BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Levantarse y caminar en libertad

Posted by antenamisionera en junio 24, 2015

Domingo 13º del T.O. – 28 de Junio de 2015

Evangelio: Mc 5, 21-43.Blog0

            Jesús había roto con la institución judía Pero todos los que sentían cerca la muerte por culpa de aquella institución, hasta un jefe de sinagoga, tuvieron que ir en busca de Jesús. Él les devolvió La vida. Y salió de aquel lugar.

 

Dios no hizo la muerte

«Dios no hizo la muerte», dice el libro de la Sabiduría (1ª lectura). La muerte, o es consecuencia de nuestra misma naturaleza -la muerte física-, o, en el sentido en el que se habla de la muerte en el evangelio de este domingo, es el fruto podrido de alguna ideología que, aunque se presente como religiosa, impide al hombre realizarse como imagen de Dios, ejercer como señor de la creación y gozar la vida y comunicarla.

A esa situación de muerte había llevado la ins­titución religiosa judía al pueblo, representado en las dos mujeres que aparecen en el evangelio de hoy: una, que llevaba doce años en los que toda actividad sexual le estaba prohibida por la ley y que, además, por su enfermedad, era estéril. La otra, una muchacha en edad de tomar marido, estaba a punto de morir, también ella, infecunda. La institución religiosa a la que pertenecían no les daba esperanza alguna: a una la declaraba «impura»; a la otra… es posible que le predicara resignación ante la inapelable voluntad de Dios. Dios no hizo la muerte; pero siempre ha habido quienes la manipulan en su nombre.

 

Un jefe de sinagogaBlog1

Llegó un jefe de sinagoga, de nombre Jairo, y al verlo cayó a sus pies, rogándole con insistencia:

-Mi hijita está en las últimas; ven a aplicarle las manos para que se salve y viva…

Una mujer que llevaba doce años con un flujo de sangre… como había oído hablar de Jesús, acercándose entre la multitud, le tocó por detrás el manto. Porque ella se decía: «Si le toco aunque sea la ropa, me salvaré.»

El jefe de la sinagoga era algo así como un párroco. Un representante de la institución y, a un nivel no muy alto, miembro de la jerarquía religiosa judía. Jairo era un hombre de buena voluntad que quizá todavía se mantenía fiel al Dios liberador que sacó a sus antepasados de Egipto. La institución a la que él pertenece no le ofrece ninguna solución a su problema. Y tiene que ir a buscarla fuera de ella.

Jesús había roto públicamente con la institución religiosa judía (Mc 3,13-19.22-30). Pero aquel hombre, jefe de sinagoga, se acerca a Jesús para ver si en él encuentra la vida que su sinagoga no puede ofrecer á su hija.

Hay en este relato del evangelio dos procesos de liberación expresados por el evangelista con una gran belleza.

Por un lado, el jefe de la sinagoga tiene que ir haciendo cada vez más profunda la ruptura con la institución que él mismo represen­ta: llega él solo y se presenta ante Jesús, fuera del ámbito de la institución religiosa judía; en el camino hacia su casa, en su presencia, Jesús lo alaba por su fe y devuelve la salud a una mujer, quien, para conseguirla, viola la ley de Moisés (la que el jefe de la sinagoga enseñaba y que decía que cualquier mujer con flujo de sangre que tocara a otra persona cometía un pecado: Lv 15,19-31); poco después, ante unos correligio­narios suyos, y a pesar de la noticia que le dan, la muerte de su hija, él mismo tiene que reafirmar su fe en Jesús, el hereje. Finalmente, y delante de una multitud de adeptos, tiene que abrir la puerta de su casa a quien los miembros más cualifica­dos de su religión habían declarado aliado de Satanás.

Y, por otro lado, se da un proceso de liberación de la muchacha, que, poco a poco, se va soltando del sometimiento a su padre, del dominio de la sinagoga. Esto lo expresa el evangelista usando distintas palabras para nombrarla: al prin­cipio son palabras que indican minoría de edad y dependen­cia, «mi hijita», «hijita», para pasar a «chiquilla», que ya no indica dependencia, aunque sí minoría de edad, y terminar con «muchacha», que se refiere a una joven casadera y, por tanto, a punto de abandonar la tutela de su padre. Entonces recupera la vida.

 

LevántateBlog2

Tomó a la chiquilla de la mano y le dijo:

            -Thalitha, qum (que significa: «Muchacha, a ti te digo, levántate»).

Inmediatamente se puso en pie la muchacha y echó a andar (tenía doce años). Se quedaron viendo visiones. Les advirtió con insistencia que nadie se enterase y encargó que se le diera de comer.

Levántate. La vida no se impone; se ofrece y hay que acogerla y cuidarla -«encargó que se le diera de comer»- y dejar que madure hasta que sea capaz de entregarse para dar más vida.

Jairo y su hija -y también la mujer con flujo de sangre- representan la misma realidad: el conjunto de hombres y mujeres, que son unas veces víctimas y otras cómplices de un sistema religioso que, en lugar de contribuir a la felicidad del ser humano, tiene como único objetivo el perpetuarse a sí mismo, y, pervirtiendo su función, acaba por impedir la relación de la criatura con su Creador, del viviente con la fuente de la vida, del hombre libre con el Dios liberador, del hijo con el Padre…

La institución religiosa y la ley, convertidas en absolutos, en fin en sí mismas, habían condenado a estas dos mujeres a la infecundidad y la muerte. Tuvieron que romper con la Ley abandonar la institución para poder encontrarse con Jesús, para quien el hombre está por encima de toda ley y de toda institución. Y el encuentro con Jesús les devolvió salud y vida, dignidad y esperanza.

«Y salió de aquel lugar». No se queda a reformar una institución que se había aliado con la muerte, que ya no tenía arreglo; pero antes… Jesús insiste: Levántate, muchacha; levántale, pueblo: acepta la vida y construye tu libertad.

 

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