BLOG DE ANTENA MISIONERA

"Mirar con los ojos de los que sufren"

Cuando negarse es afirmar lo más verdadero

Posted by antenamisionera en agosto 30, 2017

Domingo 22º del Tiempo Ordinario – 3 de Septiembre de 2017

Evangelio: Mateo 6, 21-27.

 

Pedro acaba  de hacer la confesión de fe más importante de su vida (tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”) y ya la ha estropeado. Cuando Jesús anuncia su destino de pasión, muerte y resurrección, Pedro le dice que “ni hablar”, que “¡no lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte”. No ha entendido aún cómo actúa Dios. No sabe que Dios es capaz de sacar Vida Eterna de un madero escandaloso como fue la Cruz.

Ahí estaba Jesús “presentando su cuerpo como hostia viva”, como dice San Pablo en la segunda lectura. Pablo sabe, por su mentalidad judía, que la cruz era un signo de maldición, pero que Dios la ha convertido en un signo de bendición resucitando a Jesús. Por eso nos invita a “transformarnos por la renovación de la mente”, es decir, a tener los ojos bien abiertos, y todos los sentidos, para descubrir a este Dios tan paradójico al que le encanta sorprendernos por donde menos lo esperamos. Y casi siempre, aunque andamos buscándole por fuera, está más dentro de nosotros de lo que nos podemos imaginar.

Así nos lo cuenta el profeta Jeremías en la primera lectura. Que testimonio vocacional más impresionante. Jeremías se siente inocente e ingenuo, hasta el punto de sentirse “seducido” por Dios, “forzado”, e incluso “violado”: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste”. Dios se ha convertido para él en un fuego interior tan fuerte que no le permite estar callado y que es imposible de contener. Por eso Jeremías es profeta, es anunciador de ese fuego, portavoz de esa Palabra vida que “seduce”, “fuerza” y “viola” hasta transformar interiormente y por completo a la persona que la ha recibido.

Con frecuencia le hemos quitado el verdadero aguijón a las palabras de Jesús: un ejemplo: el caso de una frase de Jesús: “El que quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga”. Veamos cómo se han interpretado estas palabras del Maestro.

A simple vista, la primera condición para ser cristiano -“negarse a sí mismo”- resulta extraña al hombre de hoy que tiene como meta de vida el placer. La sicología, con toda la influencia que recibe de Oriente, considera clave de la felicidad el polo opuesto: aceptarse a sí mismo. ¿Va Jesús en contra del deseo de felicidad y placer del hombre? Pienso que no.

Negarse a sí mismo es una expresión oriental que significa sencillamente “vivir de cara a los demás, vivir para los otros, no ser egoísta”.         Pero ¿cómo ha interpretado la teología espiritual esta frase? Por “negarse a sí mismo” ha entendido fundamentalmente refrenar, reprimir, moderar el cuerpo con sus bajos instintos, ocasión de pecado, casi siempre contra el sexto mandamiento. El cuerpo ha tenido en la moral católica de siglos una coloración negativa y pecaminosa.

La segunda condición para ser cristiano es “cargar con la cruz”. Y también aquí la teología ha desvariado. Donde Jesús dice “cargar” ha leído “buscar la cruz”, sacrificarse, resignarse con los contratiempos de la vida. La cruz, la provocativa cruz de Jesús, se ha convertido en un objeto amable que hay que buscar, fuente de resignación y alienación hasta el punto de hacer del cristianismo “la Religión de la Cruz”. Jesús, en cambio, aconseja cargar con ella cuando la coloquen sobre nuestros hombros quienes, al vernos vivir de cara a los demás, nos traten de tontos y se rían de nosotros, intentando acabar con nuestro estilo de vida.

Negarse a sí mismo y cargar con la cruz es necesario para “seguir” a Jesús. Y donde dice el Evangelio “seguir” decían los directores espirituales “imitar, ser como Jesús”. Al proponerse un modelo tan alto, el creyente experimentaba a diario el fracaso. Era imposible ser como el Maestro. Pero Jesús no dice que lo imitemos, sino que lo sigamos. Que cada uno encuentre su modo de ser y vivir de cara a los demás y así lo siga hasta la muerte, con la convicción, basada en la fe, de que el final no es la cruz, sino la resurrección, la vida, la alegría definitiva.

Al hacer del cristianismo la Religión de la Cruz, entendida como término y no como tránsito, hemos hecho de él una religión para gente triste, recelosa y masoquista. Una religión para los aguafiestas de la vida.

El cristianismo ha de ser la Religión de la Vida y el Gozo. Que asume que “el amor es más fuerte que la muerte”, como dice el Cantar de los Cantares. Aunque sea capaz de aceptar el dolor como condición para vivir el gozo, la alegría y el amor.

La Eucaristía es el mejor ejemplo de entrega, abajamiento, de hacerse pan y alimento, de “perderse” para que todos podamos ganar la Vida con mayúsculas. Comulgar es hacernos unió con Jesús, para actuar como Él, para transmitir a Dios con la misma fuerza y seducción que el profeta. Que este Pan nos haga a nosotros ser “buen pan” para los demás.

 

 

 

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