BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

MORIR POR AMOR

Posted by antenamisionera en mayo 2, 2018

6º Domingo de Pascua – 6 Mayo 2018

Juan 15, 9-17.

“Esto os mando: que os améis”. Con estas precisas y preciosas palabras termina el evangelio, que acabamos de escuchar. Con esas mismas palabras se despidió Jesús de sus discípulos durante la última cena, momentos antes de subir a la cruz para resucitar. La solemnidad del momento en que nos dio Jesús su mandamiento de amarnos, demuestra bien a las claras que es su última voluntad, la misión que nos encomienda con urgencia y con todas las prioridades. Por eso insiste una y otra vez, como para que no pase inadvertido ni sea relegado a segundo plano.

Para mayor abundamiento, el mismo evangelista, que nos ha transmitido ese mandamiento de Jesús, hace suya la orden del Maestro y nos insta a que nos amemos los unos a los otros, ya que el amor es de Dios.

“Que os améis unos a otros como yo os he amado”. El amor que Jesús nos encomienda no es una simple corriente de simpatía. No se trata solo ni precisamente de mirar a todo el mundo con una sonrisa en la boca o prodigando buenas palabras a diestro y siniestro.

Tampoco se trata de la caridad, con minúscula y caricaturesca, a que frecuentemente reducimos el mandamiento de Jesús. El evangelio no da pie para que evaluemos el amor en donativos de caridad, en limosnas, en desprendimiento de lo que nos sobra y vamos a tirar.

El amor que Jesús nos manda es simplemente el amor. Un amor afectivo y de amistad, de compañerismo, fraternal. Pero un amor también efectivo y operativo. Es el amor que arraiga en el corazón y produce sentimientos de aceptación, de respeto y estima, al tiempo que da frutos de justicia, de solidaridad y de fraternidad entre todos los hombres. Porque lo que Jesús nos propone es que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado. No está de más recordar cómo nos ha amado Jesús.

“Nadie tiene mayor amor que el que da la vida”. Ése es el límite del amor cristiano, a él debemos tender y aspirar, no podemos conformarnos con un amor menor, no seríamos buenos seguidores de Jesús. Jesús ha puesto tan alta la cota, para que no caigamos en lo que tantas veces caemos, en las ridículas prácticas de tantas caridades vergonzosas. Jesús pudo poner bien alta la mira, porque él mismo estaba a punto de hacer lo que nos mandaba hacer.

Al día siguiente de darnos el mandamiento del amor, moría en la cruz víctima del amor a los hermanos. Así quedaba patente el modo del amor de Dios, manifestado en su Hijo. Así quedaba meridianamente claro el modo del amor cristiano.

Y si el récord del amor cristiano está en dar la vida, parece claro que no será mucho exigirnos el dar todo lo que vale mucho menos que la vida, como es nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestra dedicación, nuestras cosas, nuestro dinero.

“Si guardáis mi mandamiento, permaneceréis en mi amor”. Somos cristianos, amamos a Cristo, si y solo si amamos al prójimo como Dios nos ama en su Hijo Jesucristo. Ahí podría estar, si la hay, la diferencia entre el amor cristiano y todas las formas del altruismo, en ese “como Dios nos ama”. Esa medida, única capaz de acreditar nuestra fe, ha sido frecuentemente rebajada por los seguidores de Jesús. La historia de la Iglesia está salpicada de luces y sombras en este sentido.

Pero hay luces suficientes para que pueda ser tenida como maestra. Durante toda su larga historia ha estado siempre pendiente de las necesidades y de los sufrimientos de los hombres: los pobres, las viudas, los huérfanos, los enfermos, los abandonados, los moribundos, los perseguidos han sido acogidos en la iglesia. El calendario de los santos es un inmenso listado de hermosas obras del amor cristiano. Y ese listado aún no se ha cerrado. Algunas miserias del hombre se van resolviendo en la creciente acción social de los Estados, aunque con frecuencia soluciona unas y crea otras. Ninguna política social puede alcanzar todas las miserias de todos los hombres ni podrá dar respuesta a todos los sufrimientos humanos. Por eso queda siempre un espacio abierto al amor de los creyentes y a la solidaridad de todos.

“Permaneced en mi amor”. Permanecer en el amor a Dios es permanecer en el mandamiento de Jesús, o sea, en el amor al prójimo. Hoy se nos insta a volcar nuestro amor en nuevas situaciones de sufrimiento y de dolor de los hombres de nuestro tiempo. De aquellos a quienes nuestra sociedad actual margina. Jesús no pasó de largo. Se acercó a ellos, se conmovió ante su situación, les dedicó una atención preferente, buscó el contacto humano con ellos, reintegrándolos a la comunidad”.

Estamos llamados a vivir en el amor. Siendo solidarios con los últimos, dándoles lugar en nuestra sociedad y en nuestras comunidades. Y también sabiendo aprender de las riquezas que ellos nos aportan, porque a veces son más humanos que nosotros mismos.

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