BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

EN LA ALEGRÍA Y EL DOLOR: EL SECRETO ESTÁ EN ESCUCHAR

Posted by antenamisionera en febrero 21, 2018

Domingo 2º de Cuaresma – 25 de Febrero de 2018

Evangelio: Marcos 9, 1-9.

Los apóstoles viven una gozosa experiencia, una especie de luna de miel junto a Jesús. Sí. Están con la ilusión primera de todo lo que comienza. Siguen a Jesús y todo marcha bien. De pronto comienzan las dificultades, eso que nos hace exclamar: «Si lo llego a saber, no me meto en esta aventura». «Yo creía que esto iba a resultar más fácil». «¡Qué necesidad tengo yo de meterme en líos a mis años, con los bien que están… otros!». Las frases se pueden multiplicar. La realidad es muy sencilla: al principio todo parece de rosas, pero el camino trae sorpresas…  

No es que «la ilusión inicial sea falsa». Al inicio está en germen, en promesa todo lo que esperamos, todo lo que nos hace partir y nos pone en marcha. Pero no es posible adelantar todo. La vida va atrayendo, poco a poco, la dura realidad. Y habrá que mirar al principio para recuperar fuerzas y ver que en los objetivos iniciales estaba todo iniciado, aunque no desarrollado.

Las personas y los grupos palpamos cada día esta realidad. Muchos se vuelven atrás a la primera dificultad; no soportan caminar entre rosas con espinas.

Jesús siente que su grupo de discípulos no está al margen de esta dinámica. Jesús acaba de hablar de la muerte que le espera y se encamina hacia Jerusalén, donde lo anunciado tendrá cumplimiento. Necesita «confirmar» a los suyos para que resistan en el seguimiento a pesar de lo duro que viene.

Como los discípulos, tenemos la tendencia de arrimarnos al “sol que más calienta”, para sacar “algún beneficio”. Unos seguían a Jesús pero no ocultaban que lo que en el fondo pensaban era sentarse a la derecha de él algún día. El poder, con tal de llegar a él, exige algunas incomodidades, pero después recompensa… Como veis, este funcionamiento no es de hoy. Hay personas que se despersonalizan con tal de llegar a tener poder… Y llegan. Y cuando llegan ya no son personas, están despersonalizadas. Las consecuencias las pagarán los otros, además de ellos mismos…

Los seguidores de Jesús tenemos que aprender que al lado de Jesús no hay poder, sino servicio; al lado de Jesús no hay puestos, sino últimos puestos; al lado de Jesús no se ve todo claro, se va aclarando uno esperando que la Luz llegue más tarde… Y cuando llega, la verdad deslumbra.

Las personas ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que toda persona nos puede comunicar.

Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a los demás, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y sin embargo, solamente desde esa escucha cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Solo desde la escucha nace la verdadera fe.

Un famoso médico psiquiatra decía en cierta ocasión: «Cuando un enfermo empieza a escucharme o a escuchar de verdad a otros… entonces, está ya curado».

Algo semejante se puede decir del creyente. Si comienza a escuchar de verdad a Dios, está salvado.

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.

Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con él y desde él cuál es la manera más humana de enfrentarse a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

Pero ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestro pecado.

¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo». 

Quizás tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: «Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar”.

 

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