BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Las angustias de los últimos

Posted by antenamisionera en abril 10, 2017

Por Trinidad León

La familia de Jesús de Nazaret vive situaciones que, si bien pueden formar parte de la teología de Mateo, es decir, que sea una manera más de hacer de la figura del Hijo de Dios una reproducción personal del pueblo elegido, Israel, desde la perspectiva creyente, hoy, vemos que tanto la huida a Egipto como la vuelta a Nazaret años después es una reproducción casi exacta de la situación en la que se encuentran miles y millones de personas en todo el mundo.

Han pasado más de veinte siglos, pero la dura experiencia de los ahora llamados refugiados, huidos de países que sufren la violencia interna o la guerra, con brutalidad especial en el continente africano; así como el trágico ir y venir de emigrantes de unos continentes a otros convertidos por el desarrollo económico en “tierras de promisión”, que lo son también de “gran sufrimiento” (EE.UU; U.E; Japón, etc.), países en los que se vive la angustia del paro, del no poder hacer frente a la voracidad del mundo de las finanzas y por ende de sufrir el desamparo, la opresión, la indefensión,…

No es muy diferente de la vivida por María de Nazaret y su familia. Podemos decir de ella es el paradigma de una mujer que tiene que asumir los riesgos de

la precariedad: de la huida, de permanecer en la frontera como extranjera, de vivir bajo la angustia que supone ganarse la vida en esa situación, sin despertar sospechas y tejiendo algún tipo de relaciones que les permitiera, a ella y a los suyos, vivir con dignidad. José sería el trabajador incansable, pero provisional, y también el parado angustiado, por momentos, desesperado…

María, el ama de casa abnegada, sabia y fuerte que sabe ingeniárselas cada día para que en la mesa no faltara algo para alimentar al marido y al pequeño Jesús; vecina, cordial, sin duda, abierta a crear relaciones cómplices con otras mujeres en su misma situación de sobrevivencia… Y lo consiguen, consiguen salir adelante con una dignidad que queda reflejada en la sencilla narración de lo acontecido.

Pero sus logros no son tantos como para hacer del país de emigración su país. Como sucede hoy entre los hombres y mujeres con un trabajo precario o emigrantes, en cuando ven la oportunidad del regreso a su tierra, a su hogar, toman sus bártulos y rehacen el camino en sentido contrario. ¿Para encontrar, qué…?

Más de lo mismo, sin duda: cierto recelo entre sus antiguos o nuevos vecinos, inestabilidad laboral para José, la necesidad de habituarse al nuevo ambiente relacional por parte de todos, Jesús incluido. En definitiva: la angustia del pobre enmarcada en la confianza en sus propias fuerzas y, sobre todo, en la fuerza del Dios que es compañero benevolente de camino (más de lo que ellos son capaces de llegar a comprender). No es extraño que, según el otro evangelista de la niñez de Jesús, Lucas, hable más de una vez de “lo que María guardaba en su corazón”: dudas, esperanzas, certezas, y una gran confianza en que la Palabra de Dios no les fallaría. Pero esto supone ponerse, como ellos, a la escucha de esa Palabra, permanecer con los oídos del alma abiertos, y los ojos del corazón fijos en cada pequeño detalle que revela la Presencia divina; sobre todo, en aquel que es simple y entrañablemente, su hijo, Jesús; sometido como ellos a la precariedad cotidiana. Lo que nos les faltaría, sin duda, sería la conciencia de su propia e inquebrantable dignidad.

Por eso pueden seguir siendo hoy modelo de vida para todo hombre y mujer, para cualquier persona joven, para todos los que viven la inseguridad, la búsqueda, la incerteza del futuro y la desazón del día a día. Con trabajo o sin él, con “papeles” o sin ellos, el ser humano es de un valor infinito. Quienes no son capaces de descubrir este valor en cada prójimo que llama a su puerta o le pide un trabajo, es que, para su desgracia, carecen de él…

La dignidad humana no se pierde nunca, sea cual sea la situación de carencia, de relativa seguridad o de abundancia en que la persona viva. Pero es necesario que esa dignidad sea reconocida y respetada, en primer lugar, por la propia persona y también por los demás.

Éste es un gran reto y sería un gran logro para nuestras sociedades. María, junto con los suyos, lo alcanza, por eso son nuestro Icono a contemplar y a reproducir. Siempre.

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