BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Frente a la soledad: aprender a vivir en comunión

Posted by antenamisionera en abril 26, 2018

Domingo 5º de Pascua  – 29 de Abril de 2018

 Evangelio: Juan 15, 1-8.

Los evangelios son escritos catequéticos que, de alguna manera, reflejan la vida de la comunidad cristiana en que se escribieron. Cuando se escribe el evangelio de este domingo, parece que la comunidad está pasando por persecuciones y penalidades. Jesús es visto como la vid a la que han de estar unidos los sarmientos para dar fruto, se dice que “a todo sarmiento que no da fruto, lo poda para que dé más fruto”. Esa poda puede significar algo doloroso que ocurrió, y que ocurrió por voluntad de Dios con la intención de que esa comunidad dé más fruto. Nosotros no sabemos en qué consistió esa poda.

Además, en este evangelio hay una insistencia machacona: apenas tiene ocho versículos y en ellos parece por siete veces el verbo “permanecer”.

Ahí se encierra una de las claves fundamentales del ser cristiano: permanecer.

Tener buenas intenciones, mejorar nuestra vida, actuar a partir del amor a los demás, preocuparnos por los más pobres… son cosas que a todos se nos pasan alguna vez por la cabeza y decidimos hacerlo. El problema es cuando empiezan las dificultades.

No es raro que cuando decidimos actuar de acuerdo al mensaje de Jesús y eso empieza a ser difícil y exigente, muchos nos justificamos: somos humanos, somos débiles, es demasiado. Y empezamos a dar marcha atrás.

Según muchos psicólogos, la enfermedad más ampliamente extendida en nuestros días es la soledad. Y esta afirmación se comprueba en primer lugar y sobre todo en los países de más elevado nivel de vida. Hay muchos niños que sufren de soledad, porque sus padres no se preocupan de ellos. Y los jóvenes, porque se creen incomprendidos. Hay casados que viven en soledad. En las comunidades de vida consagrada hay también vidas solitarias, porque no han encontrado la amistad con Cristo ni el entusiasmo por su ocupación de cada día. Y sobre todo sufren de soledad los ancianos, que se sienten desatendidos y considerados como una carga… Son personas que tal vez han hecho mucho en la vida y ahora lo tienen todo menos el cariño. La pena interior se manifiesta a veces en signos exteriores de depresión, nerviosismos… que inducen hasta el suicidio.

Especialmente insoportable es la soledad cuando uno se siente solo rodeado de millones de hombres que le son ajenos y desconocidos. En nuestras ciudades viven miles de hombres y mujeres sin conocerse. Entre los que se conocen, son pocos los amigos íntimos con conocimiento profundo. La mayor parte de las relaciones que pueden establecerse son superficiales y duran poco. Este mundo nuestro, sofisticado y tecnificado, favorece poco las relaciones profundas entre personas en cuanto tales.

Y aquí la gran diferencia: Dios conoce y ama a cada uno personalmente. Es la respuesta de la fe al problema de la soledad. Entre el resucitado y sus discípulos es posible una relación como la de un buen pastor con sus ovejas. El las conoce por su nombre y tiene relación personal con cada una de ellas. El conocimiento es íntimo, personal y profundo. Conoce nuestras debilidades, necesidades y buenos deseos… antes de que se los expongamos.

Esta relación personal es solo posible cuando nosotros tendemos puentes con los demás que nos necesitan. Es la condición para que Jesús se nos comunique.

En la parábola de la vid encontramos ante todo una maravillosa certeza: que estamos enraizados en algo que nos da estabilidad y fuerza, que no somos niños abandonados tras nuestro nacimiento, que no somos seres aislados sin más apoyo que su problemático yo, que tampoco somos criaturas de un Creador incomprensible que puede darnos la vida y -hasta que le place- también conservárnosla, sino que más bien estamos vinculados a un origen que nos da fuerza y produce fruto, en virtud del cual podemos vivir una existencia útil y llena de sentido.

Pero la afirmación que atraviesa todo el evangelio es más que esta certeza: es, en razón de esta última, la exigencia de permanecer en este origen: “Permaneced en mí y yo en vosotros”. Esta exigencia es tan apremiante que tras ella aparece una amenaza: el que no permanece en Cristo, se seca, se lo corta y se lo quema. Esto se produce por así decirlo naturalmente -como muestra la parábola de la vid y los sarmientos-, pero se produce también personalmente, pues el propio Dios Padre procura la unidad del Hijo con sus sarmientos o miembros. Esta unidad es el acontecimiento central del mundo y de su historia, y es tan estrecha que no permite las medias tintas: o el sarmiento está unido a la cepa o está separado de ella. Esto es lo que tenemos que meditar en nuestro corazón: “Sin mí no podéis hacer nada”.

Pero nosotros, hombres inconstantes, podemos preguntarnos: ¿estoy yo realmente enraizado como sarmiento en la vid o no? ¿Qué predomina en nosotros: la confianza en el amor de Dios hacia mí o la desconfianza fundada de que yo no corresponda realmente a ese amor? La segunda lectura nos da la respuesta a las dos preguntas. Puede predominar en nosotros la “confianza”, pero si esto es así es “porque guardamos sus mandamientos” o intentamos guardarlos.

Pero también puede ocurrir que “nos condene nuestra conciencia”, en cuyo caso es justo e incluso necesario refugiarse en la misericordia de Dios: El, que “es mayor que nuestra conciencia, conoce todo”. Digámoslo con palabras del Pedro contrito a causa de su negación: “Señor, tú conoces todo, sabes que te quiero”. Que esto presupone una auténtica voluntad de conversión, nos lo muestra el propio Pedro; de lo contrario no podríamos estar seguros de que “hablamos en el Espíritu que él nos dio”.

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