BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Tatuados en las manos de Dios

Posted by antenamisionera en febrero 23, 2017

Domingo 8º A – 26 de febrero de 2017

 Mateo 6, 24-34.8a1

             El pueblo de Dios  pasa momentos difíciles y grita: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado…”.

La respuesta del profeta Isaías intenta alejar cualquier angustia al respecto: una mujer no puede olvidarse de su hijo. Una madre no pierde jamás la memoria. En cierto sentido siempre lleva al hijo en su seno, incluso cuando es adulto, cuando está lejos. Esa es la imagen de Dios en la primera lectura: “Dios como madre”.

La conmoción, el estremecimiento, el sobresalto de las entrañas es la forma típica de la memoria materna. Lo mismo se puede decir de la memoria de Dios. Dios, en efecto, tiene “entrañas de misericordia”.

“…Pues aunque una madre se olvide, yo no te olvidaré”. Incluso cuando lo abandonamos, nos alejamos de Él, nos olvidamos de su amor, no logramos distanciarnos, la separación solo es posible por nuestra parte. Él nos sigue llevando “dentro”, como una madre. Así nos sentimos seguros de su misericordia y de su debilidad infinita.

En otro pasaje, el profeta nos dice que Dios no nos lleva dibujados en su cara. Nuestra cara no la vemos constantemente; nos tenemos que valer de un espejo. Son las manos las que vemos constantemente. Dios, pues, al decirnos, que nos lleva dibujados en la piel de sus manos quiere decirnos que constantemente nos está mirando con amor.
Dios nos ama, seamos como seamos; aunque seamos malos y no cambiemos.

Cabe preguntarlos ¿cuáles son los “demonios” que nos impiden vivir ese amor?8a2

El primero es, tal vez, el rendimiento. Durante muchos años, los seres humanos han tenido el sentido común suficiente como para no trabajar más que lo preciso para llevar una vida alegre y satisfactoria. El capitalismo moderno, por el contrario, elevó el trabajo a «sentido de la vida». A Benjamín Franklin se le atribuye la famosa frase «el tiempo es oro». Quien no lo aprovecha para ganar, está perdiendo su vida.
Sin duda, ese afán de rendimiento ha contribuido al progreso material de la humanidad, pero cada vez hay más personas dañadas por el exceso de trabajo y activismo. Ahora se crea más riqueza, pero, ¿vive la gente más feliz? Por otra parte, se va olvidando el disfrute de actividades que no resultan productivas.
¿Qué sentido puede tener la contemplación estética?, ¿para qué puede servir el cultivo de la amistad o la poesía?, ¿qué utilidad puede tener la oración?
El segundo demonio sería la obsesión por acumular dinero. Todos sabemos que el dinero comenzó siendo un medio inteligente para medir el valor de las cosas y facilitar los intercambios. Hoy, sin embargo, «hacer dinero» es para muchos una especie de deber. Es difícil llegar a «ser alguien» si no se tiene dinero y poder económico.
Muy emparentado con este último demonio está el de la competencia. Lo decisivo para bastantes es competir y luchar para superar a los demás rivales. Es innegable que una «sana dosis» de competitividad puede tener aspectos beneficiosos, pero cuando una sociedad funciona motivada casi exclusivamente por la rivalidad, las personas corren el riesgo de deshumanizarse, pues la vida termina siendo una carrera donde lo importante es tener más éxito que los demás.
Hace algunos años, Enmanuel Mounier describía así al a3burgués occidental: «Un tipo de hombre absolutamente vacío de todo misterio, del sentido del ser y del sentido del amor, del sufrimiento y de la alegría, dedicado a la felicidad y a la seguridad; barnizado en las zonas más altas, de una capa de cortesía, de buen humor y virtud de raza; por abajo, emparedado entre la lectura somnolienta del periódico, las reivindicaciones profesionales, el aburrimiento de los domingos y la obsesión por figurar.»                                                                                                                                                               Para Jesús la vida es otra cosa. Sus palabras invitan a vivir con otro horizonte: «No podéis servir a Dios y al dinero… No esteis agobiados por la vida pensando qué vais a comer; ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir:.. Buscad, sobre todo, el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura.»                                                                                                                                                  Jesús alerta contra el peligro de que el dinero y la riqueza se conviertan en el ídolo que determine la vida. Advierte: “No podéis servir a dos señores”. El dinero y la riqueza pueden convertirse en un “dios” que exige sacrificios humanos. Es la situación de tantos que, en aras del dinero, maltratan la salud propia y la de otros. Son muchos los que no trabajan para vivir, sino que viven para trabajar; no buscan tener para “vivir”, sino que viven para “tener”. Ponen tan ansiosamente su seguridad en las riquezas que no les permite vivir.  Contra esto alerta enérgicamente Jesús.

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