BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Convertirse: vivir de manera más humana

Posted by antenamisionera en enero 18, 2017

Domingo 3 Ciclo A  – 22 de enero de 2017

Mateo 4, 12-23.3a2

Ni Simón, ni Andrés, ni Santiago ni Juan, tenían idea de quién fuese aquel desconocido que pasaba por las orillas del Lago. Ellos estaban a lo suyo. Y un desconocido les invita a dejarlo todo y a seguirle. Así de simple. Y sin mayores explicaciones. ¿No sería una trampa? ¿No sería un engaño o una simple tomadura de pelo?

No es que tuviesen mucho que dejar, pero tenían para vivir. Una barca y unas redes. Suficiente para poder comer. Y un padre que sin ellos, tampoco podría hacer grandes cosas. Al fin y al cabo, ellos eran su apoyo y su futuro.
¿A caso estarían ya hartos de hacer siempre lo mismo y ahora tenían una oportunidad de cambiar? Pero ¿no era eso un riesgo? Seguir a un desconocido y no saber tampoco a dónde ¿no era una aventura demasiado riesgosa? Y sin embargo, “inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron”. El único fracaso de triunfar en la vida suele ser de ordinario el no decidirse, el no intentarlo. Y ellos lo intentaron. Se lanzaron al vacío de algo que no conocían.

El primer obstáculo con el que nos encontramos en la vida, no son las cosas, ni las dificultades, sino nosotros mismos. Nosotros somos el peor obstáculo y la peor dificultad. Cuando logramos vencer nuestras indecisiones dentro de nosotros mismos, el resto ya es camino fácil.

No dejemos que tantas posibilidades se apaguen y mueran dentro de nosotros y queden enterradas en la tumba de nuestros miedos. La esperanza es creer que yo sí puedo. La esperanza es creer que todo es posible para mí.3a1
La esperanza es creer en mí. La esperanza es creer en las invitaciones de Dios en nuestras vidas. Cuando Dios nos llama no podemos pasarnos la vida razonando los pros y los contras. Puede que al principio no entendamos nada. Puede que al principio nos parezca todo un absurdo. Y hasta es posible que si consultamos a los demás, nos pidan prudencia. Que no hagamos locuras. Y menos fiarnos de alguien desconocido para nosotros. Y sin nada fijo por delante.
Todo es cuestión de creer en nosotros mismos y creer en la llamada de Él en nosotros. Es posible que nosotros no veamos nada en el horizonte. Pero Dios mismo se hace horizonte en nuestras vidas. Por eso mismo, creer no es cambiar nuestras ideas, sino arriesgar nuestras vidas fiándonos de una palabra.

La conversión es escuchar a Dios y volver a Él, que es el amor olvidado y traicionado. Dios nos habla por medio de nuestra conciencia, pero a fuerza de no escucharle, puede ser que la conciencia ya no nos diga nada, y esto es muy grave. Es muy grave que de alguien se pueda decir: es una persona sin conciencia.
Tenemos que escuchar a Dios y volver a Él. Eso es la conversión. La conversión es difícil y cuesta. Tal vez tengamos que renunciar a cosas y a ciertas personas. Y la renuncia es dolorosa; pero vale la pena; será más lo que ganamos que lo que perdemos.
No nos gusta hablar de conversión. Casi instintivamente, pensamos en algo triste, penoso, muy unido a la penitencia, la mortificación y el ascetismo. Un esfuerzo casi imposible para el que no nos sentimos ya con humor ni con fuerzas.
Pero, si nos detenemos ante el mensaje de Jesús, escuchamos, antes que nada, una llamada alentadora para cambiar nuestro corazón y aprender a vivir de una manera más humana, porque Dios está cerca y quiere poner nueva vida en nuestra vida.
La conversión de la que habla Jesús no es algo forzado. Es un cambio que va creciendo en nosotros en la medida en que vamos cayendo en la cuenta de que Dios es alguien que quiere hacer nuestra vida más humana y feliz.
Porque, convertirse no es, antes que nada, intentar hacer desde ahora todo «mejor», sino sabernos encontrar con ese Dios que nos quiere mejores y más humanos. No se trata sólo de «hacerse buena persona”, sino de volver a aquél que es bueno con nosotros.
Por eso, la conversión no es algo triste sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir sino sentirse más vivo que nunca. Descubrir hacia dónde debemos vivir. Comenzar a intuir todo lo 3a4que significa vivir.
Convertirse es algo gozoso. Es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestro vivir cotidiano. Liberar el corazón de angustias y complicaciones creadas por nuestro afán de dominio y posesión. Liberarnos de objetos que no necesitamos y vivir para las personas que nos necesitan.
Uno comienza a convertirse, cuando descubre que lo importante no es preguntarse: « ¿cómo puedo ganar más dinero?», sino « ¿cómo puedo ser más humano?». No « ¿cómo puedo llegar a conseguir algo?» sino « ¿cómo puedo llegar a ser yo mismo?».
Cuando uno se va convirtiendo a ese Dios del que nos habla Jesús, sabe que no ha de temerse a sí mismo ni tener miedo de sus zonas más oscuras. Hay un Dios a quien nos podemos acercar tal como somos.

Cuando hoy escuchemos la llamada de Jesús: «Convertíos porque está cerca el Reino de Dios», pensemos que nunca es tarde para convertirse, porque nunca es tarde para amar, nunca es tarde para ser más feliz, nunca es demasiado tarde para dejarse perdonar y renovar por Dios.

 

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