BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Aprender a caminar con independencia

Posted by antenamisionera en marzo 22, 2017

 Domingo 4º de Cuaresma – 26 de Marzo de 2017

Evangelio: Juan 9,1-41.

 

Hoy un ciego comparte con Jesucristo el protagonismo de la página evangélica.

Siempre, pero mucho más en la época en la que vivía Jesús, el ciego es un hombre que, por su defecto físico, carece de autonomía; un hombre que en determinados momentos necesita de los demás; un hombre, en una palabra, dependiente.

El paso de Jesús cerca de este hombre y la atención especial que le demuestra tienen para él una consecuencia inmediata y positiva: queda curado de su ceguera y convertido en un hombre completo y liberado. Ya no necesitará de otro hombre que lo guíe por las intrincadas callejuelas, y ya no necesitará que una mano misericordiosa ponga en su mano extendida una limosna. El ciego del Evangelio se ha convertido, por obra y gracia de Jesús, en un hombre que puede andar solo.

Hay muchas escenas evangélicas en las que se nos muestran resultados parecidos al que comentamos. Casi todos los enfermos que se ponen en contacto con Jesús y a los que él cura son enfermos que carecen de capacidad autónoma de movimiento: ciegos, paralíticos y, en caso extremo y más allá de la enfermedad, muertos.

A todos les devuelve Jesús la capacidad de movimiento, a todos los “libera” de las amarras que los retenían, a todos les corta estas amarras y todos caminan solos dejando al borde del camino la incapacidad que los atenazaba y cambiando por completo el rumbo de sus vidas.

Comparativamente hablando, quizá se pudiera decir que estos hombres eran –si trasladásemos el defecto físico al mundo psicológico- hombres inmaduros, hombres que no habían alcanzado la mayoría de edad y que necesitaban de otros que los guiaran por la vida. La mano de Jesús, junto a ellos, les da de repente la madurez de que carecían, les libera de la dependencia que padecían

. Jesús daba siempre, naturalmente, todo lo que tenía. Y algo tuvo Jesús, entre otras cosas, de modo expreso: la libertad.

Jesús fue, sin duda ninguna, un hombre absolutamente libre, un hombre que rompió todos los esquemas de su tiempo y todos los esquemas de los tiempos que le sucedieron. Concretamente en el terreno religioso fue un judío que “sin abolir la Ley, sino dándole su cumplimiento”, dio en su entorno y para la posteridad una lección clarísima de cómo deben entenderse las relaciones con Dios.

Difícilmente encontraremos en el Evangelio normas ni reglamentos sino más bien actitudes; metas altísimas que estimulan al hombre y lo lanzan hacia un Dios Padre que está atento no a la letra sino al Espíritu.

Por eso ni Jesús ni sus discípulos guardaban el sábado, porque sabiamente opinaban que tal como estaba planteado no era el sábado para el hombre sino el hombre para el sábado; ni hacían las abluciones rituales antes de comer porque no es lo que el hombre toca sino lo que el hombre alberga en su interior, lo que lo hace puro o impuro.

Por eso a Jesucristo no le importa comer con los oficialmente “pecadores” -porque eran ellos y no los “buenos” oficiales los que lo buscaban y lo necesitaban imperiosamente- y no le importaba que una mujer como Magdalena -que había amado tanto- regara con sus lágrimas de mujer, consciente de sus pequeñeces, los pies que no habían sido lavados por el anfitrión, y no le importó que aun cuando la ley mosaica mandaba lapidar a las adúlteras “in fraganti”, aquella adúltera que estaba delante de Él saliera como nueva sin recibir ni siquiera un reproche de sus labios.

Por eso no le importó calificar a los fariseos con los más rotundos epítetos que encontramos en su léxico y llamar “zorro” a Herodes. No le importó hacer todo eso porque Jesús era, fue, un hombre absolutamente libre que no conocía más que una norma: hacer la voluntad de su Padre, un Padre que es fundamentalmente espíritu.

Y, por eso, a los suyos, cuando les dice que llegará un día en que los dejará, les promete enviarles no un Código para que sepan exactamente lo que tiene que hacer en cada momento sino el Espíritu que soplará donde quiera y de la manera más extraordinaria y hará el milagro de convertir a aquellos hombres vulgares y corrientes en hombres libres dispuestos a todo.

Pero al filo de estas consideraciones quizá podríamos preguntarnos si los cristianos damos a los que no lo son la sensación de que somos hombres maduros o más bien parecemos niños pequeños necesitados siempre de atención y consejo. Si damos la sensación de hombres capaces de autonomía o de ciegos o tullidos que necesitan siempre la mano de otro para que nos diga por dónde tenemos que andar.

Sería cuestión de pensarlo seriamente y dar respuesta sincera a la luz de la actuación del Maestro.

Jesús es fiel a lo que Dios hizo con su pueblo cuando estaba esclavo en Egipto: lo sacó de la esclavitud para que viviera en libertad. Jesús vuelve a mostrar que la voluntad del Padre, la “ley de Dios”, es que los hombres vivamos en libertad. Sólo entonces seremos imagen y semejanza de quien nos creó.

De ahí el ruego de Pablo a los cristianos de Galacia: “Para ser libres os ha liberado Cristo. Manteos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud” (Gal 5, 1).

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