BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

“Quiero escucharte”

Posted by antenamisionera en marzo 27, 2015

Claves para la misión “ad gentes” en la Europa de hoy

Por Hugo Pozzoli10633276_790006264415520_5138607554977594792_o

El mundo no necesita maestros, sino testigos. Han pasado cuatro décadas desde que el Papa Pablo VI, en la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, recordó al mundo que la proclamación de la Buena Noticia del Evangelio se da de manera más eficaz a través del ejemplo y el testimonio que de los sermones de los que se llaman maestros (EN. 41).

En la misma línea, se coloca el magisterio de Francisco, que trata de devolver a la Iglesia la autoridad que el mundo no le reconoce. El esfuerzo del Papa para asegurar que esa autoridad sea reconocida será el resultado de la experiencia y no solo de la doctrina. La referencia es el Evangelio, la autoridad que atribuye la gente a Jesús con admiración, frente a la esterilidad de los fariseos.

Hacer hincapié en la importancia del testimonio no significa renunciar a la necesidad de un compromiso intelectual serio, un estudio de los hechos que permitan entender con suficiente claridad y lucidez complejos rasgos de la realidad en la que estamos inmersos. El llamamiento hecho por el Papa Pablo VI, en el citado y siempre actual documento sobre la necesidad de combinar con eficacia Evangelio y cultura no puede ser ignorada (EN, 20).

Sin embargo, hay que reconocer la dificultad y la lentitud con la que el mundo misionero ha aceptado este desafío, cuando se vio obligado a volver su atención a Europa, con una mirada diferente a la que durante décadas se había visto al viejo continente. Costó mucho pensar y aceptar que podría haber una misión ad gentes para Europa que no tuviera como objetivos la búsqueda de vocaciones, la recogida de ayudas económicas para la actividad misionera “en otro lugar” o, como mucho, una apertura a la misión ad gentes de la Iglesia local. Hoy en día, en Europa, se puede correr el riesgo de ver frustrados nuestros esfuerzos de evangelización, si hacemos caso omiso de la comprensión de algunos fenómenos clave. Todos estamos llamados a ponernos al servicio de la evangelización, con la preparación adecuada para dialogar con una realidad cambiante, multifacética y en continua mutación.

Diálogo, parece ser hoy la palabra clave para una “misión-puente” que ayude a conectar las múltiples facetas del mundo actual. El diálogo presupone conocimiento de sí mismo, de las propias raíces. Debe estar basado en el amor por la verdad y la apertura hacia los demás. También contempla la posibilidad del rechazo, de ser ignorado, ridiculizado, silenciado.

El que dialoga es alguien que está en el umbral, con un pie en su mundo, pero dispuesto a dar el paso hacia el exterior, a la tierra de nadie que es la antesala al mundo de los demás. Vivir en el umbral no es fácil, ya que nos expone al riesgo de vientos y nos hace vulnerables. Obviamente, sería mucho más fácil no mantenerse alejado de lo que poseemos, de nuestras casas, nuestras certezas, nuestras liturgias pacíficas y consolidadas. Estar en el umbral, sin embargo, plantea el riesgo de ser reconocidos y consultados, de deber decir o hacer algo para lo que no estamos preparados, con el riesgo de quedar mal en cualquier momento. La tentación de permanecer a cubierto y resguardados está siempre viva.

En contraste con esta tentación están los repetidos llamamientos del Papa Francisco para crear juntos una iglesia “en salida”, que se dirige sin temor a las periferias, tanto geográficas como humanas, excluyendo una actitud apologética, a la defensiva; sino con un espíritu de diálogo, abierto, atento y acogedor.

Cultivar una capacidad de diálogo significa serPortada abril2 personas “con antenas”, capaces de captar las muchas señales que hoy nos llegan a través de innumerables medios de comunicación, ¿Cómo ser capaz de separar el trigo de la cizaña en un mundo que tiene una sobrecarga de información que hace difícil distinguir lo que vale de lo que no tiene valor?

Debemos aprender a aprender. ¿Quién es el otro? ¿Cómo nos situamos frente a él o ella, frente a su diferencia? ¿Nos damos cuenta de que, para crecer, para madurar, para aprender más, el otro debe ser nuestro maestro? Hombres y las mujeres del Evangelio, somos continuadores de una tradición que podría facilitarnos esta tarea, pero mantenemos el tesoro heredado en vasos de barro, con demasiada frecuencia rotos. Podemos ser expertos del encuentro y del diálogo intercultural, ya que estas realidades las vivimos en nuestras comunidades; pero cuánto nos cuesta ser convincentes, justo hoy cuando el encuentro y el diálogo se convierten en una condición necesaria para poder tener una mínima posibilidad de transmitir con eficacia la Buena Noticia.

