BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

María: Madre de Dios que visita a su pueblo

Posted by antenamisionera en abril 20, 2017

Por Trinidad León*

               

                L a liturgia de la Iglesia incluye en Laudes (la oración de la mañana), oraciones, salmos, textos bíblicos y preces.

Una de esas oraciones bíblicas nos sumerge en un relato de la historia de la salvación, entendida desde la experiencia del pueblo sencillo de Israel: un anciano sacerdote eleva una oración que es a la vez bendición y reconocimiento del Plan salvador de Dios. Y comienza así: “Bendito sea el Dios de Israel”. Lo que sigue a esa bendición a la que nos unimos cada mañana como iglesia orante, aclara el motivo por el que ante todo y por encima de todo bendecimos a Dios.

El motivo es simple y a la vez de una trascendencia tan enorme que apenas logramos balbucearla: “…porque ha visitado y redimido a su pueblo”. Pero, cómo puede Dios visitarnos, si Él es todo Transcendente y nosotros pura materialidad, pura inmanencia; si Dios es Espíritu y nosotros somos carne. Debe haber algo en nosotros que sea asumible por la Divinidad y algo en la Divinidad que sea semejante a nosotros.

Es decir: en algo debemos parecernos a Dios para que él pueda venir a visitarnos y nosotros podamos reconocerle como a un hermano: “uno de tantos”. Los santos padres de la Iglesia primitiva tenían la convicción de que el ser humano es capax Dei, es decir: que siendo lo que somos: hombres y mujeres, tenemos la capacidad de recibirle, de reconocerle y de sabernos semejantes a Él. Podemos “experimentar” a Dios en nuestra vida. Dios, a su vez, puede hablarnos en nuestro propio lenguaje, usando nuestras palabras, conjugando nuestro verbo, para hacerse comprender en nuestro mundo con nuestra propia gramática.

El Verbo divino tiene que poder decirse mediante un lenguaje humano para poder ser alguien al que podamos entender, sentir cercano y comprender, Por eso “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. Y ese Verbo “nació de la virgen María, por obra el Espíritu Santo”.

La “visita” que Dios nos hizo fue así de grande y así de sencilla: Dios, para poder visitarnos y redimirnos, se hizo uno de nosotros, engendrado en el vientre de una mujer como cualquier otro, una mujer de un pueblo como cualquier otro, e incluso el más pequeño e insignificante de los pueblos de la tierra, ella lo dio a luz y lo entregó al mundo, para que él diera su vida por nosotros y nos mostrara el Proyecto Salvador de Dios: con una sola condición: “Que todos sean uno”, con un solo deseo: “que os améis como yo os he amado”. En esto se resume la Redención: en la común unidad de muchos (de todos) y en el amor mutuo.

La Redención no es algo lejano, algo que, por su grandeza, sea inalcanzable e imposible de llevar a cabo por nosotros, pudiendo, por tanto, eludir, dejar esa tarea fuera de nuestra responsabilidad. Todo lo contrario: la redención es algo tan cercano y tan nuestro que nos toca a cada ser humano llevarla a cabo, continuarla en la historia. Cada hombre y cada mujer está llamado a hacerse cargo de la redención que Dios lleva a su plenitud en su Hijo, e Hijo de María: Jesucristo.

María tuvo un papel único e irreemplazable en este Proyecto de Salvación en el que Dios se implica y del que nos quiere hacer agentes activos, como a María. Ella, una mujer de nuestro pueblo, fue abordada en la simplicidad de su vida cotidiana por la Palabra de Dios y ella respondió responsable y libremente diciendo: “Hágase en mí según tu palabra” posibilitando así que Dios se convirtiera en nuestro familiar más cercano, el que podía y debía redimirnos, liberarnos de todas nuestras esclavitudes, y de la muerte, no desde fuera sino desde dentro de “nuestra casa”.

Ciertamente, la Redención no es algo fácil de comprender, y menos aún en un mundo que parece abocado al pecado fratricida y a la muerte violenta. El proyecto redentor de Dios no se puede comprender desde los criterios puramente humanos y materialistas; pero sí desde la escucha atenta a la Palabra de Dios dirigida al mundo en nuestra vida cotidiana; desde la actitud resuelta y libre que tomó María de Nazaret frente al actuar poderoso y salvador de Dios. Ella es la Madre y Modelo de nuestra fe, fe en el Dios que nos visita y redime. Sigámosla, María nos pondrá junto a Jesucristo, y nos hará oyentes y testigos activos y responsables de la Redención del mundo y en el mundo.

*Religiosa y Teóloga

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