BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Añadir vida a nuestros años…

Posted by antenamisionera en noviembre 9, 2017

Domingo 32 T.O. – 12 de Noviembre de 2017

Evangelio: Mt 25, 1-13.

                                                 

Vivimos en una sociedad donde a medida que cumplimos años valemos menos. Cuando todo está basado en la productividad y el rendimiento económico, nos vamos devaluando con el paso del tiempo.

Claro que las grandes empresas ya encontraron la “solución”. Nos bombardean con publicidad de cremas, productos, tratamientos estéticos para ocultar los signos del envejecimiento. Una de las peores cosas parece que es hacerse viejo, y, al menos, hay que maquillarlo.

Contra lo que piensa nuestra sociedad, envejecer no es una desgracia. Nuestra vida tiene su ritmo y no lo podemos alterar. La verdadera sabiduría consiste en saber aceptarlo sin amargura y sin caer en enojos inútiles, tal como Dios lo ha querido para cada uno de nosotros.

Sin duda es un arte saber caminar en paz, al ritmo de cada edad, disfrutando del encanto y las posibilidades que nos ofrece cada día que vivimos.

En una sencilla parábola, la de las jóvenes prudentes y las necias, Jesús nos pone en guardia ante un peligro que acecha siempre al ser humano, pero que puede acentuarse en los últimos años. El peligro de gastarnos, “quedamos sin aceite”, dejar que el espíritu se apague en nosotros.

Sin duda, la vejez trae consigo limitaciones inevitables. Nuestro cuerpo no nos responde como quisiéramos. Nuestra mente no es tan lúcida como en otros tiempos. El contacto con el mundo que nos rodea puede hacerse más difícil.

Pero nuestro mundo interior puede crecer y ensancharse. Cuando han terminado ya otras preocupaciones y trabajos que nos han tenido tantos años lejos de nosotros mismos y, a veces de las personas más queridas, puede ser el momento de encontrarnos por fin con nosotros con los demás  y con Dios. Es el momento de dedicarnos a lo realmente importante. Tenemos tiempo para disfrutar de cada cosa por pequeña que nos parezca. Podemos vivir más despacio. Descansar. Hacer balance de las experiencias acumuladas a lo largo de los años.

Tal vez, solo el anciano puede vivir con verdadera sabiduría, con sensatez y hasta con humor. Él sabe mejor que nadie cómo funciona la vida, cuánta importancia le damos a cosas que apenas la tienen. Sus años le permiten mirarlo todo con más realismo, con más comprensión y ternura.

Lo importante es no perder la energía interior. Cuando nos quedamos vacíos por dentro, es fácil caer en la amargura, el aburrimiento, el desequilibrio emocional y mental.

Por eso, cuánto bien puede hacerles al hombre y a la mujer avanzados en años el pararse a rezar despacio y sin prisas, con una confianza total en ese Dios que mira nuestra vida y nuestras debilidades con amor y comprensión infinitas. Ese Dios que comprende nuestra soledad y nuestras penas. El Dios que nos espera con los brazos abiertos.

Jesús tenía razón. Hemos de cuidar que no se nos apague por dentro la vida. Si no encontramos la paz y la felicidad dentro de nosotros, no las encontraremos en ninguna parte. Como ha dicho alguien con ingenio, lo importante no es añadir años a nuestra vida, sino añadir vida a nuestros años.

Nuestros criterios de sensatez.

¿Qué significa ser una persona sensata? ¿En qué consiste la sensatez? ¿Qué responderíamos a estas preguntas? Quizá diríamos que una persona sensata -una persona prudente – es la que va por el mundo con pies de plomo, que no se confía, que no se mete en camisa de once varas, que va tirando sin buscarse complicaciones, que rehuye los conflictos, que piensa que lo mejor es que cada uno esté en su casa y todos tranquilos.

Y quizá añadiríamos que son necios los que quieren remover y cambiar las cosas, que se meten en complicaciones, que en lugar de quedarse tranquilos en casa viendo la tele asisten a no sé qué reuniones, y luego participan en no sé qué otra asociación…

 

Criterios de sensatez

Jesús nos dice que tenemos que ser como las doncellas sensatas, y no como las necias. Pero entonces debemos preguntarnos una cosa: ¿qué significa, según Jesús, ser sensato? ¿Qué significa no ser necio? Significa, según el evangelio, tener las cosas dispuestas y preparadas, tener preparado el aceite para encender nuestras lámparas, para ofrecer nuestra luz. Significa no vivir descuidadamente, como las doncellas que no previeron la necesidad del aceite. Significa hacer de modo que en la hora de la verdad nuestra vida puede aparecer luminosa, pueda ser verdaderamente la lámpara encendida con la luz que Dios espera.

Digo todo esto hablando con criterios simplemente humanos. Pero es que además, para reforzar todo eso, los cristianos tenemos ante nuestros ojos el ejemplo de Jesús. ¿Creéis vosotros que Él actuó sensatamente? ¿Creéis que su actuación en el mundo no fue una necedad? Si alguno de vuestros hijos, o algún conocido, empezara a meterse en los líos en que Jesús se metió, ¿qué le diríamos?: “¿Pero qué haces? ¡Tú estás loco! ¿No ves que vas a terminar mal?”.  Y es verdad: Jesús terminó mal, terminó colgado en una cruz.      Pero es verdad también que si nos hubiera escuchado a nosotros, ahora no estaríamos aquí reunidos celebrando la Eucaristía como memoria suya, como memoria de aquella locura suya… ¡Menos mal que la sensatez era distinta de la nuestra!

Pidamos hoy, este domingo, que se nos meta dentro la sensatez de Jesús. Que sepamos darnos cuenta de que lo sensato es trabajar en cada instante para vivir la fidelidad al Evangelio. Y que lo necio es precisamente no hacerlo.

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