BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

El desierto

Posted by antenamisionera en diciembre 16, 2014

El drama de la inmigración desde dentro…migrac0

Por Yolanda Chávez

Debía faltar poco para amanecer, hacía mucho frío en aquel desierto que por vergüenza, no aparecía con su nombre en ningún mapa; Elena, tirada boca arriba en la arena helada, miraba hacia el infinito, tratando (casi sin lograrlo), de mover sus dedos entumecidos para apartar el cabello que cubría sus ojos… quería poder ver las estrellas que se desvanecían, el cielo completo, quería ver a Dios completo.

            “¿Dónde estás?” Pensaba…

No podía hablar, tenía la garganta hinchada por haber llorado sin gritos.

            “¿Me vas a dejar morir aquí? Quiero ver a mis hijos otra vez… ¿Esto es un castigo…?”

El grupo de personas con el que salió de la frontera, se había desbaratado con la persecución de la patrulla. Vio correr a hombres uniformados de rostros similares a los perseguidos, golpeando e insultando a los que lograban alcanzar, ella y otro, habían caído en un agujero tratando de ponerse a salvo.

Ahí estaba, inmóvil, casi sin respirar para no ser vista. Ya habían pasado muchas horas y no escuchaba ni un solo ruido, trató de incorporarse, y al apoyar su mano sobre la arena tocó otra mano fría, inmóvil, tiesa… era la del muchacho de catorce años que había viajado desde el migrac1Ecuador para ver a su mamá, él quería llegar hasta Canadá.

Lo reconoció cuando los primeros rayos del sol comenzaron a iluminar aquel desierto que siempre estaba triste…

Elena se arrodilló, y comenzó a hacer una oración por la mamá del muchacho, le arrancó el rosario del cuello, se lo metió en la boca muerta y le cerró los ojos.

            “En los primeros catorce años de vida, la palabra que más se pronuncia es: “Mamá” debe ser horrible no estar ahí para escucharla”. Era parte de aquella oración a Dios que se fue tornando en quejas al cielo abierto….

            “¿Cómo se sobrevive con el alma dividida por fronteras?” Susurraba Elena entre sollozos enojados, cortitos, que le cortaban el pecho como pequeños cuchillos.

            “¿Cómo se sobrevive sin poder mirar todos los días a tus hijos…? ¿Por qué no se puede vivir cuando tus hijos lloran de hambre? ¿Cómo se vive en un país donde nunca se puede encontrar empleo? ¿Cómo demonios se sobrevive en países donde el secuestro, la corrupción, los asesinatos, las violaciones a los derechos humanos son el pan nuestro de cada día? ¡Contéstame!”

El desierto conmovido, levantó un poco de polvo para acariciar la cara de Elena, quería consolarla. Cuántas veces había escuchado esas oraciones- reclamos. Cuántos cuerpos de madres, hijos, padres, hermanos… cuántos cristos guardaba en su vientre de arena, ahí se habían deshecho, ahí conoció los anhelos de pretender comer todos los días, ahí enterradas estaban las almas con conciencia que querían no solo sobrevivir ¡ellas querían vivir!, ahí estaban sepultados muchos últimos pensamientos: de vez en cuando, el desierto los dejaba asomarse convertidos en diminutas florecillas blancas debajo de los arbustos enanos.

            “Por lo menos dame un poco de agua”. Gritaba Elena a Dios mientras escarbaba en la arena con sus manos para hacerle sepultura a los anhelos sin cuerpo.

El desierto se apresuró a dejar que brotara un charquito de agua helada, fue lo bastante para beber y lavarse la cara, para retirar la arena de la nariz y de entre sus dientes, suficiente para ponerse de pie y buscar un punto que le indicara una dirección a seguir.migrac2

Un destello llamó su atención a una distancia que, calculó, podía llegar antes de que el sol quemara más, dio una última mirada al dolor de una mamá con hijo muerto, y comenzó a caminar… acompañada sin notarlo, por el desierto.

            “¿Y aquellos cuentos de que abriste el mar rojo, de que libraste de la esclavitud a un pueblo, de que los alimentaste en el desierto?” Elena pensaba que Dios era más bueno antes que ahora. “A Abraham le diste descendencia tanta como las estrellas del cielo, a mí por lo menos déjame ver a mis hijos otra vez… ya sé que dicen que no soy una santa, pero sigo creyendo en Ti, lo sabes, ¿verdad?”

De pronto, el desierto la sacó de su particular oración hundiendo uno de sus pies; al tratar de no perder el equilibrio, miró hacia el norte: un trailer de compañía cervecera se acercaba a gran velocidad, Elena impulsivamente sacó la fuerza que da el coraje y la impotencia, apretó el estómago, y comenzó una loca carrera agitando las manos levantadas al cielo para que el chofer pudiera mirarla, el hombre del trailer la divisó al pie de la autopista y comenzó a disminuir la velocidad, hasta parar frente a ella.

Una nube de polvo envolvió a la maltrecha Elena, el desierto quiso despedirse, la abrazó en medio de un viento arenoso donde flotaban las almas y los anhelos que se habían quedado a vivir con él.

            “¡Gracias, es usted un ángel!” Pudo decir Elena.

            “Y usted es un milagro, pocos sobreviven en este desierto” Le contestó el ángel blanco, en inglés.

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