BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Dios no quiere ni la muerte ni la enfermedad

Posted by antenamisionera en junio 27, 2018

Domingo 13º del T.O. – 1 de julio de 2018

Marcos 5, 21-43.

A menudo, quizás, decimos -pensando que hablamos muy cristianamente- cosas como estas: “Dios le ha enviado una enfermedad”, “esta enfermedad es una prueba de Dios”. O, hablando de la muerte, quizá decimos: “Dios lo ha llamado”, “Dios le ha querido con Él”, etc. etc. Pensamos que hablamos -al hablar así o con frases semejantes- de un modo muy cristiano, muy piadoso, pero es posible que nos equivoquemos, Porque -como hemos escuchado hoy- la Biblia no habla así.

 

Las palabras de la primera lectura eran muy claras: “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera”. Más aún – y eso me parece que es bueno que lo recordemos al empezar el verano, un tiempo en que es posible que muchos de nosotros podamos contemplar más y mejor, con más tranquilidad y relajación, las criaturas que el Padre ha hecho-, la primera lectura también decía: “Las creaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte”.

Según el lenguaje popular del Antiguo Testamento fue el diablo el que introdujo este veneno de muerte en la creación. Dios, en cambio, es el autor de la vida y quiere la vida para todos los hombres y mujeres. Dios no dijo, según la Biblia: “Hágase la muerte”. “Hágase la enfermedad”. Según el Antiguo Testamento es el diablo el causante. Por eso, me parece, debemos revisar aquel modo de hablar a que hacía referencia. La muerte o la enfermedad no las envía Dios; lo que hace Dios, nuestro Padre que ama la vida, es ayudarnos a sobrellevar estos males que El no quiere.

 

Lo que hacía Jesús y lo que podemos hacer nosotros

Algo semejante hallamos en el Evangelio. No leemos en el Evangelio que Jesús dijera a los enfermos que tuvieran paciencia, que vieran en el sufrimiento una prueba de Dios. Ni dice Jesús que la muerte se deba aceptar resignadamente. No lo dice. Jesús, ante la enfermedad y ante la muerte, no habla (no predica); Jesús ante la enfermedad y ante la muerte, actúa. Es decir  él que podía hacerlo, cura, incluso -en algunos casos- resucita. Pero, claro está, nosotros podemos preguntarnos qué podemos y debemos hacer ante nuestros hermanos y hermanas enfermos, o ante quienes sufren la muerte de unos de sus seres queridos. Porque nosotros, lo que hacía Jesús, no podemos hacerlo, no tenemos el poder de obrar milagros. ¿Qué hacer entonces? Diría que se trata, en primer lugar, de no querer hacer discursos ni dar explicaciones supuestamente piadosas (porque no lo son).

Ante el dolor y la muerte no se trata tanto de hablar, como de actuar. Actuar, ¿cómo? Procurando comunicar vida a quienes más la necesitan. Es decir, haciendo compañía, atendiendo con el máximo cariño, ayudando en todo lo que necesitan aquellos que son los más amados de Dios porque sufren lo que El no quisiera que nadie sufriera. Dicho de otro modo: lo que nosotros podemos hacer es procurar compartir y comulgar con el amor que Dios tiene para con los que sufren por la enfermedad o cercanía de la muerte. No tenemos el poder de hacer milagros, pero tenemos el poder de amar. Que es, probablemente, lo más importante.

Y los médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, y quienes se dedican a investigar sobre estas cuestiones, o quienes tienen la responsabilidad de organizar la sanidad de nuestro país (que ya conviene ciertamente mejorarla), sepan todos ellos que son queridos colaboradores de la voluntad de Dios, del Dios que quiere la vida, que ama la lucha contra todo mal que aflija al hombre. Esta es su responsabilidad y este es su mérito.

 

Con fe

Quisiera terminar recordando que, según lo que hemos leído en el evangelio de hoy, Jesús necesitaba una cosa para poder actuar, para poder curar: necesitaba que quienes pedían tuvieran fe. Le dice a Jairo: “No temas, basta que tengas fe”. Y a aquella afligida mujer le dice incluso: “tu fe te ha curado” (no yo, tu fe). Y el próximo domingo leeremos que en su pueblo no pudo hacer milagros porque no encontró fe.

Pero, ¿de qué fe se trata? Simplificando podríamos decir que no se trata de recitar el Credo (Jesús, a quienes curaba, no les pedía que formularan su fe). Probablemente, la mayoría de quienes fueron curados por Jesús no creían -no sabían- que él era el Hijo de Dios, que El era Dios hecho hombre. No se trata de esta fe. La fe que pedía Jesús para curar era una gran confianza en la bondad de Dios, en que Dios quería que se curaran, en que Dios es el Padre de la vida y quiere vida para todos. Y que este gran anuncio -que es el anuncio del Reino de Dios- se realizaba por Jesús.

Y esta fe en la bondad de Dios, creador de la vida, amante de la vida, que sufre por el dolor de quienes sufren, esta fe que nosotros hemos recibido de Jesucristo, que nosotros identificamos con Jesucristo, es lo que cada domingo, en la misa, renovamos y celebramos y pedimos que sea más viva en nosotros. Para que así podamos ayudarnos, cada día, unos a los otros.

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