BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Madurar, ¡qué cosas!

Posted by antenamisionera en octubre 23, 2015

Por Gabriel Mª Otaloramadurar00

Oigo por todas partes la palabra responsabilidad; sobre todo a los políticos quienes, según las encuestas, son un colectivo de los peor valorados. Del madurar como personas se oye hablar menos como es normal en una “sociedad líquida” (Z. Bauman) que se rige con el patrón de las personas superficiales, consumistas  y volátiles. Hablar de madurez es casi patrimonio exclusivo de la fruta y su momento óptimo para el consumo mientras buena parte del bienestar personal pasa por alcanzar una buena dosis de madurez que, como los vinos, solo se llega con la experiencia que dan los años. 

Tanto hablar de derechos y desarrollo de todo tipo de ciencias sociales y de la inteligencia emocional y espiritual, para encontrarnos en una sociedad hedonista a medio hacer que desdeña la madurez pero que ha logrado alcanzar tal nivel tecnológico que podemos arreglar las desigualdades del mundo en un par de años aunque nos angustia que podemos destruirlo en treinta minutos. Las denuncias que nos advierten de ello ya no bastan ante la actitud posmoderna acrítica de quedarse atrapado por la fealdad de lo que se está observando.

Acabo de terminar el ensayo “Vida líquida” del sociólogo Zigmunt Bauman, en el que recuerda que hoy, la autenticidad se encuentra bebiendo una determinada ginebra, llevando una marca de ropa interior, hablando con un determinado móvil o queriendo ir de vacaciones a los sitios que se han puesto de moda. Es la singularidad de que todos queremos gastar en lo mismo para creernos singulares, y nos manipulamos unos a otros esa necesidad que tenemos de singularidad. La exclusividad de sentirnosmadurar1 únicos está en utilizar las mismas marcas y aparatos, pero que serán productos más o menos singulares dependiendo de la capacidad de compra y actualización permanente (de ropa, móviles, coche…), en forma de consumo irracional movido por esos estímulos de satisfacer deseos que nos vuelven personas inmaduras y profundamente insatisfechas. Bauman nos advierte que la sociedad de consumo justifica su existencia mediante la promesa de satisfacer los deseos materiales humanos (remarcando lo de materiales) como ninguna otra sociedad lo ha hecho, aunque esta promesa de satisfacción solo resulta atractiva siempre y cuando los deseos no sean del todo satisfechos.

Para satisfacer esa necesidad de individualidad, nada de buscar en nuestro interior: como si nuestra plenitud se circunscribiera al consumismo. La paradoja que alerta Bauman  es lo incomprensible que resulta aceptar mansamente que la lucha por la singularidad se ha convertido en el principal motor, tanto de la producción en masa como del consumo masivo. A este individuo consumista, Bauman lo define como homo eligens, un ser que elige “completamente incompleto, definidamente indefinido, auténticamente inauténtico”, seamos ingenieros, soldadores, abogados, interinas, científicos o amas de casa. El homo eligens y el mercado de consumo conviven en perfecta simbiosis gracias a que aceptamos ser el objeto -que no sujeto- del consumismo que sobrevive gracias a esta inmadurez que nos toleramos y que permite que el consumismo lo invada todo mediante una sencilla técnica que consiste en devaluar los productos cada poco tiempo de haber salido, sacando otros nuevos para generar nuevos impulsos consumistas. Y hacerlo de tal modo que cada necesidad o carencia dé pie a nuevas necesidades o carencias.

Lo más increíble es que no estoy desvelando ningún secreto. Todos somos más o menos conocedores de este juego insensato que nos ha convertido en personas individualistas e insatisfechas. Pero lo efímero del consumismo, además de insatisfechos, nos ha hecho egoístas desarrollando una peligrosa indiferencia ante lo que es bueno y no solo que resulta más apetecible. Frente a la inmadurez que lo invade todo, nos queda la libertad para amar desinteresadamente. Esta capacidad de amar se realiza en la solidaridad que, a medida que madura, se convierte en sabiduría para otros. Esto sí que nos convierte en personas verdaderamente singulares.

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