BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

SER O NO SER…

Posted by antenamisionera en septiembre 15, 2016

 

Domingo 25 C – 18 de septiembre de 2016  

Lucas 16, 1-13. c25-2

               El texto de hoy del profeta Amós (8, 4-7), que ha sido calificado como el “profeta de la justicia social”, refleja una sociedad rural sencilla, pero sus críticas duras pueden repetirse hoy desde nuestro modelo económico: se siguen usando balanzas con trampa; hay mecanismos micra y macro económicos que permiten el enriquecimiento fácil y espectacular; ya no se compra al mísero por un par de sandalias, pero se pueden establecer sistemas de financiación que pueden hundir al que más lo necesita.

              El evangelio de hoy es la continuación, sin interrupción, de las parábolas de la misericordia que escuchamos el domingo pasado. Allí se nos presentaba a un Dios Padre, que quiere a todos los hombres: al hijo pródigo y a su hermano mayor, a la oveja perdida, al Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos. Precisamente este será el mensaje del rudo profeta Amós: No puede haber alianza con Dios, si no existe alianza y justicia entre los hombres; la alianza con Dios es inseparable de la justicia y hermandad entre los hombres. ¿Cómo podemos llamar Padre al Dios que nos acoge con ternura a la vuelta de nuestros caminos, si no nos sentimos hermanos de los hombres?

             Es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos los hombres yc25-3 vivir, al mismo tiempo, esclavo del dinero y del propio interés. Solo hay una manera de vivir como “hijo” de Dios, y es, vivir realmente como “hermano” de los demás. Por eso el que vive al servicio de sus bienes, dinero e intereses, no puede preocuparse de sus hermanos y no puede, por tanto, ser hijo fiel de Dios”. Así se explica la dura frase final de Jesús: “No se puede servir a dos señores…no podéis servir a Dios y al dinero”.

              Es lo que subrayaron con gran energía los santos padres. Así san Basilio preguntaba al rico: ”¿Qué cosas son tuyas? Es como si un espectador, por haber ocupado su puesto en el teatro, impidiera la entrada a los demás, creyendo que era propio de él lo que se ha hecho para uso común de todos. Así son los ricos. Si cada uno se contentase con tomar lo indispensable para satisfacer sus necesidades y dejase para el pobre los bienes superfluos, no habría ricos ni pobres, no existiría la cuestión social”. O lo de san Gregorio Magno: “Al darles lo necesario a los indigentes no hacemos más que darles lo que es suyo y de ninguna manera nuestro; pagamos más bien una deuda de justicia, en vez de hacer una obra de misericordia”.

              Si nos contentásemos con lo indispensable, “no existirían pobres”. Desgraciadamente, los pobres siguen existiendo aún con mayor gravedad que en tiempos de san Basilio, hace dieciséis siglos o en tiempos de Amós hace veintiocho siglos. San Basilio se preguntaba también: “¿De dónde has traído a la vida lo que has recibido?”. ¿Qué mérito tienen nuestros niños, que nacen rodeados de cuidados y regalos, y qué mérito no tienen los niños famélicos y comidos por las moscas, sin fuerzas para espantarlas, de los campos de refugiados de cualquier país del tercer mundo? ¿Qué sentirá ese Padre del cielo, que quiere a todos los hombres por igual, ante el sufrimiento de estos pobres niños? ¿No tienen todos los niños, los del tercer mundo y los nuestros, el mismo mérito de ser, todos ellos, hijos de Dios?

             El pecado del hijo pródigo fue el de derrochar su fortuna…

             De la misma forma que nos indignamos contra las películas de pornografía infantil, por qué no protestamos de igual manera contra un “orden” internacional que hace posible que los niños se mueran de hambre en Sudán.

              ¿No tendremos que reconocer, con la mano en el corazón,c25-1que nuestro pecado es también el derrochar nuestra fortuna y el pretender servir a Dios y al dinero?

               Somos especialista en hacer arreglos. Nos cuesta poco creer en Dios y luego vivir sin Él. Nos cuesta poco bautizarnos y luego vivir de cualquier manera. El hábito, la costumbre o simplemente la inconsciencia nos especializa en hacer arreglitos para que todo quede en armonía sin que tengamos demasiados disgustos por ello.

               La parábola del “mal administrador” del Evangelio de hoy es el caso de uno de esos que enseguida soluciona las cosas. Va a ser despedido por su mala administración y ahora la remata cambiando y modificando todas las facturas. Hasta el dueño le admira por su inteligencia y agudeza para arreglar chanchullos. Habría que echar una miradita por ahí a nuestros libros de contabilidad para ver cómo andan las cosas.

           Sin embargo, Jesús termina con una advertencia muy clara y que, de ordinario, nos resbala un poco: “No se puede servir a dos amos.” Nadie puede servir a la verdad y a la mentira al mismo tiempo. Nadie puede ser luz y sombra a la vez. O somos una cosa o no lo somos. O estamos en la verdad o en la mentira. Nada de componendas y arreglos para que la mentira parezca verdad. Ser o no ser, es el principio del Evangelio. O somos o no somos. Pero nada de ponerle cremas a la mentira y al engaño. Nada de ponerle cremas a la infidelidad y al amor. Si somos infieles no podemos decir que amamos, porque nadie podrá decir que amamos mintiendo y engañando.

           Jesús nos dice que no se puede lavar la billetera echando unos céntimos en el sombrero o en la mano de un necesitado. Es decir, el Evangelio de hoy es un aviso: hay que vivir en la verdad. Nada de camuflajes y engaños. Nada de confundir las cosas. O somos o no lo somos. La decisión es nuestra.

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