BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Escuchar y hacer

Posted by antenamisionera en abril 13, 2016

Domingo 4º de Pascua – 17 de Abril de 2016

Evangelio: Jn. 10, 27-30.4pas0

 

La escena que nos narra hoy el Evangelio de Juan se desarrolla en un ambiente tenso y conflictivo. Jesús está paseando dentro del recinto del templo. De pronto, un grupo de judíos lo rodea acosándolo con aire amenazador. Jesús no se intimida, sino que les reprocha abiertamente su falta de fe: «Vosotros no creéis porque no sois ovejas mías». El evangelista dice que, al terminar de hablar, los judíos tomaron piedras para apedrearlo.

Para probar que no son ovejas suyas, Jesús se atreve a explicarles qué significa ser de los suyos. Solo subraya dos rasgos, los más esenciales e imprescindibles: «Mis ovejas escuchan mi voz… y me siguen». Después de veinte siglos, los cristianos necesitamos recordar de nuevo que lo esencial para ser la Iglesia de Jesús es escuchar su voz y seguir sus pasos.

Lo primero es despertar la capacidad de escuchar a Jesús. Desarrollar mucho más en nuestras comunidades esa sensibilidad, que está viva en muchos cristianos sencillos que saben captar la Palabra que viene de Jesús en toda su frescura y sintonizar con su Buena Noticia de Dios. Juan XXIII dijo en una ocasión que “la Iglesia es como una vieja fuente de pueblo de cuyo grifo ha de correr siempre agua fresca”. En esta Iglesia vieja de veinte siglos hemos de hacer correr el agua fresca de Jesús.

Si no queremos que nuestra fe se vaya diluyendo4 Pascua1 progresivamente en formas decadentes de religiosidad superficial, en medio de una sociedad que invade nuestras conciencias con mensajes, consignas, imágenes, comunicados y reclamos de todo género, hemos de aprender a poner en el centro de nuestras comunidades la Palabra viva, concreta e inconfundible de Jesús, nuestro único Señor.

Pero no basta escuchar su voz. Es necesario seguir a Jesús. Ha llegado el momento de decidirnos entre contentarnos con una “religión cómoda” que tranquiliza las conciencias pero ahoga nuestra alegría, o aprender a vivir la fe cristiana como una aventura apasionante de seguir a Jesús.

La aventura consiste en creer lo que el creyó, dar importancia a lo que él le dio, defender la causa del ser humano como él la defendió, acercarnos a los indefensos y desvalidos como él se acercó, ser libres para hacer el bien como él, confiar en el Padre como él confió y enfrentarnos a la vida y a la muerte con la esperanza con que él se enfrentó.

Si quienes viven perdidos, solos o desorientados, pueden encontrar en la comunidad cristiana un lugar donde se aprende a vivir juntos de manera más digna, solidaria y liberada siguiendo a Jesús. Por ese camino la Iglesia estará ofreciendo a la sociedad uno de sus mejores servicios.

Cuentan que el jesuita Pedro Arrupe se encontró en 1945 en medio de la más espantosa catástrofe que hasta entonces había conocido la humanidad: la explosión de la primera bomba atómica sobre Hiroshima. Aquella mañana, cuando acababa de decir misa, una luz intensísima convirtió en cenizas a la ciudad y produjo en pocos minutos más de doscientos mil muertos y heridos.

La primera reacción del Padre Arrupe fue acudir a la capilla, que había quedado medio destruida. Y pregunta: « ¿Por qué, Dios  mío, permites esto?». Y se contesta a sí mismo: «Dios respeta nuestra libertad. Ser hombre es tener libertad. De lo contrario, en vez de hombres seríamos marionetas. Dios no fabrica bombas atómicas. Él sufre más que nosotros por nuestras locuras. Dios lo que quiere es que juntemos nuestras manos para que, con su ayuda, tratemos de reconstruir todo lo que podamos».

Pero el Padre Arrupe no perdió el tiempo en hacerse4 Pascua4 preguntas o en lamentaciones. Hizo lo único que podía hacer. «Salí de la capilla -dice el jesuita- y la decisión fue inmediata: haríamos de la casa donde vivíamos un hospital. Me acordé de que había estudiado medicina hacía años, años lejanos ya, sin práctica posterior, pero que en aquellos momentos me convirtieron en médico y cirujano. Fui a recoger el botiquín y lo encontré entre ruinas, destrozado, sin que hubiera en él nada aprovechable, fuera de un poco de yodo, algunas aspirinas, sal de frutas y bicarbonato».

Es decir, que el Padre Arrope no contaba con nada. Pero con esta nada se construyó el primer hospital improvisado de Hiroshima, al que poco después comenzaron a llegar heridos como fantasmas ambulantes, con la piel en jirones, hecha un amasijo, con la ropa ennegrecida, los cuerpos cubiertos de ampollas y manchas rojas y violetas.

Y en aquel improvisado hospital, con un médico que no era médico, con medicinas que no eran medicinas, fueron aliviados muchos dolores, suavizadas algunas muertes y curados no pocos. Se hizo… lo que se pudo. En todo caso se hizo infinitamente más de lo que se habría hecho si el Padre Arrupe se hubiera sentado para llorar o lamentarse.

No me extraña que un jefe de la policía japonesa le haya dicho: «Predique, predique una religión como esa».

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