BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

FRENTE AL DOLOR Y LA ENFERMEDAD

Posted by antenamisionera en mayo 17, 2017

Domingo 6º de Pascua – 21 de Mayo de 2017

Evangelio: Juan 14, 15-21.

Celebramos este domingo “la Pascua del enfermo”. El evangelio se centra en la promesa de Jesús de que no dejará solos a sus discípulos. Les enviará el Espíritu de la verdad. Pero quisiera hacer alguna reflexión sobre el dolor y la enfermedad.

Lo primero, decir, que el dolor es un misterio al que hay que acercarse con los pies descalzos, como Moisés se acercó a la zarza ardiente. Nada realmente más grave que acercarse al dolor con sentimentalismos y, no digamos, con frivolidad.

Y quizá, una primera consideración que yo haría es la de la “cantidad de dolor que hay en el mundo”, agravado en estos tiempos por los medios de comunicación que en seguida nos informan de la muerte que se ha producido en la otra parte del mundo.

Es cierto, que hoy se lucha más y mejor que nunca contra el dolor y la enfermedad. Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Incluso, cuando hemos derrotado una enfermedad aparecen otras. Sé que es amargo y doloroso decir esto, pero en lo que respecta al dolor, la enfermedad y la muerte, podemos ganar muchas batallas, pero la guerra la tenemos perdida.

Y aunque la enfermedad y el dolor son un misterio, me atrevo a formular algunas respuestas parciales.

             Una primera, sería, que dedicarnos a combatir el dolor es más importante y urgente que dedicarnos a hacer teorías y respuestas sobre él.

En la vida de Buda se cuenta la historia de un hombre que fue herido por una fecha envenenada y, cuando acudieron a curarlo, exigía que, antes, le respondieran a tres preguntas: quién disparó la flecha, qué clase de flecha era y qué tipo de veneno se había puesto en la punta. Por supuesto que el hombre se murió y nadie había respondido a sus preguntas.

Igual pensáis que el cuento de Buda es una pura fábula. Y, sin embargo, es cierto que el hombre ha gastado más tiempo en preguntarse por qué sufrimos, que en combatir el sufrimiento. Por eso ¡benditos sean los médicos, las enfermeras, cuantos se dedican a curar cuerpos o almas, cuantos luchan por disminuir la montaña de dolor que padecen los hombres!

             Una segunda respuesta parcial, es aquella que nos ayude a ver en nosotros y a enseñar a los demás que el dolor es una herencia de todos los humanos sin excepción.

Uno de los grandes peligros de la enfermedad es que empieza convenciéndonos de que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo, o en todo caso, los que más sufrimos. Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un simple dolor de muelas nos empuja a creernos la víctima número uno. Si en un telediario nos muestran miles de muertos, pensamos en ellos durante dos minutos, pero si nos duele el dedo meñique gastamos las veinticuatro horas del día en auto-compadecernos. Salir de uno mismo es muy difícil, salir de nuestro propio dolor es casi un milagro. Y tendríamos que empezar por ese descubrimiento del dolor de los demás para medir y situar convenientemente el nuestro.

Hay que tratar de no mitificar nuestro dolor o no volvernos contra Dios y contra la vida como si fuéramos las únicas víctimas. Cuando vas conociendo a los hombres descubres que todos estamos mutilados de algo.

Hay a quien le faltan los riñones, o le sobra un cáncer, o le falta un brazo o trabajo, o tiene un amor no correspondido, o un hijo muerto… Y muchos, que quisieron ser actores o médicos, hoy, trabajan en una oficina. Otros tienen un hijo drogadicto, o hubieran querido tener una cultura que no pudieron adquirir. Todos. Todos…

¿Qué derecho tengo a quejarme de mis carencias como si fueran las únicas del mundo?

             La tercera gran respuesta es la que enseña a ver los aspectos positivos de la enfermedad. Dejando de lado una seudo-espiritualidad cristiana que hablaba de las excelencias del dolor, hay que decir, que en la mano del hombre está el conseguir que ese dolor sea ruina o parto.

Yo nunca me imagino a Dios, mandando dolores a sus hijos solo para probarlos. El dolor es más bien una parte de nuestra condición humana, deuda de nuestra raza atada al tiempo. Por eso hay que decir que no hay hombre sin dolor.

Lo que Dios sí nos da, es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. El hombre tiene en sus manos ese don terrible de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se conviertan en vinagre o en vino generoso. Y tenemos que reconocer con tristeza que desgraciadamente son muchos más los seres destruidos por la amargura que aquellos que saben convertirlo en fuerza y alegría. Por esto, el verdadero problema del dolor no es su naturaleza, sino su sentido. Ahí es donde se retrata un ser humano, la manera de sufrir es el más grande testimonio que un alma da de sí misma.

Así ocurre que hay supuestos “grandes” de este mundo que se hunden en la primera tormenta, mientras que “pequeñas” personas son maravillosas cuando llega la angustia. Un hospital es siempre como una especie de juicio final anticipado.

Desde estas premisas llego a una conclusión: me interesa más una vida plena que una vida larga. El valor de una vida no se mide por los años que dura, sino por los frutos que produce. De ahí, que ante la enfermedad, pase lo que pase, a lo que no tenemos derecho es a desperdiciar nuestra vida, a creer que porque estoy enfermo tengo disculpa para no cumplir con mi deber o a amargar la vida a los que me rodean.

Y me veo obligado a subrayar que la verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano compasiva y amiga! ¡Qué fácil, en cambio, seguir cuando te sientes amado y ayudado!

Nunca en nuestra vida haremos algo mejor que querer a nuestros enfermos, sostenerlos y sonreírles. Hay en el mundo un déficit de compasión.

           

            El evangelio de este domingo, si te tomas la molestia de buscarlo en la Biblia y leerlo, verás que es una proclamación de Jesús, cuando siente cercana su muerte, de la cercanía y el amor del Padre especialmente en los momentos duros de la vida. Sus palabras: «No os dejaré desamparados, volveré… Vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros» van dirigidas preferentemente a los que sufren.

 

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