BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

HACER DE LA VIDA ALGO FECUNDO

Posted by antenamisionera en mayo 17, 2018

Domingo de Pentecostés  –20 de Mayo de 2018

Evangelio: Juan 20, 19-23.

 

La Pascua de Pentecostés es la Pascua de los frutos. ¿Recordáis aquellas palabras que decía Jesús antes de su muerte, aquellas palabras que hablaban de cosechas, de frutos? Decía Jesús: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, si se deshace bajo tierra, da mucho fruto”.

Estamos ya por estas tierras con el verano a la vuelta de la esquina. Con los campos que tienen ya el aspecto distinto, el aspecto del momento de la cosecha. Como para hacernos comprender mejor aquellas palabras de Jesús: el grano caído en tierra ha dado verdaderamente mucho fruto.

Esto es lo que celebramos hoy. Celebramos el fruto exuberante que ha producido ese grano enterrado y muerto. Jesús es este grano, esta semilla que aceptó deshacerse, desaparecer bajo tierra, vivir la incertidumbre de la muerte, llegar a ser, en definitiva, un pobre condenado a muerte abandonado de todos. Él que había convertido su vida en una obra constante de amor.

Pero, verdaderamente, aquella semilla enterrada ha dado fruto, “el grano de trigo al morir dio mil frutos”. Es la Pascua. Lo que hemos celebrado en estos cincuenta días. Jesús vive y vive para siempre. Y vive en cada uno de nosotros, y vive en esta comunidad que cree en él, y vive en todos los hombres, en cada fruto nuevo de amor que cualquier hombre haga florecer en este mundo, y en cada nuevo progreso solidario que los hombres seamos capaces de levantar. Nosotros somos este fruto. Jesús vive, la semilla ha dado fruto. Vive en los creyentes, en la Iglesia, para que sigamos siendo testigos de la buena noticia.

Vive en los sacramentos que nos reúnen, en el sacramento del agua del bautismo que nos renueva, en el sacramento del pan y el vino de la Eucaristía que nos alimenta. Y vive en la humanidad entera y en toda la creación para conducirla hacia su Reino.

 

El Espíritu pone en nosotros la vida de Jesús

Pero esta vida de Jesús en nosotros, en la Iglesia, en la humanidad, no es solo como un recuerdo que tenemos, como el recuerdo de un gran personaje para seguir sus ejemplos. No es solo eso, es mucho más. Esta vida de Jesús se ha metido dentro de nosotros y nos ha cambiado.

Eso es lo que hoy recordamos de un modo especial. El fruto que ha dado la muerte de Jesús, su Pascua, es como un fuego que arde en nosotros, como un viento impetuoso que nos remueve. Esta es la Pascua de Pentecostés, el fruto abierto de la Pascua de Jesús de Nazaret: que él vive para siempre, y que la vida nueva que él inició ha llegado hasta nosotros, porque llevamos su mismo Espíritu.

Como una llamada a ir siempre adelante, a no detenernos, a no temer, a mantener firme la decisión de seguirle, a trabajar por ese mundo nuevo y distinto que él nos anunció. Lo hemos oído en la primera lectura: en cuanto recibieron el Espíritu, los apóstoles salieron a la calle. Y en el evangelio Jesús nos lo ha dicho muy claro: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Porque eso es el Espíritu: es el que nos convierte en continuadores de la tarea que el Padre encomendó a Jesús.

Y eso se concreta en nuestra manera de ver las cosas. Porque en la Iglesia del momento actual, quizá hemos perdido el impulso de puesta al día y de renovación que hace ya años Juan XXIII y el Concilio nos contagiaron, y tenemos una tendencia a encerrarnos en lo que vamos haciendo en lugar de preguntarnos qué debemos hacer para seguir siendo testigos de la Buena Noticia de Jesús.

Y al mismo tiempo, también en nuestra sociedad parece que desaparezcan los deseos de solidaridad en el progreso y en la mejora de las condiciones de vida, y que la gente piense que lo mejor es que cada uno se asegure lo que tiene y los demás que se arreglen, que el miedo lo domine todo e incluso en algunos sectores se empiecen a sentir deseos de seguridad a cualquier precio (y para algunos, aunque sea el precio de la paz de los cementerios).

Y todo eso, desde luego, esa manera de ver las cosas, me parece que no es digna de quienes llevamos dentro el Espíritu de Jesús, el Espíritu de la vida nueva. El Espíritu que fue un viento recio, un fuego que sacó a los apóstoles a la calle. El Espíritu que hizo nacer a la Iglesia, que es el signo y el testimonio del futuro, de la esperanza, del gozo que debe empezar aquí y no terminar nunca.

Que el Espíritu de Jesucristo nos renueve. Que en esta Iglesia y en este mundo más bien triste en los que vivimos, nos convierta en testimonio de esperanza. Y que la Eucaristía que celebramos nos una, una vez más, con Jesucristo muerto y resucitado que nos alimenta y acompaña. Para que el grano de trigo dé todo su fruto.

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