A la vista de nuestros cansancios, no podemos dejar de preguntarnos si la obsesión por decir algo al mundo no ha hecho que nos olvidemos de escuchar a ese mundo al que queremos dirigirnos. Tenemos que aprender a escuchar más la voz del continente, de su gente. ¿Somos buenos oyentes? Y si nos damos cuenta de que no somos capaces de escuchar los sonidos de lo que está cerca, ¿cómo podremos escuchar las respuestas de Dios a nosotros y a nuestro mundo?

 

El arte de escuchar

Marianella Sclavi es una socióloga italiana que ha enseñado etnografía urbana, el arte de escuchar y la gestión creativa de conflictos en el Politécnico de Milán y trabajó durante años en proyectos de rehabilitación de barrios problemáticos de las grandes ciudades. En su libro “El arte de la escucha y mundos posibles. Cómo salir de los marcos de los que formamos parte “(Milán, 2003) presenta siete reglas básicas de cómo escuchar. El hecho de que este estudio nazca de una reflexión hecha a ingenieros y arquitectos no es sorprendente. En un encuentro organizado hace unos años en Turín por los Misioneros de la Consolata sobre el tema del miedo en nuestra sociedad había quedado claro que entre las causas de la ansiedad y el malestar que se siente se encontraban los lugares físicos de la ciudad donde vivimos. Una escucha atenta de la población, de sus necesidades y expectativas puede dar el profesional que va a hacer la planificación urbana una clave de interpretación diferente, más cercana a quienes serán los usuarios de sus proyectos.

Repensar estas siete reglas puede ser esclarecedor también para el tema que nos interesa: el mensaje que queremos transmitir como misioneros.

 

  1. No tener prisa para llegar a conclusiones. Las conclusiones son la parte más efímera de la búsqueda. Creemos que sabemos y conocemos ya todo: lo que el otro piensa y dice, dónde quiere llegar. Las conclusiones son lo más efímero de nuestra búsqueda, ya que pueden ser desmentidas por una experiencia o por una perspectiva diferente de pensamiento. Partimos del presupuesto de que normalmente cuando se habla se repite algo ya conocido, mientras que cuando se escuchaPortada abril3 hay muchas posibilidades de aprender algo nuevo.

 

  1. Lo que ves depende de tu punto de vista. Para ser capaz de comprender tu punto de vista, hay que cambiar el punto de vista. Ponerse en la posición del otro nos ayuda a vernos a nosotros mismos. Uno de los grandes riesgos que podemos correr es dejarnos asfixiar por nuestra experiencia. Vernos a nosotros mismos a través de los ojos del otro es un ejercicio muy útil para entendernos a nosotros mismos. Esto se puede traducir en nuestra experiencia espiritual: aprender a leer la realidad (y a nosotros en ella) con los ojos de Dios. Cada camino de conversión (que está en la base de la evangelización) no puede ignorar este cambio de perspectiva.

 

  1. Si quieres comprender lo que el otro está diciendo, debes asumir que tiene razón, y pedirle que te ayude a ver las cosas y los acontecimientos desde su perspectiva. Abrirse con confianza al otro y borrar el juicio no son simples exhortaciones piadosas. No hay nada más bloqueante que un juicio pre-elaborado. La costumbre de encasillar no ayuda a aumentar la escucha y, por tanto, representa un obstáculo para cualquier tipo de diálogo. Es un punto de vista socrático, que supone que la verdad ya está en la persona y solo necesita una buena “partera” capaz de hacer que salga a la superficie. Asumir que el otro tiene razón, es pedir su ayuda para comprender… no significa que el otro tenga necesariamente toda la razón, pero esta actitud permite a la otra persona ser escuchada y poder descubrir la parte de verdad que posee. ¡Cuánto necesitamos en nuestras comunidades crecer en este sentido!

