BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Nadie está desamparado

Posted by antenamisionera en junio 1, 2016

Domingo 10º TO, 5 de Junio de 2016

Evangelio: Lucas 7, 11-17.10C 1

 

Lucas nos pone ante lo que podemos llamar un “caso-límite”, un caso que rebasa lo normalmente doloroso entre los hombres, un caso que pone al descubierto la tremenda situación de una humanidad o de una parte de ella que, como decimos comúnmente, parece «abandonada de la mano de Dios».

No solo se trata de un niño que ha muerto, o mejor de un joven, sino también de una mujer que habiendo perdido ya a su marido, ahora se encuentra con el drama de perder también a su hijo, que por ser su único hijo, la sumía en el más total abandono.

No podemos olvidar, en efecto, que el episodio es narrado por Lucas, el evangelista que más enfatiza el carácter liberador de Jesucristo sobre todo hacia las clases sociales más marginadas. Y es también Lucas el que subraya la acción de Jesús en favor de las mujeres que, en aquella época, formaban una verdadera clase social subyugada y desprovista de todo derecho.

Jesús, pues, realiza su milagro en favor de una mujer triplemente desamparada: por ser mujer, por ser viuda y por haber perdido a su único hijo.

También es significativo que en esta ocasión Jesús no espera la petición de la madre o del resto del pueblo como respondiendo a un acto de fe o confianza en él, sino que toda la iniciativa parte de él mismo. Este detalle de Lucas tiene su significado: por un lado, era tal el desconsuelo de aquella mujer, que ya no había en ella ni la más remota esperanza de recuperarse; por otro lado, la fe del pueblo parecía detenerse ante el poder de la muerte, por lo que fue el mismo Jesús el que tomó la iniciativa precisamente para manifestar que el signo máximo del Reino de Dios era la victoria sobre el más temible de los enemigos del hombre.

En efecto, es Jesús el que detiene el cortejo fúnebre, el que se compadece de la mujer y el que devuelve la vida al joven al conjuro de su «palabra», esa palabra que en su boca «se hace verdad». Bien lo subraya Lucas: «A ti te lo digo, muchacho: ¡levántate!» Y el joven se levantó y fue devuelto a su madre.

Y aquel acontecimiento, sigue subrayando Lucas, se transformó en «evangelio», en buena noticia que se desparramó por los pueblos vecinos de la llanura galilea y por toda Judea.

Es la buena noticia del Reino de Dios ya hecho presente en medio de los hombres: la humanidad desamparada es invitada a revivir en el aquí y ahora de la historia. Es éste otro importante elemento de este evangelio consolador: Jesús no es solo promesa de vida futura, sino que es la actualización de la vida en el aquí y ahora de cada hombre. El Reino de Dios se hace presente en el espacio humano y en el tiempo humano. Es un Reino redactado en tiempo10C 2 presente: “No llores”, se le dice a la madre; «levántate», se le ordena al hijo.

Y por tratarse de un evangelio que actualiza la vida en el espacio y en el tiempo presentes de cada hombre, es un evangelio que compromete a los cristianos y a la Iglesia en general de este aquí y de este ahora que es el nuestro.

Si aquella mujer de Naín era triplemente abandonada y socialmente marginada, no nos será difícil, mirando a nuestro alrededor, preguntarnos por los que se encuentran hoy más abandonados y marginados. Que la acción de la Iglesia debe ser la defensa y promoción de estas clases sociales es la más clara conclusión de este evangelio, y solamente así «la palabra del Señor es verdad en su boca», porque solamente así ella testifica en favor de un Dios que está visitando a «su pueblo», y este «pueblo» no es otro que el pueblo más pobre, desamparado y oprimido.

Es dando la vida a los más necesitados, a los más débiles, a los más pobres y a los más marginados como testificamos en favor de nuestro Dios. Éste es el signo profético de la Iglesia de la misma forma que fue el signo profético de Jesús.

Cristo detuvo el cortejo de la muerte… como si dijésemos: detuvo el paso de una humanidad que lloraba sobre los despojos de la muerte de la persona, la muerte de los derechos humanos, la muerte de las libertades cívicas, la muerte de la cultura, la muerte de la fe esperanzadora; obligó, como subraya Lucas, a que los que llevaban el ataúd se detuvieran, y dijo una sola palabra: «Levántate.»

Si esta palabra -levántate-, palabra de Dios, retornara hoy a nuestros labios, podríamos no solo resucitar la fe y la esperanza de los millones de desconsolados del mundo, sino, y en primer lugar, resucitar nuestra fe en Jesucristo y nuestra fe y sentido en la vida.

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