BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

No hay Pascua sin ruptura

Posted by antenamisionera en marzo 28, 2018

Domingo de Pascua – 1 de Abril de 2018

 Evangelio: Juan 20, 1-9.

María Magdalena tiene el valor de ser la única que está allí, donde era peligroso estar. Cuando los amigos de Jesús se han dispersado con miedo, esta mujer pasa la noche buscando a Jesús en el duelo de su muerte. María Magdalena ama, tiene esperanza.

Esta mujer a la que Jesús rescató del pecado, es hoy la mensajera, la enviada a anunciar que Jesús vive, ha resucitado. Jesús se manifiesta a ella, le comunica el gozo de su nueva presencia, de la nueva vida en Dios. Ella va asombrada, alegre a trasmitir la gran noticia a los apóstoles. María ha podido conversar con Él. Jesús vive presente entre nosotros.

Y los discípulos comienzan a participar de la mima experiencia profunda de que la muerte en la cruz no ha sido el fin del vivir de Jesús.

Nos dice el libro del Éxodo que se abrió el mar en dos mitades, y un pueblo de esclavos lo atravesó “a pie enjuto”. Este pueblo comenzó a vivir en libertad. He aquí la pascua de Israel. He aquí la fiesta de la liberación que año tras año celebran los judíos hasta nuestros días.                            

Se abrió una tumba de par en par, y el que había muerto bajo el poder de Poncio Pilato resucitó: la muerte no pudo tragarlo, y la tumba quedó vacía. Esta es nuestra pascua: éste es el paso de la muerte a la vida: ésta es en verdad para todos los cristianos la gran fiesta de liberación. Año tras año, domingo tras domingo, la celebraremos.

No hay pascua sin ruptura: no hay resurrección sin ruptura: no hay libertad sin ruptura. ¿Continuismo? El que padece la esclavitud no puede continuar, si quiere llegar a la libertad. En algún momento decisivo tiene que dar el paso hacia delante, ha de saltar, ha de romper; pues sólo es posible llegar a la libertad, en libertad. Y esto vale para el hombre, para cada hombre, en la historia de su vida, y para el pueblo, para cada pueblo, en su larga biografía. Hay que dejar al faraón que se hunda con sus caballos en el Mar Rojo. La libertad está en la otra orilla.

Es cierto que los hombres y los pueblos viven en la tradición, y aun de la tradición; pero la tradición de los hombres que aman la libertad no puede ser otra que la memoria inapreciable de todos los hechos de emancipación. Cualquier otra tradición que no sea ésta es un fardo inútil que retrasa la marcha, una trampa, un lazo que nos hace caer en el pasado, una tentación que nos hace volver el rostro para que nos convirtamos en estatuas de sal.

La verdadera tradición cristiana, en la que estamos y en la que entramos por el bautismo, es la memoria subversiva de la muerte y resurrección de Jesús. Memoria subversiva sí, porque es la memoria que nos subleva ante cualquier tipo de esclavitud y mantiene despierta la conciencia de la vocación a la libertad de los hijos de Dios; pues para esto, para que vivamos en libertad, Cristo ha levantado la losa de la tumba y ha dejado abierto el camino a nuestra esperanza.

En el principio de esta tradición hay unos hombres que perdieron el miedo a la muerte. Son los testigos, los apóstoles. Para ellos la experiencia pascual fue ciertamente liberadora: Desató su lengua cuando estaban callados como muertos, desató sus pies cuando estaban acorralados por el miedo a los judíos, irguió su esperanza cuando estaban abatidos, les abrió el sentido de las escrituras cuando éstas se hallaban herméticamente cerradas a su comprensión… Y estos hombres liberados salieron por las calles y plazas y por todos los caminos del mundo a predicar con valor el anuncio y la denuncia del evangelio.

Es verdad que la fe en la resurrección del Señor no podrá evitar que Pedro y Pablo sean encadenados, pero ¿quién ha podido encadenar ya el evangelio? ¿Quién podrá detener ya la esperanza, una vez desatada? Pues hay una promesa pendiente que se ha de cumplir no obstante y a pesar de todo. Dios es fiel y no defrauda a sus testigos: “Si Cristo no ha resucitado, somos los más desgraciados de los hombres; pero ¡Cristo ha resucitado!” He aquí la adversativa que nadie puede dominar. “¡Si Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos!”.

La resurrección, la pascua, es irreversible. Porque es un paso hacia delante. Cristo no resucita para volver a morir. La resurrección de Cristo no es el mito del eterno retorno: vivir para morir, morir para vivir, y vuelta a empezar. No, la resurrección es un hecho histórico, el hecho mayor de toda la historia de la salvación o de la liberación. No tiene que ver nada con un suceso de la naturaleza. Por eso es siempre una ruptura, pues el que resucita no vuelve ya a las andadas.

En este sentido nos dice Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba…; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. Pero ¡cuidado!, la fe en la resurrección no pone a los creyentes en una órbita extraterrestre, no puede dispararlos más allá de las realidades de este mundo. Es decir, no puede privarnos de la responsabilidad de alumbrar con dolores de parto la nueva tierra en la que habita la justicia. La resurrección es una ruptura respecto al pecado del mundo, respecto a las estructuras injustas o formas de este mundo que pasan; pero es una vinculación y un compromiso con la esperanza de toda la creación que suspira para que un día se manifieste, al fin, la gloria de los hijos de Dios.

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