. «Sal y ponte de pie ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!». Dios no pasó ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego… Dios pasó en una suave brisa, en cuyo susurro Elías encontró al Señor.

Intentar encontrarse con Dios en el torbellino de nuestra vida alborotada, en la convulsión de nuestra sociedad agitada o en el fragor de nuestras actividades frenéticas resulta poco menos que imposible. Lo mismo que en el desasosiego interior o en la desazón de espíritu. Es necesario retirarse de vez en cuando a la montaña de la quietud para reflexionar y orar. En la serena tranquilidad sentiremos el suave susurro con que Dios acaricia a su paso, y encontraremos su paz. Quien lleva a Dios en su corazón, nunca vive en zozobras y miedos. Pase lo que pase, le acompañará siempre la brisa de la paz del Señor. “La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan”, expresa hoy el salmo 84.

El evangelio de san Mateo ha abundado en parecido mensaje. El gentío se agolpaba junto a Jesús. Por eso, «después que la gente se hubo saciado Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después subió al monte a solas para orar». Es esta una actitud del Señor que reseñan con frecuencia los evangelistas. Jesús buscaba estos encuentros profundos con su Padre en la oración sosegada, lejos del tumulto.

También los discípulos iban a tener la ocasión de un encuentro especial con el Señor. Pero no iba a ser en la zozobra de la barca «Sacudida por las olas, porque el viento era contrario», ni en el miedo al confundir la silueta de19a3 (1)l Señor con un fantasma. «Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma». El encuentro se iba a producir en la calma y en la voz del Maestro, que debieron sentir como una bocanada de aire fresco: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Tampoco Pedro pudo reunirse con el Señor desde el miedo de su fe tambaleante que le hace hundirse y gritar: «Señor, sálvame», sino desde la mano segura y tranquilizadora que Jesús le tiende: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca, amainó el viento». Con el Señor llega la calma y la paz.

Con frecuencia nos ha interesado el Dios todopoderoso que hace y deshace a capricho, que puede emplear esa omnipotencia en favor mío, si cumplo determinadas condiciones. Si en la religión buscamos seguridades, estamos tergiversando la verdadera fe-confianza. No es el miedo lo que tiene que llevarnos a Dios, sino la confianza total. Ni como Iglesia ni como individuos podemos seguir poniendo nuestra salvación en las seguridades externas.

Dios se hace presente en la brisa y en la calma. Quien lo encuentra, halla el gozo y la paz. Alejemos definitivamente los fantasmas del miedo y vivamos la maravilla de nuestro encuentro con el Señor.

 

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