BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

SOMOS TESTIGOS

Posted by antenamisionera en abril 11, 2018

Domingo 3º de Pascua – 15 de abril de 2018

 Evangelio: Lucas 24, 35-58.

“Vosotros sois testigos de eso”, dice Jesús a los discípulos reunidos, que viven henchidos de gozo, con toda la alegría del mundo, la presencia viva del Señor, la presencia viva del crucificado. “Vosotros sois testigos de eso”.

Y Pedro, el primero de los apóstoles, cuando el pueblo se encuentra congregado a su alrededor en la explanada del Templo, admirados porque él y Juan han curado a un pobre inválido que se sentaba allí, pidiendo limosna, explica el por qué de aquella curación y recuerda, como hemos escuchado en la primera lectura, quién es aquel Jesús en nombre del cual ellos liberan de su mal a aquel hombre. Pedro, recogiendo el encargo de Jesús, afirma: “Nosotros somos testigos”.

“Nosotros somos testigos”. Nosotros somos testigos del camino de Jesús, de su entrega, de su palabra capaz de renovar los corazones y levantar los espíritus abatidos, de su firmeza en combatir todo lo que daña al hombre, de su atención constante a los pobres, a los débiles, a los enfermos, de su llamada decidida a cambiar de manera de vivir y pensar, de su confianza, sin fisuras, en Dios el Padre.

Nosotros somos testigos de su fidelidad hasta la muerte, y somos testigos de la dureza de aquellos momentos. Lo detuvieron, lo ultrajaron, lo torturaron, prefirieron dejar libre a un asesino y matarle a él. Y lo clavaron en la cruz.

Nosotros somos testigos. De todo eso, nosotros somos testigos, dicen los apóstoles. Pero somos testigos, ahora, por encima de todo, de una experiencia que nos ha transformado y nos ha hecho revivir. Nosotros somos testigos de que Dios lo ha resucitado de entre los muertos. Nosotros somos testigos de que El, Jesús, el crucificado, vive ahora por siempre. Y vive aquí, con nosotros, en nosotros. Y nos ha dado su mismo Espíritu. Y nos ha empujado a andar su mismo camino, porque su camino es el camino de Dios.

 

El testimonio de los primeros discípulos

Así empezaron los apóstoles a cumplir el encargo que Jesús les había hecho.

Al principio, todo consistió en darse a conocer, dar a conocer aquella llamada de vida nueva que ellos habían sentido y que no podían dejar de compartir con todos aquellos que quisieran. En Jerusalén, y en todo el mundo.

Pero no únicamente se trató de hacer oír la llamada. Los apóstoles, los primeros discípulos, ofrecían algo más. Ofrecían añadirse al grupo que ellos formaban, entrar a formar parte de aquella comunidad de gente que quería vivir de verdad el seguimiento de Jesús y que mostraba, más con sus obras que con sus palabras, que Jesús realmente les había transformado, que valía la pena seguir su camino.

Y así fue extendiéndose el testimonio de Jesús. Con el empuje inicial de los primeros evangelizadores, y después, sobre todo, con el estímulo y el atractivo que tenían aquellas primeras comunidades, y con el trato personal que cada creyente establecía con sus familiares y amigos y con la gente de su entorno, a los que transmitía la fuerza y el gozo que para él significaba seguir el camino de Jesús, a pesar incluso de las persecuciones.

 

Nosotros también somos testigos

Este tiempo de Pascua que ahora estamos celebrando, este tiempo de fiesta en el Señor resucitado, resuena también de una manera especial para nosotros, más que en cualquier otro tiempo del año, el encargo de Jesús a sus amigos, a sus discípulos: “Vosotros sois testigos de esto”. Nosotros, como los apóstoles, también somos testigos de la llamada que hemos recibido, de la Buena Nueva que nos ha transformado. Nosotros, como los apóstoles, también somos testigos de Jesús, de su palabra, de su manera de vivir, de su muerte por amor, de la certeza que Dios nos ha dado, con su resurrección, de que su camino es el camino que da vida.

¿Y cómo hemos de ser, nosotros, testigos de Jesús? Estamos en un mundo que ya ha oído muchas palabras, un mundo en el que el mismo anuncio de Jesús se da como algo ya sabido, como algo de poco interés, como algo que tiene muy poco que aportar. Incluso nosotros a veces lo vivimos así.

Por eso, en este momento, lo único que puede constituir una llamada interesante, fuerte, viva, al seguimiento de Jesucristo, es nuestro propio seguimiento. Si nosotros vibramos convencidos de que Jesús es nuestra vida, si nosotros vivimos sin reticencias el amor a los demás y nos ponemos al servicio de los pobres sin miedo y sin preocuparnos por nuestros intereses, si nuestra comunidad de creyentes es una comunidad de gente que realmente se ama y se estimula en la fidelidad al Evangelio y en la confianza en el Padre, entonces sí que cumpliremos de verdad el encargo de Jesús, y nuestra fe será una verdadera oferta de vida para nuestros hermanos los hombres.

Esta Eucaristía de Pascua, este banquete que hacemos con Jesús como los discípulos el día en que se les apareció resucitado, debe hacernos sentir como nunca deseos de compartir y transmitir la fe y el amor que vivimos.

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