BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Pecar: renunciar a ser humanos

Posted by antenamisionera en enero 11, 2017

Domingo 2 Ciclo A  – 15 de enero de 2017

Juan 1, 29-34.2a0

 

La frase es de A. de Mello: “nadie se emborracha por hablar mucho del vino. Para emborracharnos hay que beber el vino”.
Podríamos añadir que tampoco nadie se “emborracha de Dios por mucho que hablemos de Él”. Hasta los curas, que nos pasamos la vida hablando de Dios es posible que, más que borrachos, estemos todos “muy cuerdos”.
Es que las palabras no emborrachan.
A lo más, la excesiva palabrería puede emborracharnos de aburrimiento y cansancio.

Juan no habla de Jesús de memoria sino por propia experiencia.
Y él lo ha visto “y por eso da testimonio de que es el Hijo de Dios”.

Cuando hablamos de Dios un poco de memoria o de oídas, Dios deja de ser sorpresa y hasta su mismo nombre se vulgariza tanto que apenas despierta inquietud alguna en nuestros corazones. “Dios” está siendo una palabra demasiado manida.

Para hablar y anunciar a Dios necesitamos:2a1
Hablar de lo que hemos visto y oído.
Hablar con convencimiento.
Hablar con gozo y con alegría.
Y sobre todo, hablar con el testimonio de nuestra vida.

Son bastantes las personas que llevan en el fondo de su alma la caricatura de un Dios desfigurado que tiene muy poco que ver con el verdadero rostro del Dios que se nos ha revelado en Jesús.
Dios sigue siendo para ellos el tirano que impone su voluntad caprichosa, nos complica la vida con toda clase de prohibiciones y nos impide ser todo lo felices que nuestro corazón anhela. Todavía no han comprendido que Dios no es un dictador, celoso de la felicidad del hombre, controlador implacable de nuestros pecados, sino una mano tendida con ternura, empeñada en «quitar el pecado del mundo».
Son bastantes los que necesitan liberarse de un grave malentendido. Las cosas no 2a3son malas porque Dios ha querido que sean pecado. Es, exactamente, al revés. Precisamente porque son malas y destruyen nuestra felicidad, son pecado que Dios quiere quitar del corazón del mundo.
A los hombres se nos olvida, con frecuencia, que, al pecar, no somos solo culpables, sino también víctimas. Cuando pecamos, nos hacemos daño a nosotros mismos, nos preparamos una trampa trágica, pues agudizamos la tristeza de nuestra vida, cuando precisamente creíamos hacerla más feliz.
No olvidemos la experiencia amarga del pecado. Pecar es renunciar a ser humanos, dar la espalda a la verdad, llenar nuestra vida de oscuridad. Pecar es matar la esperanza, apagar nuestra alegría interior, dar muerte a la vida. Pecar es aislarnos de los demás, hundirnos en la soledad. Pecar es contaminar la vida, hacer un mundo injusto e inhumano, destruir la fiesta y la fraternidad.
Por eso, cuando Juan nos presenta a Jesús como «el que quita el pecado del mundo», no está pensando en una acción moralizante, una especie de «saneamiento de costumbres». Está anunciándonos que Dios está de nuestro lado frente al mal. Que Dios nos ofrece la posibilidad de liberarnos de nuestra tristeza, infelicidad e injusticia. Que Dios nos ofrece su amor, su apoyo, su alegría, para liberarnos del mal.
El cristianismo solo puede ser vivido sin ser traicionado, cuando se experimenta a Jesucristo como liberación gozosa que cambia nuestra existencia, perdón que nos purifica del pecado, respiro ancho que renueva nuestro vivir diario.

 

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