BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Dos hijos, pero un padre… “diferente

Posted by antenamisionera en septiembre 27, 2017

Domingo 26 T.O. – 1  de Octubre de 2017

Evangelio: Mt 21, 28-32.

                            Un viejo escrito judío contiene un relato parecido en la forma a la parábola que hemos escuchado. Se trata del discurso funerario que pronuncia un rabino al sepultar a un joven maestro de 28 años. En él se cuenta cómo un rey contrató obreros para su viña y también pagó a todos lo mismo. Pero, ante las protestas, su contestación fue: éste ha trabajado en dos horas más que vosotros en todo el día. El joven rabino difunto había hecho más en 28 años que muchos doctores en cien. Se le premiaba la cantidad de trabajo que fue capaz de realizar en poco tiempo. La forma narrativa, como se ve, es bien similar, pero el fondo es muy distinto: mientras el discurso rabínico habla de mérito, la parábola de Jesús se refiere a la gracia. En el primer caso, la causa del premio está en el trabajo de quien lo recibe; en el segundo, en la bondad del que lo otorga. En alguna ocasión, la liturgia de la misa recoge en sus oraciones: “no por nuestros méritos sino conforme a tu bondad”.

Nos cuesta entender que los caminos del Señor son distintos a los nuestros. Dios se presenta como un amo generoso que no funciona por rentabilidad, sino por amor gratuito e inmerecido. Esta es la buena noticia del evangelio. Pero nosotros insistimos en atribuirle el metro siempre injusto de nuestra humana justicia.

Jesús conoció una sociedad estratificada, llena de barreras de separación y de discriminaciones. En ella encontramos judíos que pueden entrar en el templo y paganos excluidos del culto; personas “puras” y personas “impuras”; hombres piadosos, observantes de la ley y “gentes malditas”; personas sanas bendecidas por Dios y enfermos malditos de Yhavé; personas justas y hombres y mujeres pecadores…

Y la actuación de Jesús en medio de aquella sociedad resulta tan sorprendente que aún hoy nos resistimos a aceptarla.

No adopta la postura de los fariseos, que evitan todo contacto con impuros y pecadores, sino que se acerca precisamente a los discriminados, con una insistencia provocativa, repitiendo una y otra vez que los “últimos serán los primeros”, que “los publicanos y las prostitutas van delante de los justos en el camino del Reino”.

¿Quién sospecha hoy realmente que los alcohólicos, vagabundos, pordioseros y todos los que forman el desecho de esta sociedad, puedan ser un día los primeros?

¿Quién se atreve a pensar que las prostitutas, los heroinómanos, o los afectados del Sida pueden preceder a no pocos cristianos en la Vida? Sin embargo, aunque ya casi nadie lo digamos: los indeseables y rechazados, tienen que saber que el Dios revelado por Jesús, sigue siendo su amigo.

Lo que cuenta para Dios es nuestro vivir diario.

Son muchos los cristianos que viven su fe cómodamente sin que su vida se vea afectada por ella. Cristianos que se desdoblan y cambian de personalidad, según se arrodillen para orar a Dios o según se entreguen a las ocupaciones diarias. Dios no entra para nada en su familia, en su trabajo, en sus relaciones, en sus proyectos o en sus intereses. La fe queda convertida en una costumbre…

Todos hemos de preguntarnos, con sinceridad, qué significa realmente Dios en nuestra vida diaria. Lo que se opone a la fe no es, muchas veces, la increencia, sino la falta de vida. ¿Qué importancia tiene el credo que confiesen nuestros labios, si después falta en nuestra vida el mínimo esfuerzo sincero para seguir a Jesús? ¿Qué importa -nos dice Jesús en la parábola- que un hijo diga a su padre que va a trabajar en la viña, si luego en realidad no lo hace? Las palabras, por muy hermosas que sean, no dejan de ser palabras. ¿No hemos reducido, con frecuencia, nuestra fe a palabras, ideas o sentimientos? ¿No nos olvidamos con frecuencia de cuál es la voluntad de Dios?

La verdadera fe, hoy y siempre, la viven aquellos hombres y mujeres que traducen en vida el evangelio.

En la parábola de los dos hijos, lo importante no son las palabras que pronuncian los dos protagonistas del relato, sino su conducta. Ser creyente es algo más que recitar fórmulas… No nos apresuremos a considerarnos creyentes. La fe no es algo que se posee, sino un proceso que se vive. Más importante que confesarnos cristianos es esforzarse prácticamente por llegar a serlo. Esta parábola nos obliga a revisar nuestro cristianismo.

Digamos la verdad. Es más fácil aceptar la severidad de Dios, que su misericordia. Y, sin embargo, la prueba fundamental a que está sometido el cristiano es ésta: ¿eres capaz de aceptar la bondad del Señor, de no refunfuñar cuando perdona, cuando compadece, cuando olvida las ofensas, cuando es paciente, generoso hacia el que se ha equivocado? ¿Eres capaz de perdonar a Dios su «injusticia»? ¿Resistes a la tentación de enseñar a Dios el… oficio de Dios? El hermano obedientísimo del hijo pródigo, ese trabajador ejemplar, ese empleado modelo, se ha revelado incapaz de comprender y aceptar la liberalidad del padre, su acogida festiva al hijo calavera que volvía a casa después de haber dilapidado el patrimonio en juergas y con mujerzuelas. Se ha sentido ofendido por la fiesta organizada con ocasión de su vuelta. Esa alegría le ha parecido una injuria, una injusticia a su fidelidad.

Nuestra desgracia es la envidia. La mezquindad.

¡Que seamos capaces de tener el mismo corazón de Dios!

 

 

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