BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

¿Para qué sirve un perro guardián que no ladra?

Posted by antenamisionera en septiembre 8, 2017

Domingo 23 T.O. – 1o de Septiembre de 2017

Evangelio: Mt 18, 15-20.

             Iniciamos hoy -en las lecturas evangélicas- una extensa serie dedicada a la vida comunitaria (casi hasta final del año litúrgico). Hoy se nos presenta la comunidad cristiana como lugar de corrección fraterna y de oración y el próximo domingo como lugar de perdón.

En estos dos domingos es significativo que en los evangelios aparezca repetidamente la palabra “hermanos”. Y más aún si se tiene en cuenta que se trata de lo que los exegetas llaman “el sermón sobre la Iglesia”. El discurso proclama el espíritu que debe distinguir a los miembros en sus mutuas relaciones. Y, podríamos añadir, estas relaciones las sitúa Jesús como relaciones entre hermanos.

La fraternidad es, pues, la primera consigna constitucional para la Iglesia. La constitución de la Iglesia tiene -podríamos imaginar- este artículo fundamental: “Todos sois hermanos. Comportaos como hermanos”. Una fraternidad no sentimental o puramente humanista, sino fruto de lo que constituye la fe cristiana: “Todos sois hijos de Dios. Comportaos como hijos del Padre que es Amor”.

Esta utilización evangélica de la palabra “hermanos” podría ser también ocasión para recordar su sentido cuando la utilizamos en las celebraciones. No como una fórmula, una palabra que toca decir, sino como la expresión más real -y más comprometedora- de lo que somos los miembros de la Iglesia. Es como el “test” de nuestra fe: ¿nos consideramos, nos tratamos como hermanos? No podemos llamarnos hijos de Dios -decir que Dios es nuestro “Padre”- si no hay una práctica de fraternidad entre nosotros.

Todos somos responsables de los otros

Es quizá la enseñanza básica del evangelio de hoy. Si somos hermanos no podemos desentendernos unos de otros. Debemos reconocer que lo fácil es desentenderse o limitarse a una crítica insolidaria, a espaldas del afectado. Debemos ayudarnos mutuamente a vivir como cristianos. A través del “buen ejemplo” -o con palabras más actuales- a través de un real testimonio de vida cristiana; todos sabemos por propia experiencia que lo que más nos ha ayudado a seguir el camino de Jesús es ver hermanos que vivían la fe, el amor, la esperanza.

Pero también -cuando convenga- esta ayuda debe concretarse en un saber “corregir al hermano”.

¿Corregir al hermano?

“Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. Es un consejo difícil el que nos da aquí Jesús.

Por una parte, nos cuesta sentirnos responsables de los demás. En general preferimos “dejarles en paz y ocuparnos de lo nuestro”, tanto en la vida civil como en la eclesial. Es la postura típica de los que no quieren participar en la vida de la comunidad. Fue la postura de Caín: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Y sin embargo, Jesús nos ha enseñado la importancia de la corrección fraterna oportuna.

Al profeta Ezequiel le urge Dios para que no calle, porque callando se hará responsable de la ruina de su pueblo. Dios le ha hecho “centinela” que ayude a sus hermanos, que sepa dar la alarma cuando vea que es necesario, y les recuerde que no se han de desviar de los caminos del Señor. ¿Para qué sirve un centinela que no avisa? ¿para qué sirve un perro guardián que no ladra cuando vienen los extraños?

Jesús concreta esta obligación de un hermano para con su hermano, de un miembro de la comunidad para con otro. Nadie es extraño para mi: me debo sentir corresponsable del bien de los demás. Si mi hermano va por mal camino, dedo buscar el mejor modo de ponerle en guardia y animarle a que recapacite. El procedimiento lo detalla el mismo Jesús, empezando por el diálogo de tú a tú, o sea, a modo de hermanos, sin agresividad, buscando el bien de la persona, no hablando a espaldas, ni aireando a los cuatro vientos los defectos de los demás, sino teniendo la valentía de hablar a la persona concreta.

Somos hermanos

            El amor al hermano no se muestra sóolo diciéndole palabras amables y de alabanza -que es de esperar que sean las más-, sino también, cuando haga falta, con una palabra de ánimo o de corrección. El silencio a veces puede ser complicidad. Eso les pasa, en un nivel eclesial, al Papa o a los pastores de la Iglesia cuando en conciencia tienen que llamar la atención sobre direcciones peligrosas que van en contra del evangelio o de la dignidad humana.

Pero también nos puede suceder en niveles más domésticos:

* en la vida de una comunidad cristiana tenemos que participar y sentirnos corresponsables, porque no somos “sociedad anónima”; tenemos muchas ocasiones de colaborar con nuestra voz y nuestro trabajo a mejorar las cosas;

* en la vida de familia, el marido y la mujer pueden ayudarse con la oportuna palabra de ánimo y con una corrección hecha desde el amor; el diálogo entre padres e hijos puede ser enriquecedor y correctivo, en ambas direcciones;

* en una comunidad religiosa, una palabra a tiempo puede a veces evitar desvíos que llevarían a consecuencias irreparables;

* los amigos son buenos amigos también cuando contribuyen a que el amigo madure, recapacite y vaya corrigiendo sus defectos.

También habrá que recordar que cuando somos nosotros los que recibimos algún día una palabra de corrección, tendremos que reaccionar bien: de momento nos suele saber mal que nos digan que algo no va bien, pero seguro que nos ayudará a mejorar. Nuestros defectos los conocen mucho mejor los demás que nosotros mismos.

Desde el amor

Eso sí, la corrección fraterna debemos hacerla con amabilidad. No se corrige al hermano echándole en cara sus defectos. Una cosa es mostrarse indiferente, descuidando la caridad fraterna, y otra convertirse en inquisidores entrometidos o que actúan por despecho. Una cosa es ser centinela que avisa -se supone que en contadas ocasiones- del peligro que acecha, y otra erigirse en juez moralizador o en dueño del bien y del mal.

La clave nos la da Pablo en la segunda lectura: el amor, la ley fundamental del cristiano: “A nadie le debáis nada, más que amor. . . amarás a tu prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su prójimo, no le hace daño”. El que ama sí que puede corregir al hermano, porque lo hará con delicadeza, lo hará no para herir, sino para curar, y sabrá encontrar el momento y las palabras. No sólo verá los defectos sino también las virtudes. Y por eso, porque ama y se preocupa de su hermano, se atreve a corregirle y ayudarle. Como un padre no siempre calla, sino que habla y anima a sus hijos, y, si es el caso, les corrige, ayudándoles a cambiar y haciéndoles fácil la rehabilitación. Como el educador hace lo mismo con sus alumnos y el amigo con su amigo.

Con ello imitamos a Jesús, que supo corregir con delicadeza y vigor a sus discípulos, en particular a Pedro, y logró que fueran madurando en la dirección justa. Con amor y desde al amor.

 

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