BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Yo sí te comprendo

Posted by antenamisionera en mayo 25, 2016

Fiesta de Cuerpo y la Sangre de Jesús – 29 de Mayo de 2016

Evangelio: Lc. 9, 11b-17.Corpus1

Este domingo es el día del Cuerpo y la Sangre de Cristo. El día de Corpus. Más o menos tenía pensado que escribir, pero como me sobraba tiempo me puse a navegar por Internet buscando otras ideas relacionadas con la fiesta de hoy.

Sorpresa cuando me encontré con la cara de una niña que captó mi atención. No pude dejar de leer el texto escrito por un jesuita colombiano, que quiero compartir con ustedes.

El texto es el siguiente.

July nació con una deficiencia profunda. Para su papá y su mamá fue un golpe muy fuerte, sobre todo al comienzo… “Nadie se espera un regalo como este”, me decía alguna vez su papá, después de que fue acogiendo el misterio de la vida de July, limitada y con muchos problemas, pero plena ante los ojos de Dios. Poco a poco, los demás hermanos y hermanas fueron aprendiendo, como sus papás, a convivir con July. Pero no fue fácil… Había que hacérselo todo y cuando tenía las crisis, ponía a todos a correr. Siempre estaban recibiendo nuevas lecciones de July. Sin que se dieran cuenta, esta niña frágil, indefensa y llena de impedimentos, se fue convirtiendo en el centro de toda la familia.

            Cuando tuvo la edad para recibir su primera comunión, sus papás fueron a ver al sacerdote de la parroquia, que la había bautizado y que le había dado la primera comunión a todos los hijos e hijas mayores… De modo que los padres de July le dijeron a su párroco: “Nos gustaría que July recibiera su primera comunión. Ya ha cumplido la edad y le hemos enseñado lo que hemos podido sobre el amor y la cercanía de Dios en su vida. Corpus2Ella no puede hablar, ni sabe las oraciones, pero consideramos que debe participar, como todos los demás, de este regalo semanal de Dios a cada uno de nosotros”

            El sacerdote, un poco confundido por la propuesta, no supo bien qué decir. Nunca se le había presentado un caso así y la preparación para la primera comunión era muy exigente en esa parroquia. Los niños y las niñas participaban de la catequesis durante casi un año, aprendían las oraciones, las enseñanzas de Jesús y, sobre todo, el significado profundo de la eucaristía… No era conveniente hacer excepciones, sobre todo porque podría crearse un mal ambiente entre los feligreses más cercanos; de modo que, después de mucho pensarlo, el párroco dijo: “Lo siento, pero me temo que no podrá ser, puesto que July no va a entender lo que va a recibir”. Carmen, la mamá, se quedó mirando al padrecito a los ojos y le preguntó: “Padre, ¿y me va a decir que usted sí entiende lo que recibe cada día en la eucaristía?” El sacerdote bajó los ojos y pidió perdón por haber pretendido ser dueño de un regalo que Dios dejó para todos y que, aunque recibimos con cierta frecuencia, nunca podremos entender en toda su profundidad. El mismo papa Juan Pablo II reconoció esta realidad, cuando se preguntaba en su encíclica sobre la Eucaristía: “Los apóstoles que participaron en la Última Cena, ¿comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo? Quizás no” (Ecclesia de Eucharistia, No. 2).

            Algún tiempo después, July recibió su primera comunión con el grupo de niños y niñas de la parroquia. Ella, regalo de Dios para su familia y para el mundo, fue acogida por Dios en su mesa, para participar del gesto que realizó Jesús delante de sus discípulos, mientras comían: “tomó en sus manos el pan y, habiendo pronunciado la bendición, lo partió y se lo dio a ellos diciendo: –Tomen, esto es mi cuerpo. Luego tomó en sus manos una copa y, habiendo dado gracias a Dios, se la pasó a ellos, y todos bebieron”. Así fue como July se acercó por primera vez a la mesa de la comunión. Ella, como tú y como yo, sin entender completamente este misterio, fue abrazada por el misterio del amor de Dios que se entrega hasta el extremo y nos invita cada día a hacer lo mismo en memoria suya.Corpus3

 

 Algunas resonancias

El texto resonó profundamente en mí. Durante años estuve a cargo de la “catequesis especial” en una parroquia de Argentina. Y nunca nos planteamos ese problema. Al contrario, de los chicos con discapacidad aprendí muchas cosas sobre el amor incondicional de Dios a todos sus hijos, especialmente los más débiles.

Recuerdo que una tarde llegué a una capilla de la periferia cuando había un encuentro de catequesis especial… me quedé medio escondido cerca de la puerta… la catequista les estaba explicando cómo Jesús había sufrido desprecio, marginación, burlas y hasta la muerte por amar a todos sin fijarse en sus diferencias. Un crío de 11 o 12 años se levantó, fue hacia la pared donde había un poster con la imagen de Jesús, puso su mano derecha sobre el póster, la izquierda en su corazón y dijo con voz alta: “Yo sí que te comprendo”.

Han pasado muchos años, pero recuerdo la escena con todos los detalles. Y a esa escena se unió poco después una pregunta que todavía hoy taladra mi cabeza: ¿Tenemos derecho a negar a alguien a acercarse a recibir la Eucaristía? ¿Acaso soy yo más digno que cualquier otra persona?

Recordemos que antes de comulgar todos decimos: “Señor, yo no soy digno…”.

Bernardo Baldeón

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