 

  1. Las emociones son instrumentos fundamentales del conocimiento si sabes entender su lenguaje. No te informan sobre lo que ves, sino sobre cómo mirar. Su código es relacional y analógico. Las emociones no deben ser condenadas; se aceptan por lo que son, leídas y entendidas, comprendiendo su lenguaje. La ansiedad, la ira, la pasión, la vergüenza, la desesperación afectan al modo como escuchamos a los demás. Tal vez deberíamos ser más cuidadosos con nuestras emociones, menos racionales y más misericordiosos con nuestras pasiones. Son parte de nuestro ser “humano” y conocerlas y reconocerlas ayuda a mejorar nuestro modo de mirar la vida y las cosas. Incluso en nuestra relación con Dios en nuestra vida de oración, de escucha puede estar condicionado por un estado de ánimo particular, que debe simplemente ser reconocido, aceptado y ofrecido. Dios quiere entrar en nuestras vidas e interactuar con nosotros a partir de lo que somos en cada momento.

 

  1. Un buen oyente es un explorador de mundos posibles. Las señales más importantes para él son las que se presentan a la conciencia como desechables y molestas al mismo tiempo, marginales e irritantes por ser incongruentes con las propias certezas. El buen oyente es un inquieto, que no está satisfecho del lugar donde se encuentra ni de las certezas que tiene. Es un viajero, un explorador, atento a los detalles que le cambian los mapas, dan vuelta a sus planes, lo impulsan hacia nuevas rutas. Escuchar a los demás pensando que ya se sabe todo lo necesario no nos va a cambiar ni un ápice y nos hará morir como nacemos, recipientes vacíos que no han sido capaces de llenarse. Debemos potenciar la curiosidad de querer conocer la realidad y lo que se esconde detrás de lo que todos ven y juzgan.

 

  1. Un buen oyente acepta de buen grado las paradojas del pensamiento y de la comunicación. Afronta las diferencias como oportunidades para ejercitarse en un campo que le apasiona: la gestión creativa de los conflictos. El conflicto es siempre un momento de crisis y oportunidad, un momento de transición que nos permite crecer a una etapa superior. Saber gestionar creativamente los conflictos significa crear el futuro desde dos visionesPortada abril1 opuestas del pasado, la síntesis de la tesis y la antítesis. Vivimos en una época marcada por el pensamiento débil, pero ¡ay de nosotros si nos derrumbamos en el error de querer vivir caracterizados por el pensamiento “fácil”!. En este caso, o pensaríamos nosotros por todos o alguien se arrogaría el derecho a pensar por nosotros, sin posibilidad de contradecirlo. Muy poco creativo y muy peligroso.

 

  1. Para llegar a ser experto en el arte de escuchar debes asumir una actitud con sentido del humor. Cuando has aprendido a escuchar, el humor es algo natural. Este último punto creo que se puede explicar muy bien con la oración por el buen humor de Santo Tomás Moro. Quien se toma demasiado en serio no puede ser un buen oyente. Seguirá siendo un esclavo de la apariencia, con el riesgo de ser al mismo tiempo prisionero del ridículo.

 

Conclusión

El humor nos da el sentido de la convivencia, más o menos pacífica, de los opuestos en todas las cosas humanas, porque se descubre lo cómico en el trágico y solemne, y a la vez lo solemne en lo cómico; la sabiduría en la locura y viceversa. De ahí su naturaleza eminentemente social, la amplia simpatía humana, la indulgencia cariñosa. La persona que mira el mundo con sentido del humor es benevolente con la realidad que encuentra, porque la reconoce llena de contradicciones, las mismas contradicciones que descubre en sí mismo. Sabe que si se quiere entender algo en esta “gran lío” que es el mundo de los hombres, solo puede hacerlo con paciencia y sin pretensiones, escuchando las voces ajenas.

¡Que ésta sea la característica  que haga eficaz hoy la acción misionera en nuestro continente europeo!

 

 

Oración del buen humor

 

Concédeme, Señor, una buena digestión,

y también algo que digerir.

Concédeme la salud del cuerpo,

con el buen humor necesario para mantenerla.

Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar

lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante

el pecado, sino que encuentre el modo de poner

las cosas de nuevo en orden.

Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,

las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no

permitas que sufra excesivamente por ese ser tan

dominante que se llama: YO.

Dame, Señor, el sentido del humor.

Concédeme la gracia de comprender las bromas,

para que conozca en la vida un poco de alegría y

pueda comunicársela a los demás.

Así sea.

                                                                                                         Santo Tomas Moro

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